Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 7 de octubre de 2024

Siem­pre gra­cia (II)

Pastor Rubén Bernal

La mira­da de la Gra­cia

Quienes son con­scientes de sus defec­tos, peca­dos y recaí­das pero que a su vez, son con­scientes del val­or y el poder de la Gra­cia div­ina exper­i­men­ta­da en vida propia, tienen –a mi pare­cer– legit­im­i­dad para tes­ti­ficar sobre cuán sobre­abun­dante es la Gra­cia de Dios (Ro 5,20). Este es el caso del exsac­er­dote y cris­tiano trans­par­ente Bren­nan Man­ning quien indi­ca que: «La mis­ma pal­abra gra­cia ha sido reba­ja­da y den­igra­da a su uso inade­cua­do y exce­si­vo. No nos con­mueve como con­movía a nue­stros antepasa­dos de la igle­sia cris­tiana prim­i­ti­va».1

Como ya señaló el pas­tor Bon­ho­ef­fer,2 Lucas Magnin vuelve a apun­tar que: «La gra­cia ver­dadera, esa que sal­va, con­suela y trans­for­ma, se recibe gratis, pero no porque sea bara­ta, sino porque es impagable».3 Aparte­mos unos min­u­tos para volver a tomar con­cien­cia de ello solo que en direc­ción a nue­stros próji­mos, pre­cisa­mente cuan­do nos vemos ame­naza­dos en nosotros mis­mos por la ten­den­cia del pre­juicio y rec­ha­zo a los demás, como si fuése­mos san­tos por nosotros mis­mos, por propia mer­i­toc­ra­cia.

Quien ha tenido la expe­ri­en­cia de ser una ove­ja alo­ca­da, cuya chi­fladu­ra le con­du­jo a estar per­di­da y sin norte (Lc 15,3–7), hir­ién­dose en un hábi­tat sal­va­je, una vez ha sido encon­tra­da por el Buen Pas­tor y ha sabore­a­do la ter­nu­ra y la Gra­cia sanado­ra, solo puede ver con com­pasión –y no con juicio– a quienes con­tinúan desam­para­das y dis­per­sas (Mt 9,36). La Gra­cia recibi­da nos hace ver a los demás con gra­cia, y esto sin acep­ción de per­sonas. La Gra­cia apli­ca­da a nues­tra vida nos hace ser agentes de esa gra­cia, damos gratis (de gra­cia) lo que por gra­cia hemos recibido (Mt 10,8).

De ningún modo puede com­pren­der­se, des­de la fe, una acti­tud de des­pre­cio o rec­ha­zo hacia quienes se encuen­tran exis­ten­cial­mente des­ori­en­ta­dos sin recono­cer todavía su fil­iación con Dios, el ser hijas o hijos de Dios (Jn 1,12).

En nue­stro corazón no pueden anidar esos pre­juicios, que a la mín­i­ma desave­nen­cia con el próji­mo, invo­can poderes de rabia venga­ti­va. En tal caso, de ser así, seguiríamos sien­do ove­jas per­di­das –quizá mucho más per­di­das, porque pen­saríamos que aún esta­mos en el seno del redil cuan­do no es así–, ove­jas que no saben de “qué espíritu son” (Lc 9,55).

Efec­ti­va­mente, quien ha sido una hija o un hijo pródi­go, que ha preferi­do vivir como si su Padre estu­viese muer­to,4 (y al acud­ir de vuelta a él –según el rela­to bíbli­co- lo hace, no por un arrepen­timien­to sin­cero, sino movi­do por el ham­bre al haber mal­gas­ta­do su dinero) cuan­do en vez de recibir un cas­ti­go severo o una repri­men­da, lo que recibe es el afec­to: ver a su padre cor­rien­do emo­ciona­do hacia él para abrazarle y besarte (Lc 15,20) y resti­tuir­le (v.22) y cel­e­brar con fies­ta (v.23), solo que­da rendirse en agradec­imien­to, y ver a los demás –quienes están pasan­do lo mis­mo que tú pasaste– con otros ojos (a quien mucho se le per­dona, mucho ama cf. Lc 7,47).

En Mateo 18,21–35 hay una parábo­la donde vemos cómo a un deu­dor al que se le per­dona una gran deu­da, en vez de aplicar con otros la Gra­cia que él ha exper­i­men­ta­do, admin­is­tra a los demás la «lóg­i­ca del sis­tema de nue­stro mun­do» y no la del reina­do de Dios y su jus­ti­cia. No es agente de gra­cia sino agente de asfix­ia, eso no tiene lugar en el mover de Dios.

Prac­tique­mos con ale­gría la Gra­cia recibi­da, exten­damos con gozo ese otro mun­do –el reina­do de Dios– que lo cam­bia todo. Sep­a­mos de qué espíritu somos.

Ore­mos:

Señor, gra­cias por el dis­cern­imien­to que nos das en tu Espíritu, sigue guián­donos a toda ver­dad, para no sucumbir al odio, a los pre­juicios y el rec­ha­zo a los demás. Por Cristo nue­stro Señor, amén.



NOTAS

1 B. Man­ning; El evan­ge­lio de los andra­josos. (Lake Mary: Casa Creación, 2004) p.20.

2 El Pre­cio de la Gra­cia. El seguimien­to (Sala­man­ca, Sígueme).

3 L. Magnin;; 95 Tesis para la nue­va gen­eración. Man­i­fiesto de espir­i­tu­al­i­dad y refor­ma a la som­bra de Lutero (Vilade­cav­alls: CLIE, 82) p.82.

4 Según Wright, cuan­do en la parábo­la de Lc 15,12 el hijo pide al padre la parte que le cor­re­sponde de su heren­cia, los oyentes de Jesús inter­preta­ban que ese hijo le esta­ba dicien­do a su padre «deseo que estés muer­to». Cf. N.T. Wright; Sen­cil­la­mente Jesús. una nue­va visión de quién era, qué hizo y por qué es impor­tante, 2ª ed. (Madrid: PPC, 2018) p.25.