Volvemos de nuevo a la escuela, quizás porque como decía el poeta «la verdadera patria de un hombre es su infancia». El primer libro que recuerdo haber leído en mi vida fue El día más largo (de Cornelius Ryan), teníamos que hacer un trabajo de clase después de su lectura. Y creo que desde entonces me interesaron las historias de la 2ª Guerra Mundial. En su momento, pude incluso conseguir algunas piezas originales usadas en este conflicto que tan drásticamente marcó el mundo en el que vivimos hasta el día de hoy.
Esta barbarie se extendió durante seis años y afectó de una u otra manera a todos los continentes. Terminó en 1945, aunque no para todos…
Un soldado japonés llamado Hiro Onoda fue enviado a la isla de Lubang (Filipinas), en 1944, para luchar contra el ejército de los Estados Unidos usando táctica de guerrilla y sabotaje. Cuando un año más tarde terminó la guerra, Hiro Onoda (junto con otros tres soldados a su cargo) no se dio por informado, pensó que toda la propaganda recibida con este mensaje eran mentiras del enemigo que buscaba capturarle. Y así permaneció treinta años escondido en una selva de una isla filipina ajeno a la realidad; para Hiro la guerra era real y su empeño en cumplir las órdenes recibidas de “no rendirse jamás” era inquebrantable. Treinta años viviendo una guerra que simplemente ya no existía, un tercio de su vida (murió con 91 años en el 2014) dañándose a sí mismo y haciendo daño también a otros muchos que se cruzaron en su camino.
El capítulo 14 del Evangelio de Juan comienza y acaba con una misma directriz: «No se turbe vuestro corazón» (no se angustie). En medio de este necesario consejo, el evangelista pone en boca de Jesús un buen número de razones para no vivir angustiados:
«Jesús está preparando una morada eterna para nosotros, se está encargando de nuestro futuro; un futuro que él ya está anticipando, porque resulta que conocerle es conocer al Padre, lo cual es nuestro destino último y definitivo.»
También se nos invita a ser sus testigos en el mundo, «el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.»
Se nos anima a depender del Señor para acometer esta enorme misión, «todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré… Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré» (recordemos que, en la oración cristiana, la comunidad se postula como respuesta a aquello que pedimos a Dios).
Tenemos un futuro, tenemos un motivo para vivir el presente y contamos también con la presencia, guía y consuelo del Espíritu para el día a día que nos toca transitar, «rogaré al Padre para que os envíe otro Abogado que esté siempre con vosotros.»
Todo esto descansa sobre una realidad de amor divino derramado sobre nosotros, ese amor que ha de echar fuera todo temor y que, en la medida que nos relacionamos con él, vamos experimentando la paz que Jesús ofrece, «En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.»
La guerra ha terminado, aún hay mucho desubicado suelto que pretende no haberse enterado, como le ocurrió a Hiro Onoda, aún quedan muchos heridos que atender (nosotros mismos entre ellos) porque la batalla fue cruel y extensa. Pero lo cierto es que Dios nos ha ofrecido un tratado de paz en unas condiciones que no podemos rechazar, no desde el resentimiento o la venganza sino desde su infinita misericordia.
No vivamos como si estuviéramos en guerra, como si Jesús no hubiera ganado la batalla para nosotros, como si todo lo que ahora nos pueda dañar no tuviera ya sus días contados.
Quizás haya muchas voces y argumentos que pretendan mantenernos divagando por la jungla del temor, atrincherados en la desconfianza, agazapados detrás del cinismo; pero, por encima de cualquier otra consideración, deberíamos vivir como si el Príncipe de paz nos hubiera abrazado con su amor. Que así sea. Gracia y paz.