Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 27 de octubre de 2025

Apren­diza­jes (IV)

Pastor Mariano Arellano

Volve­mos de nue­vo a la escuela, quizás porque como decía el poeta «la ver­dadera patria de un hom­bre es su infan­cia». El primer libro que recuer­do haber leí­do en mi vida fue El día más largo (de Cor­nelius Ryan), teníamos que hac­er un tra­ba­jo de clase después de su lec­tura. Y creo que des­de entonces me intere­saron las his­to­rias de la 2ª Guer­ra Mundi­al. En su momen­to, pude inclu­so con­seguir algu­nas piezas orig­i­nales usadas en este con­flic­to que tan drás­ti­ca­mente mar­có el mun­do en el que vivi­mos has­ta el día de hoy.

Esta bar­barie se extendió durante seis años y afec­tó de una u otra man­era a todos los con­ti­nentes. Ter­minó en 1945, aunque no para todos…

Un sol­da­do japonés lla­ma­do Hiro Ono­da fue envi­a­do a la isla de Lubang (Fil­ip­inas), en 1944, para luchar con­tra el ejérci­to de los Esta­dos Unidos usan­do tác­ti­ca de guer­ril­la y sab­o­ta­je. Cuan­do un año más tarde ter­minó la guer­ra, Hiro Ono­da (jun­to con otros tres sol­da­dos a su car­go) no se dio por infor­ma­do, pen­só que toda la pro­pa­gan­da recibi­da con este men­saje eran men­ti­ras del ene­mi­go que bus­ca­ba cap­turar­le. Y así per­maneció trein­ta años escon­di­do en una sel­va de una isla fil­ip­ina ajeno a la real­i­dad; para Hiro la guer­ra era real y su empeño en cumplir las órdenes recibidas de “no rendirse jamás” era inque­brantable. Trein­ta años vivien­do una guer­ra que sim­ple­mente ya no existía, un ter­cio de su vida (murió con 91 años en el 2014) dañán­dose a sí mis­mo y hacien­do daño tam­bién a otros muchos que se cruzaron en su camino.

El capí­tu­lo 14 del Evan­ge­lio de Juan comien­za y aca­ba con una mis­ma direc­triz: «No se turbe vue­stro corazón» (no se angustie). En medio de este nece­sario con­se­jo, el evan­ge­lista pone en boca de Jesús un buen número de razones para no vivir angus­ti­a­dos:

«Jesús está preparan­do una mora­da eter­na para nosotros, se está encar­gan­do de nue­stro futuro; un futuro que él ya está antic­i­pan­do, porque resul­ta que cono­cer­le es cono­cer al Padre, lo cual es nue­stro des­ti­no últi­mo y defin­i­ti­vo.»

Tam­bién se nos invi­ta a ser sus tes­ti­gos en el mun­do, «el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará tam­bién, y aun may­ores hará, porque yo voy al Padre.»

Se nos ani­ma a depen­der del Señor para acome­ter esta enorme mis­ión, «todo lo que pidiereis al Padre en mi nom­bre, lo haré… Si algo pidiereis en mi nom­bre, yo lo haré» (recordemos que, en la oración cris­tiana, la comu­nidad se pos­tu­la como respues­ta a aque­l­lo que ped­i­mos a Dios).

Ten­emos un futuro, ten­emos un moti­vo para vivir el pre­sente y con­ta­mos tam­bién con la pres­en­cia, guía y con­sue­lo del Espíritu para el día a día que nos toca tran­si­tar, «rog­a­ré al Padre para que os envíe otro Abo­ga­do que esté siem­pre con vosotros.»

Todo esto des­cansa sobre una real­i­dad de amor divi­no der­ra­ma­do sobre nosotros, ese amor que ha de echar fuera todo temor y que, en la medi­da que nos rela­cionamos con él, vamos exper­i­men­tan­do la paz que Jesús ofrece, «En aquel día vosotros cono­ceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. El que tiene mis man­damien­tos y los guar­da, ese es el que me ama; y el que me ama, será ama­do por mi Padre, y yo le amaré, y me man­i­fes­taré a él.»

La guer­ra ha ter­mi­na­do, aún hay mucho desubi­ca­do suel­to que pre­tende no haberse enter­a­do, como le ocur­rió a Hiro Ono­da, aún quedan muchos heri­dos que aten­der (nosotros mis­mos entre ellos) porque la batal­la fue cru­el y exten­sa. Pero lo cier­to es que Dios nos ha ofre­ci­do un trata­do de paz en unas condi­ciones que no podemos rec­haz­ar, no des­de el resen­timien­to o la ven­gan­za sino des­de su infini­ta mis­eri­cor­dia.

No viva­mos como si estu­viéramos en guer­ra, como si Jesús no hubiera gana­do la batal­la para nosotros, como si todo lo que aho­ra nos pue­da dañar no tuviera ya sus días con­ta­dos.

Quizás haya muchas voces y argu­men­tos que pre­ten­dan man­ten­er­nos diva­gan­do por la jungla del temor, atrincher­a­dos en la descon­fi­an­za, agaza­pa­dos detrás del cin­is­mo; pero, por enci­ma de cualquier otra con­sid­eración, deberíamos vivir como si el Príncipe de paz nos hubiera abraza­do con su amor. Que así sea. Gra­cia y paz.

Otros devocionales