Lunes, 13 de octubre de 2025
Pastor Mariano Arellano
Lucas 11: 1–4
«Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.»
En cierta ocasión los discípulos de Jesús le pidieron al Maestro que les enseñara a orar; y en esta misma tesitura ando yo desde hace ya algún tiempo. Quiero aprender a orar mejor, en realidad quisiera saber qué es en realidad la oración.
Y es que a veces he usado la oración como escape a la realidad, en especial cuando ésta me desborda y no sé bien cómo enfrentarla.
La respuesta de Jesús a la petición de sus discípulos fue una oración, quizás porque a orar se aprende orando como hacía el mismo Jesús cuando le abordaron con esta cuestión [Lc 11:1] «… estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.»
Y en este modelo de oración que nos enseñó Jesús podemos encontrar algunas pautas con las que seguir aprendiendo a orar.
Oración es cercanía con Dios para ver la realidad con su mirada, para reconocerle con la mirada de Jesús como el buen Padre que tiene para nosotros una buena voluntad, aquello que Jesús llamó el reino que hemos de buscar juntos.
Ver con la mirada de Dios para descubrir que sus prioridades apuntan a nuestro bienestar. Así se nos invita a buscar el pan (y todo aquello necesario para preservar la dignidad humana) y el perdón (junto con lo necesario para nuestra plenitud y liberación).
Miramos la vida con la mirada de Dios y actuamos en consecuencia. Y de este modo vemos, en la oración de Jesús, que la comunidad orante (porque en todo momento hablamos de un “Padre NUESTRO”) es a la vez la respuesta a aquello que se pide.
Así es la comunidad del reino la que procura el pan de todos, el pan nuestro cada día, porque no solo importa mi bienestar personal, porque no puede entenderse la cercanía al Padre al margen de las necesidades del prójimo. Lo mismo ocurre con el perdón que pedimos, lo tenemos según esta oración “porque nosotros perdonamos a todos los que nos deben”, convirtiéndonos de este modo en instrumento de todo aquello que proviene de Dios: su perdón, su gracia, su liberación, su esperanza. Y es que cada promesa que el Señor nos ofrece en su Palabra ha de convertirse en una responsabilidad y un llamado para su pueblo en esta tierra.