Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 20 de octubre de 2025

Apren­diza­jes (III)

Pastor Mariano Arellano

Juan 6: 50–51a
«Éste es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siem­pre.»

Hay imá­genes que se nos quedan grabadas para siem­pre, a veces para bien, otras para mal. Debe­mos procu­rar agrade­cer las primeras y, si se puede, apren­der de las segun­das.

Una de estas imá­genes, en este caso de la infan­cia, que per­manecen níti­das en mi recuer­do me lle­van al día en que, durante una clase de biología, el pro­fe­sor mató a un gato para dis­ec­cionarlo a con­tin­uación. Hace unos días com­partí cómo se nos enseña­ba a amar la poesía y así es como se nos enseña­ba a intere­sarnos por la cien­cia (¡¡de modo que, por mucho que te lo pue­da pare­cer, no piens­es que cualquier tiem­po pasa­do fue mejor, porque sen­cil­la­mente no es cier­to!!).

Esta inolvid­able clase tuvo lugar hace casi cin­cuen­ta años, pero puedo recor­dar sin ningún esfuer­zo lo mal, mejor dicho, lo con­fu­so que me sen­tí entonces. A medi­da que el pro­fe­sor iba exam­i­nan­do aquel pobre ani­mal nos explic­a­ba un poco sobre el fun­cionamien­to de los difer­entes órganos del que has­ta hacía bien poco era un sim­páti­co cachor­ro de gato col­or naran­ja.

De modo que aque­l­los que pudi­mos repon­er­nos de la impre­sión tuvi­mos la opor­tu­nidad de adquirir un buen número de conocimien­tos: cómo era el corazón, los pul­mones, el apara­to diges­ti­vo y todo lo demás. Todo muy claro (¡¡demasi­a­do claro para mi gus­to!!) en la teoría. Tan solo había un prob­le­ma y es que aquel pobre gato esta­ba muer­to…

Yo nun­ca quise ten­er gatos en casa y nun­ca los tuve has­ta que, por cul­pa del pas­tor Augus­to (pero esto sería otra his­to­ria…) llegó una gati­ta a nues­tra famil­ia; poco después (esta vez por cul­pa de mi sue­gro) llegó Momo, otro gati­to naran­ja y muy travieso, como todos los gatos naran­jas. De man­era que aho­ra estos dos ele­men­tos siem­pre están en cualquier lugar de la casa para ale­grarme bas­tante la vida; la ver­dad es que les ten­go (les ten­emos todos en casa) mucho car­iño a esos ani­males.

No he vis­to cómo fun­cio­nan sus órganos, ni los conoz­co tan­to a niv­el teóri­co, pero me rela­ciono cada día con ellos, nos cuidamos y nos damos car­iño, ten­emos una relación viva que nos hace bien.

Comen­ta­mos hace unos días sobre la necesi­dad de enfo­car cor­rec­ta­mente nues­tra lec­tura de la Bib­lia (para no equiv­o­carnos como la palo­ma, ¿recuer­das?); hemos de cuidar tam­bién que nue­stro acer­camien­to a la Escrit­u­ra no ven­ga a sat­is­fac­er nue­stro mero interés int­elec­tu­al para no acabar cono­cien­do mucho sobre un gato que se nos murió entre las manos.

Sería bueno que encon­tráse­mos en la Pal­abra argu­men­tos, guía y moti­vación para bus­car y ten­er una mejor relación per­son­al y comu­ni­taria con la “Pal­abra viva” de Dios, Jesús de Nazaret; el “pan nue­stro” de cada día con el que ali­men­ta­rnos para ten­er una vida que merez­ca ser lla­ma­da así.

Un poco después del tex­to que hemos leí­do, Jesús sigu­ió dicien­do (v. 63)
«El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha, las pal­abras que yo os he habla­do son espíritu y son vida.»

Y Pedro se pre­gunt­a­ba con el resto de los dis­cípu­los (v. 68)
«Señor, ¿a quién ire­mos?»

Hemos de ir al que es fuente de vida, al que da la vida a todos los gatos del mun­do, al que nos regaló la nues­tra y quiere ten­er una his­to­ria de amor con nosotros.

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