Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 6 de octubre de 2025

Apren­diza­jes (I)

Pastor Mariano Arellano

Decía el poeta:

Se equiv­ocó la palo­ma.
Se equiv­o­ca­ba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el tri­go era agua.
Se equiv­o­ca­ba.
Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equiv­o­ca­ba.
Que las estrel­las, rocío;
que la calor, la neva­da.
Se equiv­o­ca­ba.
Que tu fal­da era tu blusa;
que tu corazón su casa.
Se equiv­o­ca­ba.
(Ella se dur­mió en la oril­la.
Tú, en la cum­bre de una rama.)

Recuer­do con clar­i­dad cómo teníamos que mem­o­rizar este poe­ma en el cole­gio con el temor de no equiv­o­carnos nosotros tam­bién porque siem­pre había con­se­cuen­cias neg­a­ti­vas en may­or o menor gra­do.

¡De este modo se pre­tendía que amáramos la poesía, que nos diéramos cuen­ta de su impor­tan­cia y su belleza! Nun­ca se nos explicó nada sobre su sen­ti­do, sobre la inten­ción de su autor, nue­stro veci­no por aquel tiem­po Rafael Alber­ti.

Y yo pens­a­ba: ¡¿Pero qué me impor­ta a mí si la palo­ma se equiv­o­ca o deja de equiv­o­carse?! ¡¿Qué me estás con­tan­do Rafael?!…

Pasaron muchos años has­ta que alguien me habló de lo mucho que le con­movían estos ver­sos, explicán­dome la metá­fo­ra del poe­ma, su críti­ca al hor­ror de la guer­ra civ­il españo­la, el desas­tre al que con­duce la sin­razón. Recuer­do cómo entonces y solo entonces me emo­cionaron estos ver­sos que yo podía recitar casi de memo­ria sin haber­los enten­di­do durante tan­to tiem­po.

Tam­bién yo me equiv­o­qué al quedarme en la super­fi­cie, al quer­er bus­car su sen­ti­do en la letra y no en el alma del tex­to. Eso es lo que me enseñaron y es lo que yo aprendí.

Como creyente ha ocur­ri­do lo mis­mo en mi vida en no pocas oca­siones; he cono­ci­do a muchos otros buenos creyentes, con entu­si­as­mo y com­pro­miso por el Señor que han hecho lo mis­mo: dejar que la super­fi­cie de los tex­tos (los acon­tec­imien­tos o de la vida mis­ma) dicten el sig­nifi­ca­do final. Y todo ello con las mis­mas con­se­cuen­cias, no enten­der el alcance, el sen­ti­do al que apun­tan los tex­tos bíbli­cos que a veces podemos recitar de memo­ria.

Y cuan­do hace­mos esto tam­bién nosotros con­fundi­mos el norte con el sur, el tri­go con el agua.

«Escu­d­riñad las Escrit­uras, porque a vosotros os parece que en ellas
tenéis la vida eter­na; y ellas son las que dan tes­ti­mo­nio de mí.»
(Jn 5:39)

Hemos de conec­tar con el alma de las Escrit­uras para darnos cuen­ta de que ellas dan tes­ti­mo­nio de Jesús. Apun­tan, en los difer­entes gra­dos de rev­elación y clar­i­dad que encon­tramos en sus pági­nas, al Dios del éxo­do, el que oye a su pueblo cla­man­do y actúa en con­se­cuen­cia: liberan­do, acom­pañan­do, ofre­cien­do un nue­vo hor­i­zonte de vida. Apun­tan al Dios encar­na­do en Jesús, lleno del Espíritu, guia­do por Él.

El mis­mo Espíritu que inspiró los tex­tos bíbli­cos; esa es nues­tra clave para enten­der­los en las mejores condi­ciones. Y con esa clave encon­traremos en la Bib­lia vida y lib­eración. Cier­to es que no siem­pre sabre­mos mane­jar­las bien o a qué rit­mo hac­er­las nues­tras; pero que, en cualquier caso, han de señalarnos la direc­ción por la que jun­tos seguir avan­zan­do para no quedarnos dormi­dos en la oril­la o en la cum­bre de una rama.