Decía el poeta:
Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.
Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.
Que las estrellas, rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón su casa.
Se equivocaba.
(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)
Recuerdo con claridad cómo teníamos que memorizar este poema en el colegio con el temor de no equivocarnos nosotros también porque siempre había consecuencias negativas en mayor o menor grado.
¡De este modo se pretendía que amáramos la poesía, que nos diéramos cuenta de su importancia y su belleza! Nunca se nos explicó nada sobre su sentido, sobre la intención de su autor, nuestro vecino por aquel tiempo Rafael Alberti.
Y yo pensaba: ¡¿Pero qué me importa a mí si la paloma se equivoca o deja de equivocarse?! ¡¿Qué me estás contando Rafael?!…
Pasaron muchos años hasta que alguien me habló de lo mucho que le conmovían estos versos, explicándome la metáfora del poema, su crítica al horror de la guerra civil española, el desastre al que conduce la sinrazón. Recuerdo cómo entonces y solo entonces me emocionaron estos versos que yo podía recitar casi de memoria sin haberlos entendido durante tanto tiempo.
También yo me equivoqué al quedarme en la superficie, al querer buscar su sentido en la letra y no en el alma del texto. Eso es lo que me enseñaron y es lo que yo aprendí.
Como creyente ha ocurrido lo mismo en mi vida en no pocas ocasiones; he conocido a muchos otros buenos creyentes, con entusiasmo y compromiso por el Señor que han hecho lo mismo: dejar que la superficie de los textos (los acontecimientos o de la vida misma) dicten el significado final. Y todo ello con las mismas consecuencias, no entender el alcance, el sentido al que apuntan los textos bíblicos que a veces podemos recitar de memoria.
Y cuando hacemos esto también nosotros confundimos el norte con el sur, el trigo con el agua.
«Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas
tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.» (Jn 5:39)
Hemos de conectar con el alma de las Escrituras para darnos cuenta de que ellas dan testimonio de Jesús. Apuntan, en los diferentes grados de revelación y claridad que encontramos en sus páginas, al Dios del éxodo, el que oye a su pueblo clamando y actúa en consecuencia: liberando, acompañando, ofreciendo un nuevo horizonte de vida. Apuntan al Dios encarnado en Jesús, lleno del Espíritu, guiado por Él.
El mismo Espíritu que inspiró los textos bíblicos; esa es nuestra clave para entenderlos en las mejores condiciones. Y con esa clave encontraremos en la Biblia vida y liberación. Cierto es que no siempre sabremos manejarlas bien o a qué ritmo hacerlas nuestras; pero que, en cualquier caso, han de señalarnos la dirección por la que juntos seguir avanzando para no quedarnos dormidos en la orilla o en la cumbre de una rama.