Lunes, 27 de abril de 2026
Prof. Juan Sánchez
Salmo 4 Me diste alivio en la angustia
A ti clamo, oh Dios, mi salvador,
y ¡cómo ansío tu respuesta!
Tú, que en la angustia me has confortado,
te acordarás de mí, escucharás mi oración.
Pero vosotros, ¿hasta cuándo me denigraréis,
amaréis lo vano y desearéis lo falso?
Sabed que el Señor me ha mostrado su amor,
me escucha cuando le llamo.
¡Temblad, pues, y dejad de pecar
reflexionad en vuestro lecho y callad!
Volveos a Dios, servid al prójimo con justicia,
y confiad en el Señor.
Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?
¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!
Tú, Señor, has dado a mi corazón más alegría
que si tuviera trigo y mosto en abundancia.
En paz me acuesto, y así mismo duermo,
porque sólo tú, Señor,
me haces vivir confiado.
¿A qué asidero aferrarse cuando la angustia nos asedia?
El salmista, en esos momentos cuando no parece que haya futuro, se aferra a experiencias pasadas de angustia, que superó, porque experimentó que Dios le había confortado, con una mano amiga, con un abrazo a tiempo, con una mirada cómplice, con una palabra sabia, o con una presencia silenciosa pero firme.
De miles de formas es posible experimentar la ayuda de Dios en momentos de angustia, pues toda una historia de relación con él, desechando lo vano, despreciando lo falso, nos ha enseñado a reconocer dónde está el bien, a reconocer los rostros que brillan, los rostros que han visto la bondad de Dios.
Toda una historia de relación con el bien, nos ha enseñado a saber que vivir con esperanza no tiene nada que ver con ser optimista, pues el optimista confía en que todo va a salir bien, pero el que vive con esperanza, confía en que, haciendo el bien, se sientan las bases del futuro, pase lo que pase.
Es sobre esta base que podemos enfrentar los episodios de angustia de nuestra vida, que inevitablemente alcanzan a todos los seres humanos.
Es sobre esta base, que el salmista dice: «¡dejad de hacer el mal, reflexionad en vuestro lecho y callad! Volveos a Dios, servid al prójimo con justicia, y confiad en el Señor».
No es extraño que, si estas son las experiencias de vida que jalonan tu historia, puedas terminar el salmo como lo hace su autor: «En paz me acuesto, y así mismo duermo, porque sólo tú, Señor, me haces vivir confiado».
Oración
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Amén.