Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 20 de abril de 2026

Salmos leí­dos des­de Jesús “El Cristo” III

Prof. Juan Sánchez

Salmo 3 El Señor me sostiene

Señor, ¡son tan­tos mis ene­mi­gos,
tan­tos quienes se alzan con­tra mí!
¡Tan­tos los que dicen:
«Dios no será su sal­vación»!

Pero tú, Señor, eres mi escu­do,
mi glo­ria y el que lev­an­ta mi cabeza.
Clamo al Señor a voz en gri­to,
y me responde des­de lo hon­do de mi ser.

Me acuesto, duer­mo, y me despier­to
porque el Señor me sostiene.
No temo a esa mul­ti­tud innu­mer­able
que por todas partes se alza con­tra mí.

Porque Tú siem­pre estás en acción, ¡Tú siem­pre me sal­vas!
Tú me haces fuerte en mis difi­cul­tades.
Con tu ayu­da no hay mal que me domine:
¡en el Señor está la sal­vación!

¡Tu ben­di­ción descien­da sobre este mun­do!

Este Salmo podría haber sido escrito por Isaías, que decía que Dios era la fuerza de su fuerza; pero tiene una nota en su cabecera, que nos dice que fue escrito por David cuan­do huía de su hijo Absalón.

No es extraño que empiece dicien­do que su situación no tiene sal­i­da, y que sus ene­mi­gos le digan que ni siquiera Dios podrá sal­var­lo.

Pero David cla­ma a Dios, a voz en gri­to; y con­fía en que su voz no se pier­da en el vacío, pues Dios habi­ta en su monte san­to y que­bran­ta a sus ene­mi­gos; así que puede ter­mi­nar el salmo recono­cien­do que la sal­vación es de Dios, y pidi­en­do su ben­di­ción sobre su pueblo.

Nosotros, cris­tianos, sabe­mos des­de Jesús que Dios siem­pre está de nue­stro lado y solo sabe dar cosas bue­nas a sus hijos; por eso, con este salmo, oramos en medio de las difi­cul­tades de la vida, y tam­bién dec­i­mos: «Clamo al Señor a voz en gri­to, y él me responde, no des­de su san­to tem­p­lo, sino des­de lo hon­do de mi ser».

Por eso nos acosta­mos, dormi­mos, y nos lev­an­ta­mos, sabi­en­do que Dios nos sostiene, que Dios es la fuerza de nues­tra fuerza, y que, con su ayu­da, no hay mal que nos pue­da dom­i­nar: ¡en el Señor esta la sal­vación!

Y des­de Jesús, tam­bién podemos orar por la sal­vación de nue­stros ene­mi­gos, y pedir la ben­di­ción de Dios sobre todas sus criat­uras; tal y como nos enseñó nue­stro Mae­stro.

Oración

Padre nue­stro, que eres el que es, en todo lo que es,
y en la unión de todo lo que existe. Tu amor es infini­to.

Que tu reino de amor y de jus­ti­cia se haga real­i­dad en nue­stro mun­do,
que tu vol­un­tad de vida alcance a todas las criat­uras.

El pan nue­stro de cada día, dánoslo hoy,
y enséñanos a com­par­tir todo lo que somos y ten­emos.

Danos fuerzas para vencer el mal,
y hac­er que reine el bien en nue­stro mun­do.

Sí, Padre, haznos instru­men­tos de tu amor,
y danos sabiduría para recono­certe, en todo lo que existe,
en todos los que sufren, en todos los que aman.

Por Jesu­cristo, nue­stro Señor, te damos gra­cias y te lo ped­i­mos.

Amén.

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