Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 13 de abril de 2026

Salmos leí­dos des­de Jesús “El Cristo” II

Prof. Juan Sánchez

Salmo 2 He ungi­do a mi envi­a­do

¿Por qué se amoti­nan las naciones
y los pueb­los tra­man planes sin sen­ti­do?
Los poderosos de la tier­ra con­spir­an jun­tos,
y los gob­er­nantes se unen con­tra el Señor y con­tra su ungi­do:
«Arru­inemos sus planes, echemos por tier­ra sus designios».

El que habi­ta en los cie­los son­ríe,
el Señor se com­padece de ellos.
Después les habla con firmeza,
los apremia con con­tun­den­cia:
«Yo he ungi­do a mi envi­a­do y lo he dado a las naciones».

He pub­li­ca­do un decre­to: «Tú eres mi hijo, hoy te he engen­dra­do,
y te he adju­di­ca­do los pueb­los por tarea,
la inmen­si­dad de la tier­ra como cam­po de her­man­dad,
para servir­los con el vig­or de la jus­ti­cia,
y acom­pañar­los con ter­nu­ra y com­pasión».

Aho­ra, pues, poderosos, sed sen­satos,
aprend­ed la lec­ción, gob­er­nantes de la tier­ra.
Escuchad el decre­to del Señor y obe­deced sus designios,
pues sus deseos son nues­tra ale­gría,
y no se cansa de cam­i­nar a nue­stro lado.
¡Felices cuan­tos a Él se aco­gen!

¿Cómo se hace pre­sente el Dios invis­i­ble en nue­stro mun­do vis­i­ble, dom­i­na­do por la guer­ra ince­sante de los seres humanos entre sí?

Los seres humanos ten­emos expe­ri­en­cia del Dios invis­i­ble, porque se hace pre­sente, en nue­stro mun­do vis­i­ble, medi­ante per­sonas que, ungi­das con su Espíritu, nos lo hacen exper­i­men­tar.

El pueblo de Israel, en con­frontación con los impe­rios que le rode­a­ban, que decían que sus reyes eran pres­en­cia de Dios entre ellos, recita­ban este salmo en la entron­ización de su rey para decir, en voz alta, que la ver­dadera pres­en­cia de Dios en la tier­ra pasa­ba por un rey que gob­ern­a­ba con jus­ti­cia.

Nosotros, cris­tianos, sabe­mos que el úni­co rey que ha gob­er­na­do con jus­ti­cia en la his­to­ria de la humanidad es el hijo de Dios, Jesús de Nazaret, el rey-sier­vo de Dios, que hace pre­sente en nue­stro mun­do, la jus­ti­cia de Dios, con su vida y con su muerte.

Y es intere­sante saber que, al comien­zo de su min­is­te­rio, cuan­do fue bau­ti­za­do por Juan el Bautista, exper­i­men­tó lo que este Salmo número 2 recita: «que era el ungi­do de Dios, que Dios lo ama­ba incondi­cional­mente, y que se com­placía en él, y por eso podía ini­ciar su min­is­te­rio, sabién­dose ungi­do ple­na­mente con el Espíritu de Dios».

¿Cómo se hace pre­sente el Dios invis­i­ble en la his­to­ria de la humanidad?

Nosotros, dis­cípu­los de Jesús de Nazaret, sabe­mos que, de una man­era impens­able, lo ha hecho, ple­na­mente, en Jesús de Nazaret, el hijo de José y de María.

Y lo extra­or­di­nario, es que Jesús decía que esa expe­ri­en­cia suya de Dios era la expe­ri­en­cia que todo ser humano puede exper­i­men­tar, para nac­er de nue­vo, para nac­er como hijo, e hija, de Dios.

Así que aho­ra, nosotros, dis­cípu­los de Jesús, podemos orar este Salmo 2, sabién­donos ama­dos incondi­cional­mente por Dios, y ungi­dos con su Espíritu y, por lo tan­to, como medi­adores de la pres­en­cia del Dios invis­i­ble en nue­stro mun­do vis­i­ble, dom­i­na­do por la guer­ra ince­sante de los seres humanos entre sí.

Oración

¿Por qué se amoti­nan las naciones
y los pueb­los tra­man planes sin sen­ti­do?
Los poderosos de la tier­ra con­spir­an jun­tos,
y los gob­er­nantes se unen con­tra el Señor y con­tra sus hijos e hijas, dicien­do:
«Arru­inemos sus planes, echemos por tier­ra sus designios».

El que habi­ta en los cie­los son­ríe,
el Señor se com­padece de ellos.
Después les habla con firmeza,
los apremia con con­tun­den­cia:
«Yo he ungi­do a mis hijos e hijas y los he dado a las naciones».

He pub­li­ca­do un decre­to: “Sois mis hijos e hijas, os he engen­dra­do hoy,
y os he adju­di­ca­do los pueb­los por tarea,
la inmen­si­dad de la tier­ra como cam­po de her­man­dad,
para servir­los con el vig­or de la jus­ti­cia,
y acom­pañar­los con ter­nu­ra y com­pasión”.

Aho­ra, pues, poderosos, sed sen­satos,
aprend­ed la lec­ción, gob­er­nantes de la tier­ra.
Escuchad el decre­to del Señor y obe­deced sus designios,
pues sus deseos son nues­tra ale­gría,
y no se cansa de cam­i­nar a nue­stro lado.
¡Felices cuan­tos a Él se aco­gen!

Amén.

Otros devocionales