Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 25 de noviembre de 2024

Una espir­i­tu­al­i­dad en un mun­do sec­u­lar (IV)

Pastor Sergio Simino

Jn 4, 6–15 (BLP):

6Allí se encon­tra­ba el pozo de Jacob. Jesús, fati­ga­do del camino, se sen­tó jun­to al pozo. Era cer­ca de mediodía. 7Y en esto, lle­ga una mujer samar­i­tana a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. 8Los dis­cípu­los habían ido al pueblo a com­prar comi­da. 9La mujer samar­i­tana le con­tes­ta: “¡Cómo! ¿No eres tú judío? ¿Y te atreves a pedirme de beber a mí que soy samar­i­tana?” (Es que los judíos y los samar­i­tanos no se trata­ban). 10Jesús le responde: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘dame de beber’, serías tú la que me pedirías de beber, y yo te daría agua viva”. 11“Pero Señor — repli­ca la mujer—, no tienes con qué sacar el agua y el pozo es hon­do. ¿Dónde tienes ese agua viva? 12Jacob, nue­stro antepasa­do, nos dejó este pozo, del que bebió él mis­mo, sus hijos y sus gana­dos. ¿Aca­so te con­sid­eras de may­or cat­e­goría que él?”. 13Jesús le con­tes­ta: “Todo el que bebe de esta agua volverá a ten­er sed; 14en cam­bio, el que beba del agua que yo quiero dar­le, nun­ca más volverá a ten­er sed sino que esa agua se con­ver­tirá en su inte­ri­or en un man­an­tial capaz de dar vida eter­na”. 15Excla­ma entonces la mujer: “Señor, dame de esa agua…”.

Si en los relatos de la creación del Géne­sis el mun­do es un tem­p­lo que alber­ga la pres­en­cia de Dios, el jardín del Edén, el espa­cio de espe­cial relación entre Dios y el ser humano, es el lugar san­tísi­mo de ese tem­p­lo. Allí en el Edén fluye un río que nutre de vida el jardín (Gn 2, 10). Del tem­p­lo fluye un río como sím­bo­lo de la plen­i­tud de vida de Dios que mana de su pres­en­cia. Del tem­p­lo ren­o­va­do en la visión del pro­fe­ta Eze­quiel mana un río que va nutrien­do de vida todo lo que encuen­tra en su cauce (Ez 47, 1).

La unión del cielo y la tier­ra en el tem­p­lo, la comu­nión de Dios y el ser humano, es encar­na­da en Jesús. La Pal­abra es el pun­to de con­tac­to entre lo divi­no y lo humano. El cuer­po de Jesús es el tem­p­lo donde habi­ta la pres­en­cia de Dios. Es el pun­to de máx­i­ma con­cen­tración del uni­ver­so por decir­lo en tér­mi­nos físi­cos. Por eso, en este diál­o­go, entre Jesús y la mujer samar­i­tana, el tema de con­ver­sación gira en torno a la sed y el agua que cal­ma esa sed. Jesús es el pro­pio tem­p­lo del que fluye un río de agua viva que va nutrien­do de vida aque­l­lo que encuen­tra en su cauce. Así que beber de esa agua que él nos ofrece, no solo cal­mará nues­tra sed, sino que hará que nosotros mis­mos nos con­vir­ta­mos en esos tem­p­los de los que brotan aguas de vida de las que otros tam­bién podrán beber.

Jesús es como el tem­p­lo, la unión del cielo y de la tier­ra, del que sale un man­an­tial que cal­ma nues­tra sed, sed de un mun­do nue­vo, sin dolor, sufrim­ien­to, mal y muerte. Sed de un nue­vo mun­do donde no habrá muerte, ni luto, ni llan­to, ni dolor… (Ap 21, 4).

En esta serie de devo­cionales hemos cues­tion­a­do la espir­i­tu­al­i­dad indi­vid­u­al­ista y sub­je­ti­va del mun­do sec­u­lar­iza­do. Hemos des­cu­bier­to que la espir­i­tu­al­i­dad bíbli­ca es una expe­ri­en­cia encar­na­da en la vida diaria en el anh­elo de un mun­do nue­vo. Ese bro­tar de agua viva de nue­stro inte­ri­or no es volver a una espir­i­tu­al­i­dad ensimis­ma­da, sino en hac­er de este mun­do un mun­do nue­vo para el reinar de Dios. Nosotros no con­stru­imos el reino de Dios, pero sí con­stru­imos para el reino de Dios. Amén.

Oración

Señor, ayú­danos a encon­trarte en todo tiem­po y en todo lugar, auxílianos en nues­tra búsque­da de ti y danos con­cien­cia de que antes de poder encon­trarte, tú nos has encon­tra­do primero, en el nom­bre de Jesús, ver­dadero Señor y Sal­vador del mun­do, Amén.