El domingo 1 de diciembre iniciábamos el año litúrgico encendiendo la primera vela de Adviento, que simboliza la esperanza. Hoy, el devocional diario del leccionario nos propone la siguiente lectura en 2 Pedro 3:1–13:
2 Pedro 3:1–13 (La Palabra)
1Ésta es ya, queridos, la segunda carta que os escribo. En ambas pretendo despertar mediante recuerdos vuestra sincera conciencia, 2para que rememoréis el mensaje anunciado en otro tiempo por los santos profetas, y el mandamiento del Señor y Salvador que os transmitieron vuestros apóstoles.
3Sabed, ante todo, que en los últimos días harán acto de presencia charlatanes que vivirán a su antojo y andarán diciendo en son de burla: 4“¿Qué hay de la promesa de su gloriosa venida? Porque ya han muerto nuestros mayores y todo sigue como al principio de la creación”. 5Quienes así se pronuncian, olvidan que antaño existieron unos cielos y una tierra, a la que Dios, con su palabra, hizo surgir del agua y consolidó en medio del agua. 6Aquel mundo pereció anegado por las aguas. 7En cuanto a los cielos y la tierra actuales, la misma palabra divina los tiene reservados para el fuego, conservándolos hasta el día del juicio y de la destrucción de los impíos.
8De cualquier modo, queridos, no debéis olvidar que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día. 9No es que el Señor se retrase en cumplir lo prometido, como algunos piensan; es que tiene paciencia con vosotros y no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan. 10Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Entonces los cielos se derrumbarán con estrépito, los elementos del mundo quedarán pulverizados por el fuego y desaparecerá la tierra con cuanto hay en ella.
11Si, pues, todo esto ha de ser aniquilado, ¡qué vida tan entregada a Dios y tan fiel debe ser la vuestra, 12mientras esperáis y aceleráis la venida del día de Dios! Ese día, en que los cielos arderán y se desintegrarán y en que los elementos del mundo se derretirán consumidos por el fuego. 13Nosotros, sin embargo, confiados en la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva que sean morada de rectitud.
Como 2 Pedro, Adviento busca despertar nuestros recuerdos, así que te animo a que en este tiempo traigas a la memoria aquellos momentos de tu biografía personal y comunitaria, cuando el Emanuel, el Dios con nosotros, se hizo presente trayendo esperanza.
Como 2 Pedro, Adviento nos desvela la paciencia y la fidelidad que Dios mostró y sigue mostrando hacia la humanidad, así que no nos dejemos entristecer por esas voces que nos llevan a dudar de que el reinado de Dios ya se ha hecho presente en medio nuestro. El adventus, la “llegada”, ya tuvo lugar aquella primera Navidad, y hoy anticipamos su segunda venida al final de los tiempos. Una vez más, la plenitud de Dios se hará de nuevo presente en medio de un mundo que no le espera, pero le necesita.
Como 2 Pedro, Adviento nos invita a discernir signos de esperanza en medio de nuestros escenarios catastrofistas dominados por el miedo, la angustia o la preocupación. No es que no nos falten motivos, pero no olvides que la ayuda está en camino, esperanza que la Iglesia entona tantas veces en sus celebraciones.
Como 2 Pedro, Adviento nos insta con urgencia a salir al encuentro del Emanuel. En este tiempo de esperanza de futuro, la Iglesia necesita mantenerse expectante ante el “ya, pero todavía no” de la plenitud del reinado de Dios. Estamos llamadas, estamos llamados a renunciar a la frivolidad que por desgracia tantas veces caracteriza estas fechas y a comprometernos responsablemente con el dolor y la injusticia de este mundo.
En este tiempo de Adviento, enciende la luz de la esperanza y fija tu mirada en ella.
Oración de Henri J. M. Nouwen
Señor Jesús, Maestro de la luz y de las tinieblas, envía tu Espíritu Santo sobre nuestra preparación para la Navidad.
Nosotras, que tenemos tanto que hacer, buscamos espacios tranquilos para escuchar Tu voz cada día.
Nosotros, que estamos ansiosos por muchas cosas, esperamos Tu venida entre nosotros.
Nosotras, que somos bendecidas de tantas maneras, anhelamos la alegría completa de Tu Reino.
Nosotros, cuyos corazones están apesadumbrados, buscamos la alegría de Tu presencia.
Somos Tu pueblo, caminando en la oscuridad, pero buscando la luz. A Ti te decimos: “¡Ven, Señor Jesús!”