Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 18 de mayo de 2026

Salmos leí­dos des­de Jesús “El Cristo” VII

Prof. Juan Sánchez

Salmo 7 El Señor es un juez jus­to

Señor, Dios mío, en ti me refu­gio,
líbrame de los que me acosan, pro­tégeme;
no sea que me devoren como leones,
de cuyas fauces nadie puede escapar.

Señor, Dios mío, si he actu­a­do mal,
si hay en mis manos injus­ti­cias,
si he per­ju­di­ca­do al que esta­ba en paz con­mi­go
o despo­ja­do sin moti­vo a mi adver­sario,
¡Que mi con­cien­cia no me deje tran­qui­lo,
que con­sidere lo que en mi corazón se ha destru­i­do,
que afronte las con­se­cuen­cias de mi con­duc­ta!

Lev­án­tate, Señor, ayú­dame,
con­fronta a quienes abu­san de los humildes,
acude en mi defen­sa, tú que estable­ces la jus­ti­cia.
Que se reú­na en torno a ti la asam­blea de los pueb­los,
presídela tú des­de el cielo:
¡El Señor es el juez de las naciones!

Júzgame, Señor, según mi rec­ti­tud,
según la inocen­cia que hay en mí.
Que cese la mal­dad de los mal­va­dos.
For­t­alece al inocente,
tú que exam­i­nas el corazón y las entrañas,
tú que eres un Dios jus­to.

Dios es mi defen­sor, él sal­va a los de rec­to corazón.
Dios es juez jus­to, emite sen­ten­cia cada día.

Si no se con­vierten, extremará el amor,
bus­cará incans­able a los mal­va­dos,
los envolverá con cuer­das de ter­nu­ra,
y ganará sus cora­zones endure­ci­dos.

Pero el mal­va­do sólo engen­dra iniq­uidad
con­cibe mali­cia y da a luz men­ti­ra.
Cava una fosa y ahon­da,
y ter­mi­na cayen­do en su propia tram­pa,
su mal­dad se vuelve con­tra él,
su vio­len­cia le cae enci­ma.

Yo alabaré al Señor, porque es jus­to,
Can­taré al Dios Altísi­mo.

Des­de Jesús de Nazaret, la com­pren­sión de la jus­ti­cia de Dios ha sufri­do una trans­for­ma­ción rad­i­cal. El salmista cla­ma a un Dios que es jus­to, porque cas­ti­ga al mal­va­do y pre­mia al inocente, has­ta el pun­to de decir: «Júzgame según mi rec­ti­tud, según la inocen­cia que hay en mí».

Des­de Jesús de Nazaret sabe­mos que la jus­ti­cia de Dios, solo es sal­vado­ra; porque Dios jus­ti­fi­ca al impío, como decía Pablo; porque Dios nos acep­ta y nos recrea por amor; y apropi­arse de la jus­ti­cia de Dios, es acep­tar, ser acep­ta­do por amor, y no por nues­tra rec­ti­tud, y dejarse trans­for­mar en una nue­va criatu­ra, por ese amor.

Des­de Jesús de Nazaret, la com­pren­sión de la acción jus­ta de Dios en la his­to­ria, y el clam­or de los creyentes por su jus­ti­cia, ha sufri­do una trans­for­ma­ción rad­i­cal, de tal for­ma que con Diet­rich Bon­ho­ef­fer dec­i­mos: «Dios es impo­tente y débil en el mun­do, y solo así, Dios está con nosotros, y nos ayu­da».

Des­de esta expe­ri­en­cia de Dios, que ha hecho posi­ble Jesús de Nazaret con su vida y con su muerte, es que podemos ree­scribir este salmo, tal y como yo he hecho, porque sabe­mos que Dios no per­mi­tió que su hijo fuera ven­ci­do por la muerte, sino que lo lev­an­tó de entre los muer­tos, y le hizo partícipe de su Ser.

La jus­ti­cia de Dios en la his­to­ria, es su acción super­ado­ra de la injus­ti­cia del mun­do, a través del perdón y del amor, tal y como se nos ha rev­e­la­do en la vida, muerte y res­ur­rec­ción de su Hijo Jesu­cristo.

Oración

Oh Dios de amor,
Lev­an­ta­mos a ti nues­tras mentes,
Porque sabe­mos que de ti recibi­mos un amor sin condi­ciones,

Y
Cuan­do en la vida encon­tramos un amor sin condi­ciones,
Eres tú quien nos abraza a través de mil cari­cias.

Oh Dios de poder,
Lev­an­ta­mos a ti nues­tras manos,
Porque sabe­mos que de ti recibi­mos una mano exten­di­da,
Y
Cuan­do en la vida encon­tramos una mano exten­di­da,
Eres tú quien nos sostiene a través de mil ayu­das.

Oh Dios de ver­dad,
Lev­an­ta­mos a ti nue­stros cora­zones,
Porque sabe­mos que de ti recibi­mos un nue­vo corazón,
Y
Cuan­do en la vida encon­tramos con­fi­an­za sin reproches,
Eres Tú quien nos impul­sa a través de la esper­an­za.

Oh Dios de Jesús,
Lev­an­ta­mos a ti todo nue­stro ser,
Porque sabe­mos que de ti recibi­mos una nue­va creación,
Y
Cuan­do en la vida encon­tramos un ser humano como Jesús,
Eres Tú quien nos habla a través de mil silen­cios…
Eres Tú quien actúa a través de mil tar­eas…

Oh Dios de la res­ur­rec­ción,
Lev­an­ta­mos a ti nues­tras vidas,
Porque sabe­mos que de ti recibi­mos el poder de la vida ver­dadera,
Y
Cuan­do en la vida entreg­amos todo lo que somos sin temor a la muerte,
Eres Tú quien renue­va toda la faz de la tier­ra.

AMÉN.

(No he con­segui­do iden­ti­ficar al autor de esta oración)

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