Lunes, 11 de mayo de 2026
Prof. Juan Sánchez
Salmo 6 Ponme a salvo, Señor
Señor, no me reprendas con enojo,
no me corrijas con furor.
Señor, ten misericordia de mí, que desfallezco,
sáname, que tengo los huesos triturados,
y estoy profundamente abatido.
Señor, ¡cómo anhelo tu presencia!
Vuélvete, Señor, y líbrame,
que tu amor me ponga a salvo.
Pues en la enfermedad, ¿quién se acuerda de ti?,
y en la muerte, ¿quién te alaba?
Estoy agotado a fuerza de gemir,
baño en llanto mi lecho cada noche,
inundo de lágrimas mi cama;
mis ojos se consumen de pena,
envejecen de tanta tristeza.
¡Apartaos de mí, todos los malvados,
pues ha escuchado el Señor la voz de mi llanto!
El Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha acogido mi oración.
¡Será confundido y se avergonzará el injusto,
se acabará arrepintiendo del mal que hizo!
Una enfermedad mortal, parece afrontar el autor de este salmo; y ante una enfermedad mortal, por desgracia, muchos hemos pensado, que algo malo habremos hecho; sobre todo si muchos a nuestro alrededor, así piensan.
Quizás, por eso, el salmista empieza pidiendo que Dios no lo castigue y que le muestre su misericordia: «Señor, ¡cómo anhelo tu presencia! Ven y líbrame, que tu amor me ponga a salvo».
Y la presencia de Dios, en momentos así, pasa por apartarse de aquellos que piensan que Dios no está con nosotros en situaciones de enfermedad mortal; y confiar en aquellos que nos dicen como el salmista: «que el Señor ha escuchado mi súplica, ha acogido mi oración».
Pues, aquellos que tienen experiencia de vida con el Señor, saben que «el injusto será confundido y se avergonzará de su mal, y por la misericordia de Dios, se acabará arrepintiendo del mal que hizo». Al menos, esa es también su oración.
Oración
Señor Jesús,
De mi cuerpo gastado, sé tú el fortalecedor.
De la noche que cae, sé tú la luz.
De mis sufrimientos, sé tú el consuelo.
De mis faltas pasadas, sé tú el perdón.
De mi soledad, sé tú el compañero.
De mis rebeldías interiores, sé tú la esperanza.
De mi fe, sé tú la fuente.
De mi amor, sé tú el fuego.
De mis insomnios, sé tú la Presencia.
De mi sonrisa, sé tú la dulzura.
De mis encuentros, sé tú la Palabra.
De mis oraciones, sé tú el Bien Amado.
Señor, yo creo que tú eres la Vida
y que has vencido a la muerte.
Ven a llamar a mi puerta.
El día declina y se hace tarde…
¡Quédate junto a mí!
Amén.
M. Hubaut