Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 14 de octubre de 2024

Siem­pre gra­cia (III)

Pastor Rubén Bernal

Fuera de la bur­bu­ja Seis días después, Jesús tomó aparte a Pedro y a los her­manos San­ti­a­go y Juan y los llevó a un monte alto. 2Allí se trans­fig­uró en pres­en­cia de ellos. Su ros­tro res­p­lan­de­ció como el sol y su ropa se volvió blan­ca como la luz. 3En esto, los dis­cípu­los vieron a Moisés y Elías con­ver­san­do con él. 4Pedro dijo a Jesús: — ¡Señor, qué bien esta­mos aquí! Si quieres, haré aquí tres cabañas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. (Mt 17,1–4 BTI). Hay oca­siones, quizá no tan abun­dantes como uno desearía (son situa­ciones que no se pueden recrear medi­ante sim­u­lacros manip­u­la­tivos), que en nues­tra espir­i­tu­al­i­dad –tan­to comu­ni­taria como de andar por casa– en las que la pres­en­cia de Dios, su cer­canía, su “abra­zo” se hace tan cer­cano que son momen­tos como el de la Trans­fig­u­ración, instantes donde lo Eter­no parece tocar nues­tra fini­tud. Son momen­tos en los que desearíamos quedarnos para siem­pre con­struyen­do para ello una enra­ma­da, tabernácu­lo o cabaña. Pero no esta­mos lla­ma­dos a quedarnos en el monte de la Trans­fig­u­ración, cuan­do el impul­si­vo Pedro expre­sa lo agus­to que está en esa expe­ri­en­cia; Dios Padre se pro­nun­cia hacien­do una ref­er­en­cia a Jesús: Este es mi Hijo ama­do, en quien me com­plaz­co, escuchad­lo. Aunque teológi­ca­mente esta frase es el meol­lo del pasaje, hacien­do ver que Elías y Moisés (los pro­fe­tas y la Ley) con­ducían a Jesu­cristo y es a este últi­mo a quien ten­emos que aten­der, cono­cer porque es quien nos da a cono­cer al Padre (Jn 1,18); quiero que nos fije­mos en otro pun­to. Tal como Pedro expre­sa su deseo de estar sumergi­do en esa bur­bu­ja (per­mi­tidme que lo llamem­os éxta­sis espir­i­tu­al), Dios Padre al pro­nun­cia­rse pin­cha la bur­bu­ja y todo vuelve a la nor­mal­i­dad. Vuelve la cotid­i­an­idad, el mun­do de los prob­le­mas, el mun­do que sufre, la real­i­dad que hay que aten­der. Es el mun­do en el que nos toca ser sol­i­dar­ios, el mun­do donde ten­emos que realizar nue­stro seguimien­to a Cristo. El ter­reno de juego de nues­tra fe no es la expe­ri­en­cia del monte, sino esta exis­ten­cia alien­a­da donde “escuchamos” a Cristo –según Mateo 25,40 y espe­cial­mente el ver­sícu­lo 35 de ese pasaje– en quienes tienen ham­bre, quienes tienen sed, quienes vienen a nosotros como inmi­grantes, quienes no tienen ropa para vestirse o abri­garse, quienes están enfer­mos o quienes están pre­sos… y esta lista no se ago­ta. Esta es la otra cara de la espir­i­tu­al­i­dad cris­tiana. Ore­mos: Señor, Dios y Padre mater­nal, agrade­ce­mos el abra­zo de tu gra­cia y esas expe­ri­en­cias cál­i­das con las que nos aco­ges. Danos sen­si­bil­i­dad para recono­certe en las necesi­dades de nue­stros próji­mos; que viva­mos el seguimien­to a Cristo con un com­pro­miso autén­ti­co en línea con ese nue­vo reina­do que nos traes donde todas las cosas son nuevas. Por Cristo nue­stro Señor. Amén.