Lunes, 9 de febrero de 2026
Pastor Abraham García
Hola.
Leamos, en la traducción La Palabra, el evangelio según Juan 15:1–12.
El texto de hoy nos lleva al campo, a una viña, para visualizar lo que el Señor nos quiere decir: «El Padre corta todos mis sarmientos improductivos y poda los sarmientos que dan fruto para que produzcan todavía más» (v.2).
Jesús está afirmando: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador.»
Encontramos tres verdades centrales: por un lado, Jesucristo es la vid, la fuente de toda vida, la verdadera identidad está en Él; en segundo lugar, nosotros somos los sarmientos, las ramas que dependen completamente de la vid; y, finalmente, el Padre es el viñador (el dueño de la viña), quien cuida, limpia y poda para que la vida de Cristo en nosotros se manifieste con una uva de calidad.
Jesús no se anda por las ramas, afirma que estamos unidos a Él y, por lo tanto, al Padre que es el dueño de la viña. Dios que nos ama nos poda para que demos mejor fruto, aquello que le agrada, para lo que nos ha escogido.
Quiero centrarme en la poda de la vid. Hay una anécdota extraída del boletín de la ONG Puertas Abiertas (22 octubre 2021).
«En 2014, el llamado Estado Islámico tomó la ciudad cristiana de Qaraqosh (Irak). Sana, su marido y sus hijos se escondieron en casa casi tres semanas, con miedo, escuchando puertas derribadas y disparos. Un día los encontraron y les ordenaron subir a unos autobuses. Separaron a los hombres de las mujeres. Sana subió con su hija; su marido y sus hijos quedaron atrás. Les dijeron que irían en otro autobús…, pero nunca más los volvió a ver. Desde entonces, Sana vive sola con su hija.»
Podríamos decir que la vida de Sana y su familia ha sido podada de golpe: sin esposo, sin hijos, sin seguridad. Y, sin embargo, cuando se le pregunta, ella responde: «Mi fe en Dios es muy grande… sigo confiando en Él.»
Es tremenda la historia. Es un ejemplo práctico de la poda a la que hace referencia Jesús. El testimonio de Sana es un grito de esperanza y fidelidad en Cristo.
¿Y nosotros? También tenemos esas podas que son necesarias, ya que vivimos y hemos de dar fruto.
Esta poda divina puede manifestarse de muchas maneras, como: una situación inesperada que desbarata todos nuestros planes y nos hace más humildes, más dependientes de Dios; una relación personal que se termina; una corrección que hiere nuestro orgullo, pero que nos purifica de autosuficiencia y arrogancia; un tiempo de dificultad que nos impulsa a buscar al Señor con más profundidad; una pérdida que nos enseña a soltar aquello que creíamos imprescindible.
Quizás hoy, mientras escuchas, estás atravesando un tiempo de poda, o has perdido un trabajo que creías seguro. Tal vez estés atravesando una grave enfermedad, o por ruptura de una relación importante. Tus proyectos se han derrumbado. Te sientes abatido o abatida.
Cada uno sabemos las podas que Dios hace. No voy a mentirles, la poda nunca es fácil. Siempre duele. Hay dolor, sentimiento de pérdida cuando Dios quita hojas que nos gustaban, que daban seguridad, que nos hacían sentir completos. A veces incluso nos preguntamos: ¿Por qué, Señor? ¿Por qué permites esto?
Jesús no está diciendo que Dios es cruel, que disfruta cortando, o que se complace en hacernos sufrir. Jesús nos asegura que el propósito del Padre nunca es destruirnos. Su propósito es hacernos más fértiles, más semejantes a Cristo, más capaces de amar genuinamente, más útiles para su Reino. Es decir, nos poda para que su savia produzca en nosotros frutos de autenticidad, y menos apariencia; más humildad ante tanto orgullo; más amor ante tanto egoísmo.
La clave está en permanecer en la vid. Jesús lo repite insistentemente: «El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto… Si permanecéis unidos a mí y mi mensaje permanece en vosotros… Pero sólo si permanecéis en mi amor, si cumplís mis mandamientos…»
Una rama cortada, separada de la vid no tiene futuro. Pero una rama podada que permanece unida a la vid está siendo preparada para una cosecha abundante. He aquí el secreto que lo cambia todo: permanecer vinculados a Cristo para crecer, madurar, florecer. Al nutrirnos de Jesús, por medio del Espíritu Santo, florece la belleza de la flor y luego el fruto resultante en nuestras vidas, revelando la bondad de Dios.
El Evangelio de hoy es un viento apacible. Es la certeza del amor del Padre que te sostiene con ternura. No te ha abandonado ni te ha olvidado. Está cuidando tu vida con manos expertas, cortando hojas superfluas, ramitas, para que el amor, la fe, la paciencia, el servicio, el testimonio se conviertan en fruto de amor.
Hemos leído la historia de Sana y su familia, es trágica. Hemos leído sobre el dolor, la ausencia; pero el fruto es su fidelidad, animada por las ayudas y oraciones de otros cristianos que conocemos su historia.
Dios también tiene un propósito para tu vida: «…produzcáis fruto en abundancia y os hagáis discípulos míos.»
Deseo terminar con algunas preguntas para tu consideración: ¿Dónde ves las tijeras de Dios? ¿Qué poda estás viviendo? ¿Tiendes a interpretar éstas como castigo, como señal de que Dios está enojado contigo…, o adviertes una oportunidad para un fruto nuevo, más profundo, más auténtico, más puro?
Anhelo que el Señor de la vid verdadera continúe la vida que un día empezó en ti, y veas cómo Dios está madurando tu vida para que des el fruto que Él espera. Ten paciencia, la misericordia de Dios está actuando en tu vida. Compártela.
Que tengas un bendecido día y semana.