El domingo 8 de diciembre encendíamos la segunda vela de Adviento, que simboliza la paz. Seguimos a la espera, preparándonos para el asombro de la Navidad. Hoy, el devocional diario del leccionario nos propone la siguiente lectura en Isaías 40:1–11:
1Consolad, consolad a mi pueblo,
dice vuestro Dios.
2Hablad al corazón de Jerusalén,
anunciadle a gritos
que se acabó su servidumbre,
que su culpa ha sido perdonada;
que ha recibido de mano del Señor
doble castigo por sus extravíos.
3Una voz anuncia a gritos:
“Preparad en el desierto
un camino al Señor,
allanad en la estepa
una senda a nuestro Dios.
4Las vaguadas serán levantadas,
montañas y colinas allanadas.
Lo tortuoso será enderezado,
lo escabroso será aplanado.
5Aparecerá la gloria del Señor,
y todo ser vivo podrá ver
que ha hablado la boca del Señor”.
6Dice una voz: “¡Grita!”.
Respondo: “¿Qué he de gritar?”.
“Que todo ser vivo es hierba,
su hermosura flor de campo.
7Se seca la hierba, se amustia la flor,
cuando sopla sobre ellas el aliento del Señor.
8Se seca la hierba, se amustia la flor,
permanece inmutable la palabra de nuestro Dios”.
9Súbete a un monte encumbrado,
tú que traes buenas nuevas a Sión.
Alza luego con fuerza tu voz,
tú que traes buenas nuevas a Jerusalén.
Alza tu voz sin miedo,
di a las ciudades de Judá:
“Aquí tenéis a vuestro Dios.
10Aquí llega con fuerza el Señor Dios;
su brazo le proporciona poder.
Aquí llega acompañado de su salario,
su recompensa le abre camino.
11Conduce a su rebaño como un pastor,
lo va reuniendo con su brazo;
lleva en su regazo a los corderos,
va guiando a las que crían”.
Como las palabras que Isaías pronunció a aquellos desterrados que anhelaban con nostalgia regresar a su hogar, Adviento también trae palabras de consuelo hoy, así que te animo a que en este tiempo de espera esperanzada hagas memoria de aquellas palabras que en otro tiempo te consolaron en tiempos difíciles.
Como Isaías se dirigía a un pueblo cansado de sufrir anunciando que Dios acompañaría a los exiliados de Babilonia a Jerusalén, Adviento se dirige hoy a cada una y cada uno de nosotros para recordarnos que el buen pastor nos acompaña en el camino, y que sigue mostrando el mismo cuidado y el mismo cariño que mostró entonces.
Como Isaías anunciaba a gritos que por fin llegaba la paz tras una guerra devastadora que había estado a punto de destruir toda esperanza, Adviento grita las buenas noticias para hacerse oír en medio de tanto alboroto de mercaderes que buscan llamar nuestra atención en estos tiempos. Nos invita a acallarnos, a experimentar el silencio interior para poder escuchar con atención las buenas noticias del shalom de Dios, de la serenidad que eleva lo humano.
Como le sucedió a Isaías, Adviento nos insta a ser mensajeros de la reconciliación. Y es que la humanidad, más aún el cosmos entero –¡los valles, las colinas, los desiertos!–, tiene derecho a esperar tiempos mejores. La paz de Dios llegará a todos los rincones de la creación, así que empleémonos a fondo en nuestra vida cotidiana por el entendimiento, la alegría, la salud, el bienestar al que todo ser humano está convocado.
En este tiempo de Adviento, enciende la luz de la paz y fija tu mirada en ella.
Oración franciscana por la paz
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.