Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 9 de diciembre de 2024

Advien­to (II)

Pastora Lidia Rodríguez

El domin­go 8 de diciem­bre encendíamos la segun­da vela de Advien­to, que sim­boliza la paz. Seguimos a la espera, preparán­donos para el asom­bro de la Navi­dad. Hoy, el devo­cional diario del lec­cionario nos pro­pone la sigu­iente lec­tura en Isaías 40:1–11:

1Con­so­lad, con­so­lad a mi pueblo,
dice vue­stro Dios.
2Hablad al corazón de Jerusalén,
anun­ci­a­dle a gri­tos
que se acabó su servidum­bre,
que su cul­pa ha sido per­don­a­da;
que ha recibido de mano del Señor
doble cas­ti­go por sus extravíos.
3Una voz anun­cia a gri­tos:
“Preparad en el desier­to
un camino al Señor,
allanad en la estepa
una sen­da a nue­stro Dios.
4Las vaguadas serán lev­an­tadas,
mon­tañas y col­i­nas allanadas.
Lo tor­tu­oso será endereza­do,
lo escabroso será aplana­do.
5Apare­cerá la glo­ria del Señor,
y todo ser vivo podrá ver
que ha habla­do la boca del Señor”.
6Dice una voz: “¡Gri­ta!”.
Respon­do: “¿Qué he de gri­tar?”.
“Que todo ser vivo es hier­ba,
su her­mo­sura flor de cam­po.
7Se seca la hier­ba, se amus­tia la flor,
cuan­do sopla sobre ellas el alien­to del Señor.
8Se seca la hier­ba, se amus­tia la flor,
per­manece inmutable la pal­abra de nue­stro Dios”.
9Súbete a un monte encum­bra­do,
tú que traes bue­nas nuevas a Sión.
Alza luego con fuerza tu voz,
tú que traes bue­nas nuevas a Jerusalén.
Alza tu voz sin miedo,
di a las ciu­dades de Judá:
“Aquí tenéis a vue­stro Dios.
10Aquí lle­ga con fuerza el Señor Dios;
su bra­zo le pro­por­ciona poder.
Aquí lle­ga acom­paña­do de su salario,
su rec­om­pen­sa le abre camino.
11Con­duce a su rebaño como un pas­tor,
lo va reunien­do con su bra­zo;
lle­va en su rega­zo a los corderos,
va guian­do a las que crían”.

Como las pal­abras que Isaías pro­nun­ció a aque­l­los dester­ra­dos que anhela­ban con nos­tal­gia regre­sar a su hog­ar, Advien­to tam­bién trae pal­abras de con­sue­lo hoy, así que te ani­mo a que en este tiem­po de espera esper­an­za­da hagas memo­ria de aque­l­las pal­abras que en otro tiem­po te con­so­laron en tiem­pos difí­ciles.

Como Isaías se dirigía a un pueblo cansa­do de sufrir anun­cian­do que Dios acom­pañaría a los exil­i­a­dos de Babilo­nia a Jerusalén, Advien­to se dirige hoy a cada una y cada uno de nosotros para recor­darnos que el buen pas­tor nos acom­paña en el camino, y que sigue mostran­do el mis­mo cuida­do y el mis­mo car­iño que mostró entonces.

Como Isaías anun­cia­ba a gri­tos que por fin lle­ga­ba la paz tras una guer­ra dev­as­ta­do­ra que había esta­do a pun­to de destru­ir toda esper­an­za, Advien­to gri­ta las bue­nas noti­cias para hac­erse oír en medio de tan­to alboro­to de mer­caderes que bus­can lla­mar nues­tra aten­ción en estos tiem­pos. Nos invi­ta a acallarnos, a exper­i­men­tar el silen­cio inte­ri­or para poder escuchar con aten­ción las bue­nas noti­cias del shalom de Dios, de la serenidad que ele­va lo humano.

Como le sucedió a Isaías, Advien­to nos ins­ta a ser men­sajeros de la rec­on­cil­iación. Y es que la humanidad, más aún el cos­mos entero –¡los valles, las col­i­nas, los desier­tos!–, tiene dere­cho a esper­ar tiem­pos mejores. La paz de Dios lle­gará a todos los rin­cones de la creación, así que empleé­monos a fon­do en nues­tra vida cotid­i­ana por el entendimien­to, la ale­gría, la salud, el bien­es­tar al que todo ser humano está con­vo­ca­do.

En este tiem­po de Advien­to, enciende la luz de la paz y fija tu mira­da en ella.

Oración fran­cis­cana por la paz

¡Señor, haz de mí un instru­men­to de tu paz!
Que allí donde haya odio, pon­ga yo amor;
donde haya ofen­sa, pon­ga yo perdón;
donde haya dis­cor­dia, pon­ga yo unión;
donde haya error, pon­ga yo ver­dad;
donde haya duda, pon­ga yo fe;
donde haya deses­peración, pon­ga yo esper­an­za;
donde haya tinieblas, pon­ga yo luz;
donde haya tris­teza, pon­ga yo ale­gría.

¡Oh, Mae­stro!, que no busque yo tan­to
ser con­so­la­do como con­so­lar;
ser com­pren­di­do, como com­pren­der;
ser ama­do, como amar.

Porque dan­do es como se recibe;
olvi­dan­do, como se encuen­tra;
per­do­nan­do, como se es per­don­a­do;
murien­do, como se resuci­ta a la vida eter­na.