Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 28 de octubre de 2024

Siem­pre gra­cia (V)

Pastor Rubén Bernal

Comien­do con gente imper­fec­ta.

Mateo 9,9–13

Jesús con­tin­uó su camino. Al pasar vio a un hom­bre lla­ma­do Mateo que esta­ba sen­ta­do en su despa­cho de recau­dación de impuestos, y le dijo: —Sígueme. 
Mateo se lev­an­tó y lo sigu­ió.  Más tarde, estando Jesús sen­ta­do a la mesa en casa de Mateo, acud­ieron muchos recau­dadores de impuestos y gente de mala rep­utación, que se sen­taron tam­bién a la mesa con Jesús y sus dis­cípu­los. Los fariseos, al ver­lo, pre­gun­taron a los dis­cípu­los: —¿Cómo es que vue­stro Mae­stro se sien­ta a com­er con esa clase de gente? 12Jesús lo oyó y les dijo: —No nece­si­tan médi­co los que están sanos, sino los que están enfer­mos. 13A ver si aprendéis lo que sig­nifi­ca aque­l­lo de: Yo no quiero que me ofrezcáis sac­ri­fi­cios, sino que seáis com­pa­sivos. Yo no he venido a lla­mar a los buenos, sino a los pecadores.

Como en el caso de Mateo, el recau­dador de impuestos, Jesús viene a encon­trarnos en nue­stros que­hac­eres (y a veces esas labores en las que Jesús nos encuen­tra pueden ten­er una éti­ca como mín­i­mo dudosa), y ahí nos lla­ma al seguimien­to, a una vida nue­va cam­i­nan­do con él.

En este rela­to vemos, pese a los reproches que recibe Jesús por parte de quienes se la dan de san­tos por sus pro­pios méri­tos, que él se sien­ta a la mesa con inde­seables y pecadores (¿esta­mos tú y yo den­tro de esa cat­e­goría?). Su vol­un­tad al sen­tarse con nosotros, es la de dig­nifi­carnos como per­sonas, recono­cer­nos (el buen pas­tor nos lla­ma por nue­stros nom­bres, nos conoce), quiere sacarnos de la iner­cia de vivir de la man­era habit­u­al que se vive en el mun­do con unos prin­ci­p­ios que son del antir­reino. Quiere red­imirnos, rescatarnos, pon­er­nos a todos nosotros en línea con ese gran proyec­to del reina­do de Dios, y vivir en con­se­cuen­cia.

Cuan­do cel­e­bramos la mesa del Señor, debe­mos recor­dar que es él quien nos está invi­tan­do –a su mesa– a nosotros, per­sonas inde­seables y pecado­ras. Quiere tomar parte con­ti­go y con­mi­go a pesar de nue­stros fra­ca­sos, de nues­tras caí­das y de nues­tras con­tradic­ciones.

Habrá quien se irrite y le parez­ca una blas­femia que el Hijo de Dios invite a un mon­tón de per­sonas pecado­ras a su mesa. Yo no sé de alta teología, solo sé que nos invi­ta a tomar parte con él, que nos toma en cuen­ta, que señala al pan y al vino y nos dice: «tomad comed, esto es mi cuer­po… esta copa que bebéis es el nue­vo pacto en mi san­gre, recor­dad­lo. Recor­dad­lo siem­pre has­ta que vuel­va.»

En esta mesa, en esta invitación, comem­os y bebe­mos indig­na­mente del pan y del vino, cuan­do no dis­cern­i­mos que todas las her­manas y her­manos que par­tic­i­pamos somos ese cuer­po de Cristo viv­i­fi­ca­do por su san­gre. En una comi­da de iguales, donde los que esta­mos sen­ta­dos somos todos red­imi­dos por los méri­tos de Cristo y no por los nue­stros, no puede haber lugar a los pre­juicios, los exclu­sivis­mos o favoritismos.

Gózate de que Jesús se ha sen­ti­do a la mesa con­ti­go, y acep­ta con ale­gría que otras per­sonas igual­mente imper­fec­tas, han sido tam­bién invi­tadas.

Ore­mos

Gra­cias Señor por venir a nosotros a pesar de nue­stros fal­los y nues­tra fal­ta de fidel­i­dad; gra­cias por la rec­on­cil­iación que nos ofre­ces, por resti­tuirnos, per­donarnos y darnos una vida nue­va.

Ayú­danos a dis­cernir tu obra tan­to en nues­tra vida como en la de los demás, para que no demos pie a cul­ti­var pre­juicios, rec­ha­zos y exclu­sivis­mos. Gra­cias por el inmen­so amor que nos has mostra­do por medio de tu Hijo Jesús. Amén.