Lunes, 26 de octubre de 2026
Pr. José E. Burguillo
10 Estaba Jesús enseñando en una sinagoga un sábado 11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años padecía una enfermedad causada por un espíritu: estaba encorvada y de ninguna manera podía enderezarse completamente. 12 Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:
—Mujer, eres libre de tu enfermedad.
13 Puso las manos sobre ella. La mujer se enderezó al instante y glorificaba a Dios. 14 Pero el principal dirigente de la sinagoga, enojado por el hecho de que Jesús hubiera sanado en sábado, dijo a la multitud:
—Seis días hay en que se debe trabajar. Venid a curaros en esos días y no en sábado.
15 El Señor le respondió:
—¡Hipócritas! ¿No desata en sábado cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? 16 Y a esta mujer descendiente de Abrahán, a quien Satanás había atado durante dieciocho años, ¿no se le debía desatar esta ligadura en sábado?
17 Al decir él estas cosas, todos sus adversarios quedaron avergonzados. Sin embargo, todo el pueblo se alegraba de los hechos portentosos que Jesús realizaba.
Lucas 13:10–17
Jesús estaba enseñando, algo muy común en Él: «Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo»(San Mateo 9:35). Desde luego, aceptamos que Jesús leía la Ley y los Profetas en las sinagogas; y como indica el texto citado de Mateo, enlazaba dichas lecturas con el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Y esto lo hacía en sábado también. Jesús enseña, cura, sana, atiende, acoge, perdona, alimenta, sin importar el día de la semana. Algunas de sus curaciones las realiza precisamente en sábado (un hombre de una mano seca, un hidrópico, un paralítico, un ciego de nacimiento) algo que le trae serios conflictos con las autoridades religiosas. Pero, para Jesús están siempre antes las necesidades de las personas con sus sufrimientos que los formalismos religiosos.
Jesús nunca fue indiferente ante el sufrimiento y las necesidades del pueblo, de las gentes. Su misericordia, amor, solidaridad, empatía es manifiesta en los Evangelios. Y sana, libera, claro que sí, aunque sea en sábado, y eso le traiga el rechazo, enfado y hasta cólera de los dirigentes religiosos, como es la reacción del jefe de la sinagoga en este caso.
En el Evangelio de hoy, Jesús ve a una mujer que desde hacía dieciocho años padecía una enfermedad y vivía encorvada. En el pensamiento judío, era muy importante la posición vertical, porque la palabra, el discernimiento, distinguía al ser humano del animal. Esta señal de humanidad ha desaparecido a ojos de los demás y como consecuencia vivía en constante sufrimiento. Jesús la llamó y la sanó. El acontecimiento es inmediato. «¡Eres libre!» Jesús anuncia una maravilla. Ha puesto las manos sobre ella, señal de acogida, de amor, de bendición; la liberación se ha producido al instante. El poder de Dios ha cambiado su debilidad en fuerza. Jesús le ha devuelto la dignidad, el bienestar. Nos llama la atención que la mujer no ha abierto la boca, no ha pedido nada al Maestro que estaba enseñando; él ha interrumpido su enseñanza en favor de la débil mujer. Jesús ha visto su sufrimiento. No ve solo una enfermedad, sino una mujer, una persona, una hija, una hermana. Allí donde los demás ven normas a defender a toda costa, Él ve el sufrimiento y por ello actúa; Jesús no causa sufrimiento, libera de él; aunque otros hagan sufrir, o sean indiferentes, Jesucristo muestra su gracia, amor, poder y compasión, porque ha visto y se ha conmovido.
Hoy hay millones y millones de personas que caminan “encorvados”, que no son vistos por los jefes de las sinagogas, ni por los jefes de gobiernos; son como invisibles, a ellos hemos de ver y ser justos, misericordiosos, y ayudarles a que se levanten, en el nombre de Jesús; como aquel cojo que pedía limosna ante la puerta la Hermosa en el Templo de Jerusalén (Hechos 3: 2–10). Vidas restauradas, dignidades recuperadas, capacidades no solo para caminar con la frente levantada y saltar de alegría; también para alabar a Dios, para vivir en felicidad y dicha.
No caminemos encorvados, cabizbajos o tristes; Jesús nos ve, pone sus manos sobre nosotros, nos bendice, acoge y cuenta con nosotros en su misión. Jesús nos llama a enseñar su palabra, a mirar como Él mira, a reconocer la dignidad del otro y no permitir que nuestras normas, prejuicios e indiferencias pesen más que el sufrimiento del prójimo.
La mujer, una vez sanada y liberada, glorifica a Dios con alegría. El pueblo se alegraba con los hechos poderosos de Jesús, su historia es la historia de la salvación, y esa es nuestra alegría también; la esperanza vuelve a tener rostro, y esa esperanza, hoy, tiene rostro de mujer. Amén.