Lunes, 19 de octubre de 2026
Pr. José E. Burguillo
Lectura del evangelio según San Lucas 12: 13–21
13 Uno de la multitud dijo a Jesús:
—Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia.
14 Jesús respondió:
—Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o mediador?
15 Y dijo a los demás:
—Mirad, guardaos de toda avaricia, porque la vida de cualquier persona no depende de la abundancia de las riquezas que posee.
16 Y les relató esta parábola:
—La tierra de un hombre rico había producido una gran cosecha. 17 Así que pensó: «¿Qué haré? No tengo lugar donde guardar mis frutos». 18 Y se dijo: «Esto es lo que haré: derribaré mis graneros y los edificaré más grandes y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; 19 y luego podré decirme: «Ya puede descansar mi alma, pues ahora tengo guardados muchos bienes para muchos años. Ahora, pues, ¡a comer, a beber y a disfrutar!» 20 Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche vienen a pedir tu alma. ¿Para quién será lo que has guardado?». 21 Eso le sucede a quien acumula riquezas para sí mismo, pero no es rico para con Dios.
En principio la norma sugería que la herencia se conservase intacta mediante una vida en común de los herederos. En caso de reparto estaba el derecho de primogenitura, el hijo mayor recibía el doble, pero debía atender al mantenimiento de viudas o hermanas solteras.
¿Qué movió a aquel hombre a dirigirse a Jesús llamándole maestro con esta petición? Jesús se niega a decidir. El hombre desea un reparto en su propio provecho. Lo que enseña Jesús en el Evangelio es que la herencia, los bienes, se comparte con los demás. Porque eso forma parte de los valores del Reino de Dios, y no por el miedo a que les falte algo. En esta situación, Jesús les propone una parábola, que dirige a sus discípulos.
En ella, nos revela el carácter de un personaje, lleno de avaricia y ambición. Es un comerciante. Pero traspasa unos límites éticos, arrastrado por la lógica de la ganancia sin límite aparente; tiene un proyecto egoísta, “mis graneros”, “mis bienes”. Finalmente planea dedicarse a una vida hedonista y narcisista. Su bienestar no lo relaciona con los demás y menos con Dios, solo su propio bienestar; y para eso quiere más y más bienes materiales; aunque solo pueda disfrutar de una fracción de los mismos.
Jesús considera a tal individuo un insensato. Es una locura dedicar la vida y el alma a las riquezas. Este personaje ha olvidado las desgracias de los demás; posiblemente, al igual que en muchos casos hoy, su acumulación se ha construido sobre la extracción de bienes de otros cientos de personas, a las que les deja sin posibilidad de cubrir necesidades para una vida digna. Hasta se ha olvidado de Dios.
¿Y todo para qué? ¡Si no podrás poner tu nombre en el testamento como heredero! Qué tristeza más grande, este hombre no se enriquece en Dios, no se enriquecía su alma ni su corazón. Porque la vida del ser humano es mucho más que la posesión de bienes materiales. El propósito y sentido de la vida no depende de lo que se tiene. La vida, verdadera vida, viene de Dios. Ser rico en Dios y rico de Dios, lleno de Dios. Dice el apóstol; «Dios rico en misericordia, por el gran amor que nos amó… nos ha hecho vivir con Cristo…» Esa es la vida verdadera.
Este magnífico texto de Pablo es el resumen de la acción de Dios en nosotros a través de Jesucristo con «quien nos ha hecho vivir»; y lo ha hecho «por pura gracia».
«Vivir con Cristo» implica «resucitar con Cristo Jesús…», esa es la «inmensa riqueza de su gracia», ese es nuestro proyecto vital, que llama Pablo de salvación. Un proyecto que hacemos nuestro por la fe en Cristo, con la confianza en él, en el que descubrimos ese “gran amor, con que nos amó Dios”.
«Ricos ante el Señor.» Vivir humanamente es vivir de acuerdo con las opciones vitales que tomemos en nuestra vida en solidaridad con las demás personas. Vivir con proyectos llenos de humanidad, de fraternidad, de espiritualidad, es superar el mero existir.
Llevados por el Espíritu hemos de reflexionar sobre lo que es necesario, escoger la mejor parte, como hizo María la hermana de Marta, seleccionar lo que nos conviene para ser ricos para con Dios, para con los demás, para nuestra realización personal y rechazar lo que suponen un inconveniente para esa ineludible opción.
Más aún, es necesario establecer primacía entre tan diversos y a veces opuestos anhelos, que surgen de nuestro interior; despertados y promocionados por la fuerte influencia que nos viene de afuera. Uno de esos deseos es el de tener, el de acaparar bienes, riquezas…. Lo que el texto llama codicia, uno de los pecados clásicos. A veces tan fuerte, que llega a cegar la mente humana, su capacidad de elección, pues se absolutiza, y se convierte en el deseo, el afán que conduce la vida, se le hace un ídolo: otros deseos o prioridades han de someterse a él. La ceguera que produce no permite ver ni siquiera lo efímero que es, como apunta el texto evangélico; y en nuestra misión profética hoy tenemos una tarea ingente por delante, en tiempos en los que un puñado de personas han acumulados más bienes que la mitad de la población mundial, nuestra misión es enseñar la locura de tal conducta y enseñar a buscar las riquezas de Dios.
Los anhelos realmente humanos son más fuertes que la muerte: el amar, el aproximarse a la verdad, practicar la justicia, la gracia y la misericordia; conectar con el Dios que nos trasciende y engrandece, son los anhelos de lo que construye nuestra condición humana, nuestra persona; que nos llevan hacia la plenitud de lo que somos, de lo que hemos de ser, que aunque en plenitud se alcance en la consumación del Reino de Dios, hemos de anticipar, de modo limitado, en el aquí y ahora.
Oración
Querido Dios. Gracias por el Evangelio de hoy. Perdónanos por pensar sólo en nosotros y no también en los demás; en buscar nuestros intereses y deseos, sin pensar en las necesidades del prójimo. Reconocemos la insensatez de semejantes pensamientos y conductas. Por ello, te rogamos que nos libres de la codicia y la avaricia. Te pedimos que nos des fuerza y valor para denunciar la acumulación de riquezas por unos pocos , mientras cientos de millones de nuestros semejantes pasan hambre. Bendícenos para que seamos fieles en la denuncia de la injusticia y del egoísmo. Y a la vez, ayúdanos a ser responsables ante el prójimo y a ser ricos contigo y ricos de ti, que nos llenes con tus maravillosos dones; por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.