Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 2 de febrero de 2026

Tus her­manos

Pas­tor Abra­ham Gar­cía

Mateo 25,40:
«Lo que hiciste a uno de estos, a mí me lo hiciste.»

Leamos el tex­to de Mt 25,31–40.

El tex­to de Mateo nos pre­sen­ta una esce­na muy fuerte: Jesús hablan­do del juicio final, cuan­do el Hijo del Hom­bre ven­ga en su glo­ria y reú­na a todas las naciones. Allí se sep­a­ran ove­jas y chivos no por lo que decían creer, sino por cómo trataron a los más pequeños.

En medio de esa esce­na solemne, resue­na una frase que lo cam­bia todo, Mateo 25,40: «El Rey les dirá: En ver­dad les digo que cuan­to hicieron a uno de estos her­manos míos más pequeños, a mí me lo hicieron.» Es como si Jesús nos dijera hoy: «Si quieres saber cómo me estás tratan­do, mira cómo tratas a los más pequeños de tu alrede­dor».

Hace unos años, en una gran ciu­dad euro­pea, un pas­tor con­ta­ba algo que le mar­có. Un invier­no muy frío, la igle­sia se orga­nizó para repar­tir cenas calientes a per­sonas sin hog­ar. Una noche, llegó un nue­vo vol­un­tario, ele­gante, con buen tra­ba­jo, que admitía que nun­ca había esta­do cer­ca de gente de la calle.

Al ter­mi­nar la dis­tribu­ción, qued­a­ba un pla­to y un hom­bre solo, sen­ta­do en el sue­lo, tem­b­lan­do. El coor­di­nador miró al nue­vo vol­un­tario y le dijo: «¿Te ani­mas a llevárse­lo tú?». Él se acer­có algo rígi­do, sin saber qué decir. Le dio el pla­to y el hom­bre le tomó la mano un segun­do y le dijo: «Gra­cias, her­mano… hoy pens­a­ba que nadie se acord­a­ba de mí».

Aquel vol­un­tario con­tó después: «Volví a casa pen­san­do que yo había ido a ayu­dar y, sin embar­go, sen­tí que esa noche era Jesús el que me había mira­do a través de esos ojos cansa­dos y me había lla­ma­do her­mano Y añadía que aho­ra, cuan­do escu­cho Mateo 25,40 entien­do, «Lo que hiciste a uno de estos más pequeños, a mí me lo hiciste.»

En nues­tra sociedad hay muchos más pequeños: per­sonas sin techo, migrantes, refu­gia­dos; tam­bién per­sonas may­ores sin famil­ia, enfer­mos, quienes luchan con prob­le­mas de salud men­tal. Famil­ias que no lle­gan a fin de mes, jóvenes sin opor­tu­nidades, per­sonas con dis­capaci­dad, víc­ti­mas de vio­len­cia.

A veces los vemos como un prob­le­ma, una moles­tia, o algo que el Esta­do debe resolver. Sin embar­go, Jesús les da un nom­bre dis­tin­to: …mis her­manos más pequeños. Y añade algo aún más fuerte: …a mí me lo hiciste. No dice como si me lo hubieras hecho a mí, sino me lo hiciste a mí.

Eso sig­nifi­ca que, de algún modo mis­te­rioso, Cristo se iden­ti­fi­ca con los que menos cuen­tan, con los descar­ta­dos.

Cuan­do igno­ramos al que sufre, esta­mos igno­ran­do a Jesús. Cuan­do aco­ge­mos, escuchamos, visi­ta­mos, com­par­ti­mos, es a Jesús a quien esta­mos sirvien­do.

Este tex­to no está para asus­tarnos, sino para des­per­tarnos. Nos dice que al final no se nos pre­gun­tará cuán­tas teorías sabíamos, sino cuán­to amor con­cre­to dimos a quienes menos podían devolver­nos algo.

Tal vez tú, que me escuchas, no puedes hac­er grandes cosas. Pero Jesús no habla de cosas com­pli­cadas, habla de dar de com­er, de beber, de acoger, de vestir, de vis­i­tar. Un pla­to de comi­da, una lla­ma­da tele­fóni­ca, una visi­ta al enfer­mo, una escucha aten­ta al que está solo… en el Reino de Dios, nada de eso es pequeño. Todo que­da reg­istra­do en el corazón de Cristo.

Te dejo algu­nas pre­gun­tas para que te acom­pañen estos días:

· Cuan­do pien­sas en los “más pequeños” de tu entorno, ¿te vienen más excusas o más deseos de acer­carte y ayu­dar­los?

· Si Jesús estu­viera hoy en la esquina de tu calle, con ros­tro de migrante, de anciano, de joven per­di­do, ¿qué les dirías? ¿Me atrevería a acer­carme?

· ¿Hay algu­na per­sona conc­re­ta: un veci­no solo, un famil­iar olvi­da­do, un com­pañero que está pasan­do un mal momen­to, a quien Jesús te está pidi­en­do mirar como her­mano esta sem­ana?

La invitación de hoy es sen­cil­la y pro­fun­da: pídele al Señor una nue­va mira­da, la mira­da de Mateo 25,40. Pídele ver a los más pequeños como Él los ve, como sus her­manos… y, por tan­to, como tus her­manos.

Ter­minemos con una breve oración:
Señor Jesús, Tú que te escon­des en los más pequeños, abre mis ojos para recono­certe. Limpia mi corazón de indifer­en­cia y de miedo. Mués­trame esta sem­ana a quién quieres que me acerque en tu nom­bre. Amén.

Que ten­gas una bue­na sem­ana.

Otros devocionales