Lunes, 16 de febrero de 2026
Pastor Abraham García
Espero que estéis bien en este día.
Hoy quiero compartir contigo un mensaje que Jesús nos dejó en el Sermón del Monte, en Mateo 5,13–16; leeremos este pasaje conforme a la traducción La Palabra:
13Vosotros sois la sal de este mundo. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo seguirá salando? Ya no sirve más que para arrojarla fuera y que la gente la pisotee.
14Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en lo alto de una montaña no puede ocultarse. 15Tampoco se enciende una lámpara de aceite y se tapa con una vasija. Al contrario, se pone en el candelero, de manera que alumbre a todos los que están en la casa. 16Pues así debe alumbrar vuestra luz delante de los demás, para que viendo el bien que hacéis alaben a vuestro Padre celestial.
En estos versículos, Jesús nos llama a ser sal de la tierra y luz del mundo. El mensaje es tremendo, es poderoso. Pero, ¿qué significa esto realmente para nosotros como cristianos en nuestro día a día?
Voy a ilustrarlo con una anécdota donde cambiaré el nombre del protagonista y el oficio para mayor discreción.
Un tal Carlos trabajaba en una oficina donde la mayoría de sus compañeros tenían una actitud negativa y pesimista. Carlos, sin embargo, siempre mantenía una sonrisa, ayudaba a los demás y hablaba con respeto y amabilidad. Un día, uno de sus compañeros le preguntó: «Carlos, ¿cómo haces para mantener esa actitud tan positiva en medio de todo esto?» Carlos respondió: «Porque sé que soy como la sal en esta oficina; si dejo de ser yo mismo, todo aquí perdería sabor.» Carlos no solo hablaba de su actitud, sino de cómo su fe le daba fuerza para ser luz y sal en ese ambiente.
Jesús usa dos imágenes muy claras para describir nuestra misión como cristianos: la sal y la luz.
Todos sabemos que la sal no solo sirve para dar sabor, sino también para conservar los alimentos y evitar que se echen a perder. Así, Jesús nos llama a ser agentes de preservación en un mundo que a menudo se corrompe con el egoísmo, la injusticia y la desesperanza.
Nuestra vida debe influir positivamente en la sociedad, manteniendo los valores del Reino de Dios vivos y activos.
Por otro lado, la luz tiene la función de iluminar la oscuridad, mostrar el camino y revelar la verdad. Como cristianos, estamos llamados a reflejar la luz de Cristo en nuestras acciones, palabras y decisiones.
No podemos escondernos ni vivir nuestra fe en secreto; debemos dejar que la luz de Cristo brille para que otros puedan ver y glorificar a Dios.
Jesús nos advierte que, si la sal pierde su sabor, no sirve para nada; y si la luz se oculta, no cumple su propósito. Esto nos invita a examinar nuestra vida: ¿estamos realmente siendo sal y luz?, ¿o hemos perdido el sabor y la luz que Dios nos ha dado? Es tremendamente importante entender qué implica esta metáfora de Jesús y cómo aplicarla en la práctica diaria.
Uno de los pasos importantes es vivir con integridad los valores cristianos: la sal preserva y evita la corrupción. Mantener firmes los principios, como la honestidad, la justicia, la humildad y el amor, incluso cuando el entorno a tu alrededor no lo haga.
Influir positivamente en el entorno con pequeñas acciones como ser amable, ayudar a otros, defender lo correcto y mostrar compasión son formas de dar sabor a la vida de quienes te rodean.
Evitar la indiferencia y la pasividad: la sal que pierde su sabor ya no sirve. Por eso, es importante no conformarse con una fe pasiva o escondida, sino que actúa con propósito para impactar a otros.
Es imprescindible vivir de manera transparente y auténtica. Cuando eres coherente, otros ven en ti un reflejo del amor y la verdad de Dios. La luz atrae y da esperanza. No escondas la luz de Jesús, déjala que todos la vean.
La sal y la luz no vienen de nuestras fuerzas, sino de una conexión constante con Dios a través de la oración, la lectura de la Biblia y la comunión con otros creyentes. Esto te fortalece y renueva para ser un testimonio vivo.
En un mundo lleno de conflictos, ser alguien que promueve el perdón, la reconciliación y la unidad es una influencia positiva que puede cambiar ambientes familiares, laborales y sociales.
Esto simboliza que la fe sin impacto, sin testimonio visible y sin compromiso, es ineficaz y pierde su razón de ser. Significa perder la efectividad, la influencia y la autenticidad que Dios espera de sus discípulos.
Es una invitación a mantener viva la fe, el compromiso y el testimonio para que nuestra vida siga siendo un agente de bendición y transformación en el mundo.
La luz de Cristo es la manifestación de su amor, verdad y poder en nuestras vidas, que nos guía, nos purifica y da esperanza para vivir conforme a la voluntad de Dios.
Es descubrir que somos agentes de cambio conscientes del entorno y sus necesidades. Somos llamados a tomar la iniciativa para influir positivamente y transformar situaciones, inspirados por los valores y enseñanzas de Jesús, para promover la justicia, el amor, la verdad y la esperanza en el mundo.
Tengamos una perspectiva clara de cómo deberían ser las cosas y trabajar para acercar la realidad de la luz de Cristo a muchas personas que están perdidas en sus problemas y no ven salida.
Nuestra influencia positiva se ha de notar en acciones que inspiran y motivan a otros a sumarse al cambio.
Practicar la resiliencia a la hora de enfrentar obstáculos y dificultades con perseverancia y confianza.
En resumen, somos llamados a ser agentes de cambio viviendo con el propósito de que Cristo transforme vidas. Reflejemos los valores del Reino para construir un mundo mejor.
Que el Señor nos conceda hoy la gracia de no perder el sabor de nuestra fe y no esconder la luz que Él mismo ha encendido en nosotros.
Antes de terminar, te dejo tres preguntas para tu consideración: ¿En qué lugares de tu vida Dios te está llamando a ser sal, dar sabor y esperanza a otros? ¿Hay algo que estés haciendo para apagar o esconder la luz de tu fe? Si alguien observa tu manera de vivir, ¿puede descubrir, a través de ti, el amor de Dios?
Que Dios te bendiga y seas sal y luz allí donde hoy te encuentres.