Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 22 de septiembre de 2025

Tiem­po de la Creación 2025 (IV)

Pastor Israel Flores

Isaías 32:17
«El fru­to de la jus­ti­cia será la paz;
tran­quil­i­dad y seguri­dad per­pet­uas serán su fru­to.»

Este ver­sícu­lo con­den­sa la visión proféti­ca de Isaías en una afir­ma­ción fun­da­men­tal: la jus­ti­cia es semi­l­la, y su fru­to es la paz. No se tra­ta de una paz enten­di­da sim­ple­mente como ausen­cia de con­flic­to, sino del shalom de Dios, que es plen­i­tud de vida, armonía inte­gral y comu­nión entre los seres humanos, la creación y el Creador. Isaías nos enseña que la paz no se logra medi­ante la imposi­ción ni la fuerza, sino como con­se­cuen­cia de la jus­ti­cia prac­ti­ca­da. Allí donde la jus­ti­cia se siem­bra y se cul­ti­va, la paz bro­ta como fru­to nat­ur­al.

Este anun­cio adquiere espe­cial rel­e­van­cia en un con­tex­to ecológi­co. Hoy asis­ti­mos a múlti­ples for­mas de vio­len­cia con­tra la creación: defor­estación, con­t­a­m­i­nación de mares y ríos, extin­ción de especies, apropiación inde­bi­da de recur­sos por intere­ses económi­cos. Todo esto gen­era no solo dete­ri­oro ambi­en­tal, sino tam­bién con­flic­tos sociales, migra­ciones forzadas, inse­guri­dad ali­men­ta­ria y cri­sis climáti­cas que afectan espe­cial­mente a los más pobres. En este hor­i­zonte, el tex­to de Isaías nos recuer­da que la paz —ese esta­do de plen­i­tud y tran­quil­i­dad social— solo será posi­ble si se establece una jus­ti­cia ecológ­i­ca que pro­te­ja la vida en todas sus for­mas.

El fru­to de la jus­ti­cia es, por tan­to, una paz inte­gral, un shalom que se extiende a toda la creación. La tran­quil­i­dad y la seguri­dad que men­ciona el pro­fe­ta no se reducen a un orden políti­co o mil­i­tar, sino que alu­den a la con­fi­an­za en un mun­do rec­on­cil­i­a­do con Dios y con­si­go mis­mo. Es la seguri­dad de quien vive en un eco­sis­tema sano, con acce­so al agua limpia, al ali­men­to jus­to y a la tier­ra fér­til; es la tran­quil­i­dad de comu­nidades que no temen perder sus hog­a­res por catástro­fes climáti­cas o explotación de recur­sos. Esta visión antic­i­pa lo que la teología cris­tiana reconoce como la plen­i­tud del Reino de Dios: una paz que tra­sciende lo indi­vid­ual y se conc­re­ta en lo social, lo ecológi­co y lo espir­i­tu­al.

La tarea del pueblo de Dios, entonces, es sem­brar jus­ti­cia. La metá­fo­ra agrí­co­la resul­ta par­tic­u­lar­mente sig­ni­fica­ti­va: como toda semi­l­la, la jus­ti­cia requiere ser cul­ti­va­da con pacien­cia, pro­te­gi­da de la cod­i­cia y rega­da con com­pro­miso comu­ni­tario. No puede haber paz sin este tra­ba­jo con­stante. La espir­i­tu­al­i­dad cris­tiana nos invi­ta a unir oración y acción, con­tem­plación y com­pro­miso: orar por la paz, pero tam­bién tra­ba­jar acti­va­mente para que la jus­ti­cia eche raíces en nues­tras rela­ciones, en nues­tras sociedades y en nues­tra relación con la creación.

El shalom inte­gral de Dios es resul­ta­do de un orden jus­to que abraza tan­to a la humanidad como a la tier­ra. Allí donde la jus­ti­cia flo­rece, la creación mis­ma se rego­ci­ja, y allí donde la injus­ti­cia dom­i­na, la paz se mar­chi­ta. El reto de la Igle­sia hoy es par­tic­i­par en esta siem­bra de jus­ti­cia, con­fian­do en que el Espíritu de Dios hará ger­mi­nar de ella un fru­to duradero: la paz que sana, rec­on­cil­ia y sostiene la vida en toda su plen­i­tud.

Oración:

Dios, tú has dado a todos los pueb­los una creación común.
Es tu vol­un­tad que se viva como una sola casa en ti.
Llena los cora­zones con tu Espíritu
y con el deseo de ase­gu­rar la jus­ti­cia para todos.

Al com­par­tir lo bueno que nos das,
que podamos ase­gu­rar la igual­dad para todos
nue­stros her­manos y her­manas en todo el mun­do.

Que obre­mos por elim­i­nar las divi­siones, los con­flic­tos y las guer­ras.
Que naz­ca una sociedad ver­dadera­mente humana
con­stru­i­da sobre el amor y la paz.

Con­cé­denos, Señor Dios, una visión de tu mun­do lleno debi­da y col­or:
un mun­do donde los débiles estén pro­te­gi­dos y nadie pase ham­bre ni sea pobre;
un mun­do donde las riquezas de la creación se com­par­tan y todos puedan dis­fru­tar­las;
un mun­do donde difer­entes pueb­los y cul­turas vivan en armonía y respeto mutuo;
un mun­do donde la paz se con­struya con jus­ti­cia y la jus­ti­cia se guíe por el amor.
Danos la inspiración y el cora­je para con­stru­ir­la, para que el fru­to de esta jus­ti­cia traiga la paz. Por Jesu­cristo nue­stro Señor. Amén.