Juan 6: 50–51a
«Éste es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre.»
Hay imágenes que se nos quedan grabadas para siempre, a veces para bien, otras para mal. Debemos procurar agradecer las primeras y, si se puede, aprender de las segundas.
Una de estas imágenes, en este caso de la infancia, que permanecen nítidas en mi recuerdo me llevan al día en que, durante una clase de biología, el profesor mató a un gato para diseccionarlo a continuación. Hace unos días compartí cómo se nos enseñaba a amar la poesía y así es como se nos enseñaba a interesarnos por la ciencia (¡¡de modo que, por mucho que te lo pueda parecer, no pienses que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque sencillamente no es cierto!!).
Esta inolvidable clase tuvo lugar hace casi cincuenta años, pero puedo recordar sin ningún esfuerzo lo mal, mejor dicho, lo confuso que me sentí entonces. A medida que el profesor iba examinando aquel pobre animal nos explicaba un poco sobre el funcionamiento de los diferentes órganos del que hasta hacía bien poco era un simpático cachorro de gato color naranja.
De modo que aquellos que pudimos reponernos de la impresión tuvimos la oportunidad de adquirir un buen número de conocimientos: cómo era el corazón, los pulmones, el aparato digestivo y todo lo demás. Todo muy claro (¡¡demasiado claro para mi gusto!!) en la teoría. Tan solo había un problema y es que aquel pobre gato estaba muerto…
Yo nunca quise tener gatos en casa y nunca los tuve hasta que, por culpa del pastor Augusto (pero esto sería otra historia…) llegó una gatita a nuestra familia; poco después (esta vez por culpa de mi suegro) llegó Momo, otro gatito naranja y muy travieso, como todos los gatos naranjas. De manera que ahora estos dos elementos siempre están en cualquier lugar de la casa para alegrarme bastante la vida; la verdad es que les tengo (les tenemos todos en casa) mucho cariño a esos animales.
No he visto cómo funcionan sus órganos, ni los conozco tanto a nivel teórico, pero me relaciono cada día con ellos, nos cuidamos y nos damos cariño, tenemos una relación viva que nos hace bien.
Comentamos hace unos días sobre la necesidad de enfocar correctamente nuestra lectura de la Biblia (para no equivocarnos como la paloma, ¿recuerdas?); hemos de cuidar también que nuestro acercamiento a la Escritura no venga a satisfacer nuestro mero interés intelectual para no acabar conociendo mucho sobre un gato que se nos murió entre las manos.
Sería bueno que encontrásemos en la Palabra argumentos, guía y motivación para buscar y tener una mejor relación personal y comunitaria con la “Palabra viva” de Dios, Jesús de Nazaret; el “pan nuestro” de cada día con el que alimentarnos para tener una vida que merezca ser llamada así.
Un poco después del texto que hemos leído, Jesús siguió diciendo (v. 63)
«El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha, las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.»
Y Pedro se preguntaba con el resto de los discípulos (v. 68)
«Señor, ¿a quién iremos?»
Hemos de ir al que es fuente de vida, al que da la vida a todos los gatos del mundo, al que nos regaló la nuestra y quiere tener una historia de amor con nosotros.