Lunes, 2 de noviembre de 2026
Pastor Alfredo Abad
1Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: 2En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. 3Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.
(Mateo 23, 1–3)
Lo que más molesta a Jesús de la hipocresía de los fariseos es su incoherencia. Incluso más allá los denuncia (v.13) por cerrar el Reino de los cielos, ni entran ni dejan entrar. Para Jesús este talante en los fariseos provoca una denuncia que enlaza una serie de expresiones en forma de lamento.
En cada uno de estos lamentos va a señalar su hipocresía, señalándoles el aprovecharse de las viudas, su proselitismo, el ser guías ciegos que hacen jurar por el oro del templo; por pedir diezmo en lo más insignificante (menta, eneldo y comino) dejando de lado la misericordia, la justicia y la fe; por blanquear las apariencias con un corazón de robo e injusticia; por ser sepulcros blanqueados que se muestran hermosos y están podridos por dentro; por edificar monumentos a los justos, pero son hijos de los que mataron a los profetas.
Podríamos traducirlos a términos más actuales, y la hipocresía seguiría siendo la misma: aprovecharse de los débiles, hacer seguidores como cuervos, estar pendiente del precio y no del valor, quedarnos en lo insignificante de los conflictos dejando de lado la misericordia, la justicia y la fe; blanquear apariencias con relatos que no corresponden a lo que hay en nuestro corazón; culto a lo físico, sin cuidado de la vida interior y memoria histórica.
De esta hipocresía podemos señalar con facilidad dirigentes políticos y referentes de nuestra sociedad, pero flaco favor nos haríamos si no fuésemos conscientes de que también estas hipocresías, como auténticos rituales del fango, son importantes de vencer en nosotros. Nuestra manera de pensar, de actuar, debe buscar caminos totalmente distintos en Jesús.
Reconocer el mal, no es señalarlo en los demás. Mark Twain decía que nada necesita tanto una reforma como los hábitos de los demás, e incluso señalaba que vamos a la iglesia pensando lo bien que le convendría el sermón a este o a aquella. Pero ese no es el principio del cambio, sino de la hipocresía. ¿Qué hay en nosotras y nosotros que necesite reforma y cambio? ¿En que vivimos de la misma hipocresía que los fariseos y de sus barbaridades, que lamentaba Jesús?
Reconocerlo es el camino del cambio y de la conversión.