Sale el sol entre los pinos al este de la ciudad y comienza el lunes. Si haces silencio puedes hasta escuchar la hierba crecer. Es tiempo de Cuaresma.
Releyendo en Lucas 6,36–38 BLP:
No juzguéis a nadie, y tampoco Dios os juzgará. No condenéis a nadie, y tampoco Dios os condenará. Perdonad, y Dios os perdonará. Dad, y Dios os dará: él llenará hasta los bordes y hará que rebose vuestra bolsa. Os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.
Perdón es una palabra corta. Su origen en nuestro castellano viene del latín perdonare, donde per significa completamente y donare es dar. O sea, dar completamente. No es de las palabras más pronunciadas en nuestra vida cotidiana. Y con su desuso ha perdido toda su fuerza iniciática. Pero no todo está perdido.
En la tradición reformada hablamos de tres tipos de perdón: el autoperdón, el perdonar a otros y el perdón de Dios. Y todos están relacionados con la sanidad de la mente y hasta del corazón. Con un proceso. Un proceso donde al final alguien debe abrir los ojos.
Estos tres versículos, que hoy nos ayudan a comenzar el día, forman parte de un discurso que Jesús ha estado compartiendo con los discípulos y con la multitud que ha venido de diferentes regiones de Galilea para escucharle en las afueras de Cafarnaúm. A ellos le ha dicho palabras arduas y les ha exigido peticiones difíciles de asumir. ¿Entonces dónde está la posibilidad de su realización? Jesús cree que en el perdón. Pero a nosotros nos cuesta, no tanto en su la teoría como en su praxis.
Para los oyentes de Jesús en el pasado, el perdón implicaba una decisión intencional de dejar atrás el resentimiento y la ira para emprender otro camino ¿Y para nosotros, aquí y ahora? Bueno, a nosotros dejar atrás, no nos resulta tan cómodo. Sobre todo, porque habitamos una cultura eclesial de atesoramientos. De apegos. De asentamientos.
Pero el perdón, al que se nos sugiere practicar, es la mayoría de las veces una renuncia a lo viejo y una aceptación de lo nuevo. En otras palabras, un cambio. Un cambio donde es posible incluso que nunca olvidemos la acción que nos hirió u ofendió, pero donde hay fuerza suficiente para una segunda oportunidad. Los cristianos creemos en las segundas oportunidades. En las Escrituras el Sr. Dios lo llama “gracia”.
En la antigüedad se nos dijo que la Cuaresma era un tiempo propicio para la reflexión, para el arrepentimiento, para ayudar sin esperar nada a cambio, que era una estación para encontrarnos con Jesús y que el color apropiado era el morado. Pero ahora, la Cuaresma es también el mejor momento para hacer cambios, para perdonar y ser perdonados, para iniciar un camino que habíamos abandonados, para ser encontrados porque nos fuimos lejos y queremos regresar a casa.
Padre: Escucha nuestras palabras ahora que comienza el día. Espíritu Santo, muéstranos el camino del perdón. Jesús, a ti esperamos. Amén.