Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 9 de mar­zo de 2026

Púr­pu­ra

Augus­to G. Mil­ián

Lle­va algunos días llovien­do, así que el sol per­manece escon­di­do esta mañana por un cielo nuboso. Es lunes y si haces un poco de silen­cio puedes has­ta escuchar cómo tran­scurre la vida cuan­do no hay rui­dos de guer­ra ni gri­tos de insul­tos. Es tiem­po de Cuares­ma.

Releyen­do a Lucas 4,28–30.

«Al oír esto, todos los que esta­ban en la sin­a­goga se enfurecieron y, echan­do mano a Jesús, lo arro­jaron fuera del pueblo y lo lle­varon a un bar­ran­co de la mon­taña sobre la que esta­ba asen­ta­do el pueblo, con inten­ción de despeñar­lo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se fue.»

Y Jesús se fue. Algunos dis­cur­sos nos apa­cien­tan. Nos llenan de ganas de vivir. Nos dan esper­an­za. Otros no. Otros nos eno­jan, nos atrincher­an y por ellos esta­mos dis­puestos a injuri­ar, a matar. Para nosotros, los cris­tianos, sigue sien­do muy anó­ma­lo que Jesús iguale las injurias con los asesinatos.

Y Jesús se fue. Así que el tex­to de Lucas de esta mañana viene a decir que ningún pro­fe­ta es bien recibido en su propia tier­ra. Ninguno. Y es que Jesús ha esta­do hablan­do en la sin­a­goga de su pueblo y lo que ha dicho no ha gus­ta­do nada. ¿Pero qué dijo que hizo que la san­gre lle­gara al río? Dos cosas inad­mis­i­bles: Un veci­no de ellos era el Mesías y la gra­cia es para todos. Para todos.

¿Cómo reac­cionaron los oyentes? Hicieron un pequeño via­je de la admiración ini­cial a la furia man­i­fi­es­ta. La primera emo­ción la podemos recono­cer por su ausen­cia pey­ora­ti­va. La segun­da no es de las fal­tas que citan los que aún prac­ti­can la con­fe­sión de peca­dos durante la litur­gia domini­cal. Porque la ira es, entre otras cosas, una emo­ción tan antigua como con­tem­poránea. Eso sí, muy democráti­ca, pues no respe­ta los nive­les adquis­i­tivos ni el gra­do cul­tur­al de las per­sonas. Pero lo que hace es ter­ri­ble: nos deshu­man­iza y nos lle­va a quer­er tirar por el bar­ran­co al difer­ente. Al dis­tin­to. Al que no es como nosotros. En nues­tra cul­tura imper­ante la furia se dis­fraza de can­celación. Y tam­bién ha entra­do en la igle­sia sin pedir per­miso.

Y Jesús se fue. El inten­to de lin­chamien­to públi­co, aho­ra local, de Jesús en Nazaret será la pre­fig­u­ración del rec­ha­zo final, y nacional, que ocur­rirá en Jerusalén. Cuan­do le colo­quen una coro­na de espinas en la cabeza.

Pero esto aun no ha ocur­ri­do. Aún Jesús no viste de púr­pu­ra. Aún le acom­pañamos en las afueras de Nazaret. Y es aho­ra, dice Lucas, que Jesús se abre paso entre los indig­na­dos y se ale­ja del despeñadero. Y nadie lo puede reten­er. Nadie.

Y Jesús se fue. La lib­er­tad de Jesús nos sigue asu­s­tan­do. Por dos cosas fun­da­men­tales: porque actúa como quien tiene autori­dad sin depen­der del bene­plác­i­to pop­u­lar y porque se mues­tra sober­a­no de su tiem­po y de su vida. Y en esto no podemos imi­tar­le. Aunque esta­mos inun­da­dos de planes y proyec­tos. Y no podemos porque son muchos nue­stros ape­gos al ladrillo y a rit­uales del pasa­do, y porque la cor­rec­ción políti­ca tiene sus espinas clavadas den­tro de nosotros. El Jesús que se va de Nazaret sale al camino porque la mis­ión no ha acaba­do. Y porque vienen días donde la vida ya no está entre las cua­tro pare­des de la sin­a­goga sino en los caminos.

Y Jesús se fue. El Jesús que se mar­cha de su pueblo deja una adver­ten­cia con­tra esa reli­giosi­dad nacional­ista, con­tra la fe ofi­cial, con­tra el cris­tian­is­mo tri­un­fante que bus­ca mila­gros que sólo ben­e­fi­cien a los de aden­tro y no pro­mue­va la con­ver­sión del corazón.

Y Jesús se fue. Porque había que cam­biar los cora­zones de piedra en unos de carne. Porque no todo está per­di­do.

Padre: En esta mañana que comien­za te pido tu com­pañía para salir al camino. Espíritu San­to, dame fuerzas para actu­ar con lib­er­tad. Jesús, en ti con­fi­amos. Amén.

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