Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 16 de diciembre de 2024

Advien­to (III)

Pastora Lidia Rodríguez

El domin­go 15 de diciem­bre encendíamos la ter­cera vela de Advien­to, que sim­boliza la ale­gría. A medi­da que nos acer­camos al día de Navi­dad, nues­tra ale­gría va en aumen­to, ensan­chan­do nue­stros cora­zones a la espera del Emanuel. Hoy, el devo­cional diario del lec­cionario nos pro­pone la sigu­iente lec­tura en Isaías 11:1–9:

1Un rebrote sal­drá del tocón de Jesé,
de sus raíces bro­tará un renue­vo.
2El espíritu del Señor en él reposará:
espíritu de inteligen­cia y sabiduría,
espíritu de con­se­jo y de val­or,
espíritu de conocimien­to y de respeto al Señor.
Se inspi­rará en el respeto al Señor.
3No juz­gará a primera vista
ni dará sen­ten­cia de oídas;
4juz­gará con jus­ti­cia a los pobres,
con rec­ti­tud a los humildes de la tier­ra;
herirá al vio­len­to con la vara de su boca,
con el sop­lo de sus labios matará al mal­va­do;
5la jus­ti­cia será su ceñi­dor,
la leal­tad rodeará su cin­tu­ra.
6El lobo vivirá con el cordero,
la pan­tera se echará con el cabri­to,
novil­lo y león pac­erán jun­tos,
y un mucha­cho será su pas­tor.
7La vaca pas­tará con el oso,
sus crías se echarán jun­tas;
el león com­erá paja como el buey.
8Jugará el lac­tante jun­to a la hura del áspid,
el niño hur­gará en el agu­jero de la víb­o­ra.
9Nadie hará daños ni estra­gos
en todo mi monte san­to,
pues rebosa el país conocimien­to del Señor
como las aguas col­man el mar.

Isaías evo­ca en este poe­ma esce­nas del mun­do agrí­co­la y ganadero. Algu­nas imá­genes son tan reales y recono­ci­bles como el brote nue­vo que nace en pri­mav­era de un árbol daña­do y ale­gra el día al agricul­tor que no sabía qué esper­ar. Como Isaías, “Advien­to nos invi­ta a creer que habrá una pri­mav­era” (A. Fer­nán­dez Bar­ra­jón). Te ani­mo a que en este tiem­po de espera traigas a la memo­ria esos momen­tos sor­pren­dentes de la vida cotid­i­ana que te ale­graron el día.

Isaías se dirigió al angus­ti­a­do rey Acaz, que dud­a­ba de la prome­sa div­ina ante una real­i­dad que parecía con­trade­cir las pal­abras del pro­fe­ta. Como Isaías anun­ció que Dios con­fir­maría su dinastía en su hijo Eze­quías, Advien­to se dirige a noso­tras y nosotros para con­fir­mar que Jesús, Hijo de Dios, trae sabiduría, jus­ti­cia y paz a la humanidad.

Isaías echó a volar su imag­i­nación para con­vencer al rey de que las bue­nas noti­cias que porta­ba eran cier­tas. La esce­na oníri­ca de lobos y corderos, pan­teras y cabri­tos, novil­los y leones, vacas y osos, leones y bueyes, todos ellos ene­mi­gos nat­u­rales con­vivien­do en armonía, fue capaz de sobre­pon­erse al temor del rey ante la ame­naza asiria que se cernía sobre el reino de Judá. Como Isaías, Advien­to tam­bién apun­ta al sueño de Dios para la humanidad con una esce­na ines­per­a­da, pero car­ga­da de esper­an­za, la de un bebé vul­ner­a­ble naci­do de unos padres empu­ja­dos a los caminos por un poder vio­len­to en los con­fines olvi­da­dos del impe­rio romano.

Como le sucedió al pro­fe­ta Isaías, Advien­to nos ins­ta a procla­mar el dere­cho a la esper­an­za y la ale­gría en medio de situa­ciones per­son­ales y colec­ti­vas deses­per­an­zadas, por muy extraño que parez­ca. Los sonidos de nues­tra sociedad todavía son, demasi­adas veces, que­jas y lamen­tos ante las fal­tas de respeto por la vida humana y nue­stro entorno nat­ur­al. Pero en el reino de Dios se escuchan gri­tos y risas infan­tiles que nos abren al mis­te­rio y la dig­nidad de lo humano. Puede que exi­gir el dere­cho a la ale­gría de todas y todos suene hoy utópi­co, pero solo las utopías hacen avan­zar nues­tra his­to­ria.

En este tiem­po de Advien­to, enciende la luz de la ale­gría y fija tu mira­da en ella.


Oración de Rumi

A veces olvi­do
que fui crea­do para la ale­gría.

Mi mente está demasi­a­do ocu­pa­da.

Mi corazón está demasi­a­do pesa­do
para recor­dar
que he sido
lla­ma­do a bailar
la dan­za sagra­da de la vida.

Fui crea­do para son­reír
para amar
para ser ele­va­do
y para ele­var a otros.

Oh Sagra­do
Desenre­da mis pies
de toda esa tram­pa
Lib­era mi alma.

Para que podamos
bailar
y que nue­stro baile
sea con­ta­gioso.