Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 11 de noviembre de 2024

Una espir­i­tu­al­i­dad en un mun­do sec­u­lar (II)

Pastor Sergio Simino

Hch 17, 22–31 (BLP):

22Pablo, ergui­do en el cen­tro del Areó­pa­go, tomó la pal­abra y se expresó así: — Ate­niens­es: resul­ta a todas luces evi­dente que sois muy reli­giosos. 23Lo prue­ba el hecho de que, mien­tras deam­bu­la­ba por la ciu­dad con­tem­p­lan­do vue­stros mon­u­men­tos sagra­dos, he encon­tra­do un altar con esta inscrip­ción: “Al dios descono­ci­do”. Pues al que vosotros adoráis sin cono­cer­lo, a ese os ven­go a anun­ciar. 24Es el Dios que ha crea­do el uni­ver­so y todo lo que en él existe; sien­do como es el Señor de cie­los y tier­ra, no habi­ta en tem­p­los con­stru­i­dos por hom­bres 25ni tiene necesi­dad de ser hon­ra­do por humanos, pues es él quien imparte a todos vida, alien­to y todo lo demás. 26Él ha hecho que, a par­tir de uno solo, las más diver­sas razas humanas pueblen la super­fi­cie entera de la tier­ra, deter­mi­nan­do las épocas conc­re­tas y los lugares exac­tos en que debían habitar. 27Y esto para ver si, aunque fuese a tien­tas, pudier­an encon­trar a Dios, que real­mente no está muy lejos de cada uno de nosotros. 28En él, efec­ti­va­mente, vivi­mos, nos move­mos y exis­ti­mos, como bien dijeron algunos de vue­stros poet­as: “Estirpe suya somos”. 29Sien­do, pues, estirpe de Dios, no debe­mos supon­er que la divinidad ten­ga algún pare­ci­do con esas imá­genes de oro, pla­ta o már­mol, que son labradas por el arte y la inspiración humana. 30Y aunque es ver­dad que Dios no ha toma­do en cuen­ta los tiem­pos en que rein­a­ba la igno­ran­cia, aho­ra dirige un avi­so a todos los humanos, don­d­e­quiera que estén, para que se con­vier­tan. 31Y ya tiene fija­do el día en que ha de juz­gar con toda jus­ti­cia al mun­do; a tal fin ha des­ig­na­do a un hom­bre, a quien ha dado su aprobación delante de todos al resuci­tar­lo tri­un­fante de la muerte.

En el devo­cional ante­ri­or nos pre­gun­tábamos si no era nues­tra cul­tura hiper­mod­er­na la que nos cegaría para poder percibir a Dios. En el pasaje del após­tol Pablo en el Areó­pa­go de Ate­nas podemos ver una sociedad plur­al donde la fe cris­tiana no era evi­dente, sino en el mejor de los casos, una opción más entre otras y no la más plau­si­ble.

Esto guar­da simil­i­tudes con nues­tra sociedad euro­pea. Pablo les dice a los ate­niens­es que Dios está pre­sente en el mun­do para: «ver si, aunque fuese a tien­tas, pudier­an encon­trar a Dios, que real­mente no está muy lejos de cada uno de nosotros».

¿Es que nosotros somos muy difer­entes a ellos? Si la cul­tura mold­ea nues­tra per­cep­ción de la real­i­dad ¿no será que nues­tra con­fig­u­ración cul­tur­al nos ocul­ta a Dios y nos difi­cul­ta encon­trar­le aunque en real­i­dad no está muy lejos de cada uno de nosotros? ¿Por qué esto es así?

La cul­tura de la mod­ernidad tomó la dis­tin­ción medieval entre lo nat­ur­al y lo sobre­nat­ur­al para crear una sep­a­ración entre ambas real­i­dades. Lo sobre­nat­ur­al lo redu­jo a una esfera allá en los cie­los de un dios ausente y ajeno a lo humano. Fue el dios del deís­mo del s. XVIII. Mien­tras que lo nat­ur­al fue asig­na­do a la esfera de lo humano encer­ra­do en un ámbito autónomo regi­do por sus propias leyes.

En este esta­do de cosas, lo sobre­nat­ur­al no podía irrum­pir en lo nat­ur­al, a menos que fuera a la man­era de un dios-tapa-agu­jeros. Esto no se ha debido a la irrup­ción de la cien­cia mod­er­na, como muchas veces se dice, sino a una con­fig­u­ración cul­tur­al conc­re­ta.

Según el his­to­ri­ador y teól­o­go N. T. Wright, esto fue posi­ble porque la cul­tura euro­pea recu­peró una antigua filosofía vigente en el tiem­po del após­tol Pablo: el epi­cureís­mo. Para Epi­curo, si los dios­es existían, eran indifer­entes al sufrim­ien­to o al dolor humanos. El ser humano no es si no un mon­tón de áto­mos en movimien­to, así que por qué pre­ocu­parnos por los dios­es y por la muerte si sólo supone una dis­gre­gación de nue­stros áto­mos. Lo sobre­nat­ur­al real­mente no impor­ta. Esta es la con­clusión del epi­cureís­mo redi­vi­vo por la Mod­ernidad.

Esta sep­a­ración del mun­do entre lo nat­ur­al y lo sobre­nat­ur­al hace imposi­ble la rec­on­cil­iación con una espir­i­tu­al­i­dad encar­na­da en el mun­do cotid­i­ano. Una espir­i­tu­al­i­dad que no sea reduci­da a una viven­cia sub­je­ti­va e indi­vid­ual. Una espir­i­tu­al­i­dad que está con­de­na­da al fra­ca­so en su inten­to de super­ar ese feo foso, por usar la expre­sión del filó­so­fo Less­ing, entre lo divi­no y lo humano.

El Dios que se nos da a cono­cer en la nar­ra­ti­va bíbli­ca no es el dios del epi­cureís­mo, ni del deís­mo mod­er­no. Un dios indifer­ente allá en los cie­los. Por el con­trario, en la nar­ra­ti­va bíbli­ca se nos da a cono­cer el Dios creador del uni­ver­so, como recuer­da el após­tol Pablo a los ate­niens­es, pero que no pertenece a la estruc­tura del mun­do. Dios no es el mun­do, el mun­do no es Dios. Esta es la primera y la más impor­tante dis­tin­ción sobre la que se asien­ta la cul­tura que emerge de la nar­ra­ti­va bíbli­ca. Eso supone que Dios tra­sciende la real­i­dad humana, por eso no que­da reduci­do a la habitación de tem­p­los humanos, y no tiene necesi­dad, como la con­cep­ción de los dios­es del mun­do antiguo, de comi­da, bebi­da o abri­go en los tem­p­los. Así con­tin­ua el dis­cur­so de Pablo, pero eso no sig­nifi­ca que Dios esté ausente del mun­do, todo lo con­trario, Dios está pre­sente y acti­vo en el mun­do.

Como una vez más, dice el após­tol, Dios real­mente no está muy lejos de cada uno de nosotros. Solo debe­mos apren­der a mirar el mun­do con ojos nuevos. Que la cul­tura sea con­stru­i­da social­mente sig­nifi­ca, no solo que la cul­tura puede cam­biarse, sino que es nece­sario que sea decon­stru­i­da, pero más impor­tante aún, que pue­da ser recon­stru­i­da. Las igle­sias cris­tianas con su insis­ten­cia en la pred­i­cación y en la lec­tura de las Escrit­uras cre­an un nue­vo sig­nifi­ca­do para el mun­do. Una cul­tura alter­na­ti­va a la cul­tura hegemóni­ca de la hiper­mod­ernidad con su división nat­ur­al-sobre­nat­ur­al y con su espir­i­tu­al­i­dad indi­vid­u­al­ista y sub­je­ti­va. La espir­i­tu­al­i­dad bíbli­ca no pre­scinde de su encar­nación en el mun­do porque el mun­do es la habitación de Dios.

Oración

Señor, ayú­danos a encon­trarte en todo tiem­po y en todo lugar, auxílianos en nues­tra búsque­da de ti y danos con­cien­cia de que antes de poder encon­trarte, tú nos has encon­tra­do primero, en el nom­bre de Jesús, ver­dadero Señor y Sal­vador del mun­do, Amén.