Redacción
24 diciembre 2024
Los colores de la Navidad
Pacientemente esperé al Señor, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.
Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en el Señor. Bienaventurado el hombre que puso en el Señor su confianza, y no mira a los soberbios, ni a los que se desvían tras la mentira. (Salmo 40, 1–4)
Nuestros jóvenes nos han recordado este año en la IEE que la Navidad de 2024 no será blanca, sino que se tiñe de marrón. El color del barro, aquel que trae la lluvia torrencial y que destroza las vidas de muchas personas; pero también del lodo cenagoso, aquel que se convierte en pozo de desesperación, como señala el Salmo 40. Esta combinación de marrones se hace muy presente en modo de desesperación ante el sufrimiento de muchas personas que padecen la despiadada influencia de un modelo económico depredador. Ocurre en el entorno de Valencia, pero también en todos los afanes antipersona contra las migraciones o por la ignominia de la invasión de territorios o de las actuaciones genocidas y violentas contra las poblaciones civiles.
Pero también es el marrón que cubre los monos de los voluntarios y de todas las voces y las manos que se alzan en contra de las guerras y de la violencia gratuita. Cuando el salmista habla de que Dios pone nuestros pies sobre la peña y endereza nuestros pasos, se refiere a sacarnos de la desesperación. Dios no nos deja sumirnos en la marea negra de las malas noticias, sino que pone en nosotros la fe y el compromiso como lugar seguro y de caminar derecho, y de derecho, de justicia. Celebrar la Navidad es celebrar que Dios se encarna para no dejarnos caer en la desesperación ante la apariencia de que todo lo inunda el lodo cenagoso, y nos moviliza en el compromiso solidario.
También tiene que ser una Navidad amarilla, como el color de bedelio del Maná, para que el alimento de nuestra travesía del desierto sea la confianza en que Dios provee caminos en medio de la soledad. Tenemos, en el pan de la comunidad, el pan compartido, la fuerza de seguir haciendo iglesia con un cántico siempre nuevo de alabanza y confianza. Juntos somos más fuertes.
Y verde, como dice el Salmo 52, “olivo verde en la casa de Dios” confiando en su misericordia. Porque esa es nuestra bienaventuranza, la casa de Dios no es un edificio, sino el modo en que nos habita y habita especialmente a las víctimas, en Paiporta, en Siria, en Sudán, en Cuba y en Colombia. La misericordia, hacia la que la Navidad vuelve nuestra mirada, es el antídoto de la soberbia, la de la Navidad, pero también la de cada uno de nosotros. Con el azul que recuerda nuestro ministerio sacerdotal, en nuestra misión de Iglesia, de todos los creyentes. Con el rojo del perdón, que nos evoca Isaías, para que vuelva el blanco. Con todos los colores de la Creación con los que Dios nos lleva de la desesperación al lugar seguro, de la soledad a la escucha y el compromiso. Dios se inclinó a mí, dice el salmista, y se inclina en Navidad para sacarnos de todas nuestras incertidumbres y dolencias y para levantarnos y comprometernos con levantar, en amor, a todos los caídos.
Comisión Permanente IEE