Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 8 de septiembre de 2025

Tiem­po de la Creación 2025 (II)

Pastor Israel Flores

Isaías 32:15
has­ta que des­de lo alto
el Espíritu sea der­ra­ma­do sobre nosotros.
Entonces el desier­to se volverá un cam­po fér­til,
y el cam­po fér­til se con­ver­tirá en bosque.

Este pasaje de Isaías nos sitúa en la dinámi­ca proféti­ca del con­traste: de la des­o­lación hacia la esper­an­za, de la aridez a la plen­i­tud de la vida. El pro­fe­ta describe un hor­i­zonte donde la acción de Dios se man­i­fi­es­ta a través del der­ra­mamien­to de su Espíritu, trans­for­man­do rad­i­cal­mente la tier­ra. Lo que aparece como un desier­to estéril se con­vierte en cam­po fér­til, y lo fér­til alcan­za tal abun­dan­cia que lle­ga a ser bosque. Se tra­ta, por tan­to, de una visión que vin­cu­la la restau­ración de la nat­u­raleza con la jus­ti­cia y la paz propias del reina­do de Dios.

Des­de una lec­tura ecológ­i­ca, este tex­to adquiere una vigen­cia par­tic­u­lar. Vivi­mos en un tiem­po mar­ca­do por la deser­ti­fi­cación, la pér­di­da de bio­di­ver­si­dad, la con­t­a­m­i­nación y el colap­so de eco­sis­temas esen­ciales para la vida. El clam­or de la creación, tal como lo recoge Pablo en Romanos 8:22 (toda la creación gime a una, y sufre dolores de par­to), resue­na en este hor­i­zonte de Isaías. Allí donde los desier­tos se expanden y los ríos se secan, el Espíritu de Dios prom­ete un futuro difer­ente: la regen­eración de la tier­ra como sig­no vis­i­ble de la fidel­i­dad div­ina.

El Espíritu, que en el rela­to de la creación se movía sobre las aguas (Gn 1:2), aparece aquí como fuerza de recreación. No es úni­ca­mente un sop­lo espir­i­tu­al inte­ri­or, sino un prin­ci­pio vital que renue­va la total­i­dad de lo crea­do. La fecun­di­dad de los cam­pos y el flo­re­cer de los bosques son imá­genes del Reino de Dios que se inau­gu­ra con jus­ti­cia y abun­dan­cia para todos. La tier­ra trans­for­ma­da por la acción div­ina se con­vierte en lugar de hos­pi­tal­i­dad, donde seres humanos y nat­u­raleza con­viv­en en armonía.

El tex­to, sin embar­go, no debe ser leí­do como un mero con­sue­lo pasi­vo, esperan­do que Dios actúe mien­tras la creación agon­i­za. Al con­trario, la visión proféti­ca nos lla­ma a orar y a com­pro­m­e­ter­nos. La oración cris­tiana por la restau­ración de la tier­ra debe ir acom­paña­da de una prax­is conc­re­ta: defend­er la jus­ti­cia climáti­ca, pro­te­ger los bosques, deten­er la con­t­a­m­i­nación de mares y ríos, y con­stru­ir comu­nidades sostenibles que encar­nen la esper­an­za del Reino. La prome­sa de Isaías se con­vierte en manda­to éti­co y espir­i­tu­al: coop­er­ar con el Espíritu de Dios en la sanación de la creación.

En defin­i­ti­va, Isaías nos recuer­da que la restau­ración de la tier­ra no es un sueño utópi­co, sino la expre­sión de la acción div­ina en la his­to­ria. El desier­to con­ver­tido en vergel y el cam­po fér­til trans­for­ma­do en bosque son sig­nos del futuro que Dios prepara, pero tam­bién invita­ciones a la respon­s­abil­i­dad cris­tiana en el pre­sente. Vivir según el Espíritu sig­nifi­ca abrirnos a esa recreación, ser cuidadores de la creación y agentes de una esper­an­za que bro­ta de lo alto y se conc­re­ta en la jus­ti­cia y en la paz.

Que él haga la paz ver­dadera y la restau­ración de su creación ple­na.

Podemos reflex­ionar con las pal­abras de Job 12:
Solo pre­gun­ta a los ani­males,
y ellos te enseñarán…
a las aves del cielo,
y ellas te lo dirán;
habla a la Tier­ra,
y ella te instru­irá;
que los peces del mar te infor­men.
Y obser­va todos los árboles, pues:
¿Quién de todos ellos no sabe
que a Dios pertenecen la sabiduría y el poder?