Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 7 de abril de 2025

Cam­i­namos hacia la Pas­cua (VI)

Pastor Ismael Gramaje

Juan 8: 1–11

[…] y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al tem­p­lo, y todo el pueblo vino a él; y sen­ta­do él, les enseña­ba. Entonces los escribas y los fariseos le tra­jeron una mujer sor­pren­di­da en adul­te­rio; y ponién­dola en medio, le dijeron: “Mae­stro, esta mujer ha sido sor­pren­di­da en el acto mis­mo de adul­te­rio. Y en la ley nos mandó Moisés ape­drear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”. Mas esto decían ten­tán­dole, para poder acusar­le. Pero Jesús, incli­na­do hacia el sue­lo, escribía en tier­ra con el dedo. Y como insistier­an en pre­gun­tar­le, se enderezó y les dijo: “El que de vosotros esté sin peca­do sea el primero en arro­jar la piedra con­tra ella”. E inclinán­dose de nue­vo hacia el sue­lo, sigu­ió escri­bi­en­do en tier­ra. Pero ellos, al oír esto, acu­sa­dos por su con­cien­cia, salían uno a uno, comen­zan­do des­de los más viejos has­ta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que esta­ba en medio. Enderezán­dose Jesús, y no vien­do a nadie sino a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acus­a­ban? ¿Ninguno te con­denó?”. Ella dijo: “Ninguno, Señor”. Entonces Jesús le dijo: “Ni yo te con­de­no; vete, y no peques más”.

Hoy, lunes de la quin­ta sem­ana de Cuares­ma, nos acer­camos a este pasaje que pre­sen­ta uno de los encuen­tros más con­move­dores de Jesús con una per­sona vul­ner­a­ble: la mujer sor­pren­di­da en adul­te­rio. Los escribas y fariseos la lle­van ante Él con la inten­ción de pon­er­lo a prue­ba y hac­er­le ele­gir entre la ley de Moisés, que orden­a­ba su lap­i­dación, y su men­saje de mis­eri­cor­dia. En respues­ta, Jesús no se deja atra­par en su tram­pa. Se incli­na, escribe en la tier­ra y luego dice: «El que de vosotros esté sin peca­do, que le arro­je la primera piedra». Uno a uno, los acu­sadores se marchan, has­ta que que­da solo Jesús con la mujer. Entonces, Él le dice: «Tam­poco yo te con­de­no. Vete, y des­de aho­ra no peques más».

Este pasaje es esen­cial en la Cuares­ma, un tiem­po de intro­spec­ción, reflex­ión y mis­eri­cor­dia. Nos recuer­da que Jesús no vino a con­denar, sino a restau­rar. No min­i­miza el peca­do, pero tam­poco usa la cul­pa como un arma. Nos invi­ta a un doble exa­m­en de con­cien­cia: primero, a recono­cer nues­tras propias fal­tas antes de señalar las de los demás; segun­do, a exper­i­men­tar el perdón como una opor­tu­nidad para cam­biar de vida.

Es cono­ci­da la frase, atribui­da a san Agustín: «Dios no nos ama porque somos valiosos, sino que somos valiosos porque Dios nos ama». La mujer en esta his­to­ria no tenía defen­sa ante la ley, pero su dig­nidad no dependía de su his­to­r­i­al de vida, sino del amor trans­for­mador de Jesús.

Mis­eri­cor­dia en un mun­do que juz­ga
Hoy vivi­mos en una sociedad ráp­i­da para señalar y lenta para per­donar. Las redes sociales ampli­f­i­can el juicio públi­co, con­vir­tien­do errores en con­de­nas sin reden­ción. Muchas per­sonas son mar­cadas de por vida por fal­los que cometieron, sin opor­tu­nidad de recon­stru­irse. Jesús nos desafía a cam­biar esta lóg­i­ca: en lugar de arro­jar piedras, esta­mos lla­ma­dos a restau­rar.

El teól­o­go Diet­rich Bon­ho­ef­fer advertía sobre la dureza del juicio humano: «El perdón es la may­or prue­ba de la gra­cia cris­tiana, porque amar a los pecadores es la tarea más difí­cil de todas».

En esta Cuares­ma, pre­gun­té­monos: ¿A quién esta­mos juz­gan­do en nues­tra vida? ¿A quién le neg­amos la opor­tu­nidad de cam­biar? ¿Cómo podemos refle­jar la mis­eri­cor­dia de Jesús en un mun­do que nece­si­ta más gra­cia y menos con­de­na, un mun­do que nece­si­ta más humanidad y dig­nidad?

Que este tiem­po nos ayude a soltar las piedras y abrir las manos para lev­an­tar al caí­do, como Jesús lo hace con nosotros.

Oración

Señor Jesús,
Tú que no arro­jaste piedras,
sino que ofre­ciste mis­eri­cor­dia,
enséñanos a ver con tus ojos,
a per­donar como Tú per­donas,
a restau­rar en lugar de con­denar.
Vivi­mos en un mun­do rápi­do para juz­gar
y lento para com­pren­der.
Danos un corazón humilde,
que reconoz­ca sus propias fal­las
antes de señalar las de los demás.
Que en esta Cuares­ma apren­damos a soltar las piedras,
a lev­an­tar al caí­do
y a creer en la posi­bil­i­dad de una nue­va vida,
como Tú creíste en aque­l­la mujer.
Señor, ayú­danos a ser refle­jo de tu amor,
a vivir con gra­cia
y a ofre­cer a otros la opor­tu­nidad
que Tú nos das cada día.
Amén.