Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 30 de diciembre de 2024

Navi­dad

Pastora Lidia Rodríguez

La sem­ana pasa­da cele­brábamos el mis­te­rio de la Navi­dad, y posi­ble­mente a estas alturas ya esta­mos atra­pa­dos de nue­vo en la vorágine de la vida ordi­nar­ia. Per­míteme que hag­amos una vez más memo­ria del adven­imien­to del Mesías con la lec­tura que el devo­cional diario del lec­cionario nos pro­ponía para el 25 de diciem­bre, que se encuen­tra en el libro del pro­fe­ta Isaías.

Isaías 52:7–10
7¡Qué gra­to es oír por los montes
los pies del que trae bue­nas nuevas,
que procla­ma la paz y el bien­es­tar,
que lan­za el pregón de la vic­to­ria,
que dice a Sión: “Tu Dios es rey”!
8Tus vigías lo procla­man a gri­tos,
lan­zan vítores a coro,
pues ven con sus pro­pios ojos
que el Señor vuelve a Sión.
9Can­tad a coro, ruinas de Jerusalén,
que el Señor se com­padece de su pueblo,
que ha rescata­do a Jerusalén.
10El Señor mues­tra su poder
a la vista de todas las naciones,
y verán los con­fines de la tier­ra
la vic­to­ria que trae nue­stro Dios.

Acabamos de escuchar el pun­to cul­mi­nante del Segun­do Isaías (Is 40–55), pal­abras dirigi­das para ani­mar a un pueblo que se creía aban­don­a­do por Dios. Aque­l­los hom­bres y mujeres del siglo VI a.C. vivían la parado­ja de la espera con­fi­a­da en la acción sal­vado­ra de su Dios, fiel a las prome­sas, y la ansiedad por regre­sar a su hog­ar. Como el pro­fe­ta antic­i­pa­ba la inmi­nente actuación div­ina a favor de los dester­ra­dos, así la Navi­dad es el “casi” de la his­to­ria de la humanidad, entre el adven­imien­to de Cristo hace dos mil años y su futu­ra veni­da. Se atribuye al poeta ben­galí y pre­mio Nobel de lit­er­atu­ra Rabindranath Tagore la sigu­iente frase: «Cada criatu­ra, al nac­er, nos trae el men­saje de que Dios todavía no pierde la esper­an­za en los seres humanos». Si hay un momen­to de la his­to­ria en el que esto fue cier­to en plen­i­tud, fue en Navi­dad.

Las bue­nas noti­cias del her­al­do de Isaías pro­ducen una gran ale­gría a su alrede­dor: los cen­tinelas “lan­zan vítores a coro” y has­ta las mis­mas mural­las de la ciu­dad estal­lan de ale­gría: “Can­tad a coro, ruinas de Jerusalén”, procla­ma el ver­sícu­lo 9. El pro­fe­ta anun­cia la paz en medio del sufrim­ien­to y la muerte que tra­jo con­si­go la guer­ra a un colec­ti­vo forza­do a desplazarse a miles de kilómet­ros de su tier­ra. Como en tiem­pos de Isaías, la Navi­dad es bue­na noti­cia para quienes hace mucho que no reciben bue­nas noti­cias, pero las nece­si­tan con urgen­cia: per­sonas que sufren la pobreza y la soledad de la exclusión social; los efec­tos de desas­tres nat­u­rales; la vio­len­cia de con­flic­tos arma­dos; la dis­crim­i­nación «por razón de sexo, raza, col­or, orí­genes étni­cos o sociales, car­ac­terís­ti­cas genéti­cas, lengua, religión o con­vic­ciones, opin­iones políti­cas o de cualquier otro tipo, perte­nen­cia a una minoría nacional, pat­ri­mo­nio, nacimien­to, dis­capaci­dad, edad u ori­entación sex­u­al», como lee el artícu­lo 21 de la Car­ta de los Dere­chos Fun­da­men­tales de la Unión Euro­pea.

Por últi­mo, Isaías trae con­si­go un men­saje sub­ver­si­vo: quien real­mente gob­ier­na no es el emper­ador de turno, sino Yahvé; el autén­ti­co sober­a­no del cos­mos es solo Dios: «Tu Dios es rey», afir­ma el tex­to (v. 7). Si en el pasa­do Dios había lib­er­a­do de la esclav­i­tud de Egip­to a su pueblo, en el destier­ro babilóni­co volvería a hac­er­lo. Esta bue­na noti­cia de lib­eración no es exclu­si­va de los judaí­tas exil­i­a­dos de entonces. La Navi­dad tam­bién es una memo­ria sub­ver­si­va que nos ins­ta a cel­e­brar el tri­un­fo de la bue­na vol­un­tad de Dios en la his­to­ria de la humanidad. Como escri­biera Charles H. Dodd: «Ya ha lle­ga­do el día de la vic­to­ria; lo úni­co que nos que­da aho­ra por hac­er es ocu­par el ter­reno con­quis­ta­do».

Oración de Ger­ar­do Car­los C. Ober­man, «Que no se nos olvide»

Ay, niño del pese­bre,
devuél­venos la sen­cillez
de tu nacimien­to pobre,
de tu lle­ga­da humilde,
de tu llan­to ham­bri­en­to,
de tu cuna sin luces,
de tu amor en pañales.

Recuér­danos esa noche
de Dios frágil
en establo presta­do,
nece­si­ta­do de bra­zos cáli­dos,
de cari­cias y de calor
y de leche de madre desve­la­da,
arrul­la­do por las can­ciones
de un padre cansa­do.

Que no se nos olvide,
niño del pese­bre,
entre tan­ta luz
y tan­to estru­en­do
aque­l­la nativi­dad primera
en la Palesti­na siem­pre sufri­da
pero elegi­da para ser pese­bre
del más sub­lime gesto de amor.

Ay, niño del pese­bre,
que no se nos olvide.