La semana pasada celebrábamos el misterio de la Navidad, y posiblemente a estas alturas ya estamos atrapados de nuevo en la vorágine de la vida ordinaria. Permíteme que hagamos una vez más memoria del advenimiento del Mesías con la lectura que el devocional diario del leccionario nos proponía para el 25 de diciembre, que se encuentra en el libro del profeta Isaías.
Isaías 52:7–10
7¡Qué grato es oír por los montes
los pies del que trae buenas nuevas,
que proclama la paz y el bienestar,
que lanza el pregón de la victoria,
que dice a Sión: “Tu Dios es rey”!
8Tus vigías lo proclaman a gritos,
lanzan vítores a coro,
pues ven con sus propios ojos
que el Señor vuelve a Sión.
9Cantad a coro, ruinas de Jerusalén,
que el Señor se compadece de su pueblo,
que ha rescatado a Jerusalén.
10El Señor muestra su poder
a la vista de todas las naciones,
y verán los confines de la tierra
la victoria que trae nuestro Dios.
Acabamos de escuchar el punto culminante del Segundo Isaías (Is 40–55), palabras dirigidas para animar a un pueblo que se creía abandonado por Dios. Aquellos hombres y mujeres del siglo VI a.C. vivían la paradoja de la espera confiada en la acción salvadora de su Dios, fiel a las promesas, y la ansiedad por regresar a su hogar. Como el profeta anticipaba la inminente actuación divina a favor de los desterrados, así la Navidad es el “casi” de la historia de la humanidad, entre el advenimiento de Cristo hace dos mil años y su futura venida. Se atribuye al poeta bengalí y premio Nobel de literatura Rabindranath Tagore la siguiente frase: «Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los seres humanos». Si hay un momento de la historia en el que esto fue cierto en plenitud, fue en Navidad.
Las buenas noticias del heraldo de Isaías producen una gran alegría a su alrededor: los centinelas “lanzan vítores a coro” y hasta las mismas murallas de la ciudad estallan de alegría: “Cantad a coro, ruinas de Jerusalén”, proclama el versículo 9. El profeta anuncia la paz en medio del sufrimiento y la muerte que trajo consigo la guerra a un colectivo forzado a desplazarse a miles de kilómetros de su tierra. Como en tiempos de Isaías, la Navidad es buena noticia para quienes hace mucho que no reciben buenas noticias, pero las necesitan con urgencia: personas que sufren la pobreza y la soledad de la exclusión social; los efectos de desastres naturales; la violencia de conflictos armados; la discriminación «por razón de sexo, raza, color, orígenes étnicos o sociales, características genéticas, lengua, religión o convicciones, opiniones políticas o de cualquier otro tipo, pertenencia a una minoría nacional, patrimonio, nacimiento, discapacidad, edad u orientación sexual», como lee el artículo 21 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea.
Por último, Isaías trae consigo un mensaje subversivo: quien realmente gobierna no es el emperador de turno, sino Yahvé; el auténtico soberano del cosmos es solo Dios: «Tu Dios es rey», afirma el texto (v. 7). Si en el pasado Dios había liberado de la esclavitud de Egipto a su pueblo, en el destierro babilónico volvería a hacerlo. Esta buena noticia de liberación no es exclusiva de los judaítas exiliados de entonces. La Navidad también es una memoria subversiva que nos insta a celebrar el triunfo de la buena voluntad de Dios en la historia de la humanidad. Como escribiera Charles H. Dodd: «Ya ha llegado el día de la victoria; lo único que nos queda ahora por hacer es ocupar el terreno conquistado».
Oración de Gerardo Carlos C. Oberman, «Que no se nos olvide»
Ay, niño del pesebre,
devuélvenos la sencillez
de tu nacimiento pobre,
de tu llegada humilde,
de tu llanto hambriento,
de tu cuna sin luces,
de tu amor en pañales.
Recuérdanos esa noche
de Dios frágil
en establo prestado,
necesitado de brazos cálidos,
de caricias y de calor
y de leche de madre desvelada,
arrullado por las canciones
de un padre cansado.
Que no se nos olvide,
niño del pesebre,
entre tanta luz
y tanto estruendo
aquella natividad primera
en la Palestina siempre sufrida
pero elegida para ser pesebre
del más sublime gesto de amor.
Ay, niño del pesebre,
que no se nos olvide.