Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 27 de enero de 2025

Tiem­po de encen­der nues­tras luces (IV)

Yuniet Rodríguez

Lucas 4, 16–21

16Vino a Nazaret, donde se había cri­a­do; y en el día de reposo entró en la sin­a­goga, con­forme a su cos­tum­bre, y se lev­an­tó a leer. 17Y se le dio el libro del pro­fe­ta Isaías; y habi­en­do abier­to el libro, hal­ló el lugar donde esta­ba escrito:

18El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuan­to me ha ungi­do para dar bue­nas nuevas a los pobres;
Me ha envi­a­do a sanar a los que­bran­ta­dos de corazón;
A preg­o­nar lib­er­tad a los cau­tivos,
Y vista a los cie­gos;
A pon­er en lib­er­tad a los oprim­i­dos;
19A predicar el año agrad­able del Señor.
20Y enrol­lan­do el libro, lo dio al min­istro, y se sen­tó; y los ojos de todos en la sin­a­goga esta­ban fijos en él. 21Y comen­zó a decir­les: Hoy se ha cumpli­do esta Escrit­u­ra delante de vosotros.

En la Bib­lia encon­tramos que la mis­ión y la vida de los pro­fe­tas es anun­ciar el men­saje de Dios para el pueblo. Casi siem­pre, este men­saje no es agrad­able a los oídos del pueblo y sus gob­er­nantes porque el men­saje de Dios denun­cia y pone en claro el peca­do de la nación. Es un men­saje que lla­ma al arrepen­timien­to y la con­ver­sión.

El pro­fe­ta no es alguien que vatic­i­na por magia los acon­tec­imien­tos futur­os, no es un adi­vi­no car­ga­do de fechas exac­tas. El pro­fe­ta es una per­sona cono­ce­do­ra de su entorno, aten­ta a los sig­nos de su tiem­po y que puede hablar del futuro porque conoce el pasa­do y escu­d­riña el pre­sente.

Un pro­fe­ta es alguien fiel a la alian­za que Dios ha estable­ci­do con su pueblo, tam­bién sabe que puede ser mal recibido, mal trata­do, con­sciente de que su pal­abra es una pal­abra dura, difí­cil, pero nece­saria para la sal­vación de su gente.

Por eso se vuelve un desafío tam­bién el recono­cer los pro­fe­tas y pro­feti­sas de nue­stro tiem­po.

Así que antes de comen­zar a nar­rar la activi­dad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lec­tores cuál es la pasión que impul­sa al Pro­fe­ta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cris­tianos han de saber en qué direc­ción empu­ja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguir­lo es pre­cisa­mente cam­i­nar en su mis­ma direc­ción.

Y es que donde está Jesús hay amor a la vida, pasión por la lib­eración de todo sufrim­ien­to y mal. Hemos de recor­dar que la primera ima­gen que nos ofre­cen los relatos evangéli­cos es la de un Jesús curador, que sana. Una per­sona que difunde vida y restau­ra lo que está enfer­mo. Su “autori­dad” nace de la fuerza del Espíritu, sin con­fundirse con poder. Es una autori­dad que proviene del amor a la gente.

Y con esa autori­dad la igle­sia debe lle­var pal­abras proféti­cas hoy, pal­abras que han de nac­er del amor real a las per­sonas. Han de ser dicha después de una aten­ta escucha del sufrim­ien­to que hay en el mun­do. Recordemos que somos la igle­sia de Jesús, el pro­fe­ta que arries­gó su vida por su fidel­i­dad y su amor para con Dios y para con su pueblo. Por tan­to, la igle­sia tam­bién tiene una mis­ión proféti­ca, debe decir el men­saje de Dios ante la real­i­dad que hoy vivi­mos aun cuan­do este men­saje no sea bien recibido, aun cuan­do nues­tra vida peli­gre por la causa del reino de Dios y su jus­ti­cia. Una pal­abra proféti­ca más lib­er­a­da de la seduc­ción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu.

Es tiem­po de encen­der nues­tras luces, de ser luz y calor para los demás. Recor­dar que la Igle­sia está mar­ca­da por el envío de Jesús. Nos hemos de sen­tir tes­ti­gos y pro­fe­tas de ese Jesús que pasó su vida sem­bran­do gestos y pal­abras de bon­dad con una enseñan­za naci­da del respeto y la esti­ma de las per­sonas, pal­abras sanado­ras que tan­to nece­si­tan hoy la gente para vivir con esper­an­za.

Es tiem­po tam­bién de abrir nue­stro corazón y nues­tra vida al juicio de Dios, y esto será recono­cien­do las for­mas en que seguimos dis­crim­i­nan­do y excluyen­do a otras per­sonas. Dios no es pat­ri­mo­nio exclu­si­vo de ningu­na per­sona, de ningu­na igle­sia, de ningu­na religión, de ningu­na cul­tura. Dios siem­pre des­bor­da nues­tras lim­ita­ciones y pre­juicios, por eso es el Dios que nos lla­ma a super­ar las bar­reras que nosotros mis­mos con­stru­imos.

Cier­ro con estas pal­abras de una pro­feti­sa de nue­stro tiem­po, una per­sona aten­ta al clam­or de su pueblo y el amor de Dios, la Obis­pa Mar­i­ann Edgar:
«Que Dios nos con­ce­da la fuerza y el val­or para hon­rar la dig­nidad de todo ser humano, para decirnos la ver­dad unos a otros con amor, y para cam­i­nar humilde­mente unos con otros y con nue­stro Dios por el bien de todas las per­sonas de esta nación y del mun­do.»
(Obis­pa Mar­i­ann Edgar Bud­de en la Cat­e­dral Nacional de Wash­ing­ton)