Lucas 4, 16–21
16Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. 17Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
18El Espíritu del Señor está sobre mí,En la Biblia encontramos que la misión y la vida de los profetas es anunciar el mensaje de Dios para el pueblo. Casi siempre, este mensaje no es agradable a los oídos del pueblo y sus gobernantes porque el mensaje de Dios denuncia y pone en claro el pecado de la nación. Es un mensaje que llama al arrepentimiento y la conversión.
El profeta no es alguien que vaticina por magia los acontecimientos futuros, no es un adivino cargado de fechas exactas. El profeta es una persona conocedora de su entorno, atenta a los signos de su tiempo y que puede hablar del futuro porque conoce el pasado y escudriña el presente.
Un profeta es alguien fiel a la alianza que Dios ha establecido con su pueblo, también sabe que puede ser mal recibido, mal tratado, consciente de que su palabra es una palabra dura, difícil, pero necesaria para la salvación de su gente.
Por eso se vuelve un desafío también el reconocer los profetas y profetisas de nuestro tiempo.
Así que antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos han de saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección.
Y es que donde está Jesús hay amor a la vida, pasión por la liberación de todo sufrimiento y mal. Hemos de recordar que la primera imagen que nos ofrecen los relatos evangélicos es la de un Jesús curador, que sana. Una persona que difunde vida y restaura lo que está enfermo. Su “autoridad” nace de la fuerza del Espíritu, sin confundirse con poder. Es una autoridad que proviene del amor a la gente.
Y con esa autoridad la iglesia debe llevar palabras proféticas hoy, palabras que han de nacer del amor real a las personas. Han de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo. Recordemos que somos la iglesia de Jesús, el profeta que arriesgó su vida por su fidelidad y su amor para con Dios y para con su pueblo. Por tanto, la iglesia también tiene una misión profética, debe decir el mensaje de Dios ante la realidad que hoy vivimos aun cuando este mensaje no sea bien recibido, aun cuando nuestra vida peligre por la causa del reino de Dios y su justicia. Una palabra profética más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu.
Es tiempo de encender nuestras luces, de ser luz y calor para los demás. Recordar que la Iglesia está marcada por el envío de Jesús. Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad con una enseñanza nacida del respeto y la estima de las personas, palabras sanadoras que tanto necesitan hoy la gente para vivir con esperanza.
Es tiempo también de abrir nuestro corazón y nuestra vida al juicio de Dios, y esto será reconociendo las formas en que seguimos discriminando y excluyendo a otras personas. Dios no es patrimonio exclusivo de ninguna persona, de ninguna iglesia, de ninguna religión, de ninguna cultura. Dios siempre desborda nuestras limitaciones y prejuicios, por eso es el Dios que nos llama a superar las barreras que nosotros mismos construimos.
Cierro con estas palabras de una profetisa de nuestro tiempo, una persona atenta al clamor de su pueblo y el amor de Dios, la Obispa Mariann Edgar:
«Que Dios nos conceda la fuerza y el valor para honrar la dignidad de todo ser humano, para decirnos la verdad unos a otros con amor, y para caminar humildemente unos con otros y con nuestro Dios por el bien de todas las personas de esta nación y del mundo.»
(Obispa Mariann Edgar Budde en la Catedral Nacional de Washington)