Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 23 de septiembre de 2024

Por sus fru­tos los cono­ceréis (IV)

Pastora Teresa Sancho

Cuan­do Marisa cono­ció a Jorge, pura ama­bil­i­dad y sim­patía, se sin­tió muy afor­tu­na­da, pues el chico más intere­sante del grupo de jóvenes de su igle­sia no aparta­ba los ojos de ella. Ella había temi­do enam­orarse de alguien ajeno a la igle­sia, pues des­de niña la habían alec­ciona­do acer­ca del peli­gro de unirse “en yugo desigual”, lo cual debía evi­tar a toda cos­ta. ¡Qué suerte haberse enam­ora­do y ser cor­re­spon­di­da por alguien de su entorno ecle­sial! Casarse y for­mar una famil­ia era lo lógi­co y esper­a­ble.

Pero, la ama­bil­i­dad y sim­patía que Jorge seguía der­rochan­do fuera de casa, desa­parecía nada más entrar. Los reproches eran cada vez más fre­cuentes y humil­lantes. Marisa se volvía loca pen­san­do cómo hac­er las cosas bien, es decir, al gus­to de su esposo, pero hiciera lo que hiciera, nun­ca acerta­ba. Empezó a sen­tirse fra­casa­da y, bus­can­do una solu­ción para su mat­ri­mo­nio, fue a bus­car con­se­jo pas­toral. Antes lo había inten­ta­do con su famil­ia y las ami­gas de la igle­sia; a todos los costa­ba creer que el prob­le­ma fuera de su esposo y sus con­se­jos se lim­ita­ban a decir­le que fuera más aten­ta con él, que procu­rara no dar­le motivos de eno­jo… y (¡cómo no!) ten­er un hijo.

Nació el hijo y los prob­le­mas aumen­taron. Los reproches subieron de niv­el has­ta con­ver­tirse en insul­tos groseros acom­paña­dos de algún golpe, por el que luego él trata­ba de jus­ti­fi­carse y le pedía perdón. Con los años y el segun­do hijo la situación se agravó has­ta el pun­to de que Marisa llegó a temer por su vida. Si él no la mata­ba, tal vez ella ter­mi­nara por sui­ci­darse. No, esto últi­mo, no. ¿Cómo podía lle­gar a pen­sar seme­jante bar­bari­dad? “Señor, perdó­name por haber pen­sa­do tal cosa” –ora­ba con todo temor y tem­blor, recor­dan­do la sev­era amon­estación de su pas­tor, cuan­do le expu­so la situación en que vivía y le dijo que ya no aguanta­ba más–. “Señor, perdó­name por todos mis peca­dos, inclu­so los que ignoro, tú los sabes” –con­tinu­a­ba oran­do, con­ven­ci­da de que todo su sufrim­ien­to era solo cul­pa suya–. Ese era el claro men­saje que recibía en su igle­sia: Si ella fuera una esposa sum­isa, con­forme a la vol­un­tad de Dios, no provo­caría a ira a su esposo. O, tal vez, esos mal­os tratos eran una prue­ba a que Dios la sometía y ella debía acep­tar con pacien­cia. Si ora­ba con fe, debía estar tran­quila, pues Dios no le daría más de lo que pudiera sopor­tar. Marisa pedía perdón a Dios por los golpes y los insul­tos que recibía y le pedía ayu­da para sopor­tar tan dura prue­ba. Pero la ayu­da que esper­a­ba no lle­ga­ba.

Un día, una nue­va veci­na, aler­ta­da por los incon­fundibles sonidos prove­nientes de casa de Marisa, se acer­có a ella; poco a poco fue ganán­dose su con­fi­an­za, pero lo más impor­tante es que poco a poco fue hacién­dole ver el engaño en que vivía. Le fue dan­do a cono­cer a Dios, un Dios que, se supone que era el mis­mo que en su igle­sia pred­i­ca­ban y, sin embar­go, ¡era tan difer­ente! Este Dios no quería el sufrim­ien­to de ningu­na de sus criat­uras; no mand­a­ba males para pon­er a prue­ba la fe de nadie, ni exigía el some­timien­to a situa­ciones opre­si­vas y degradantes. Es el Dios que nos ”ama de tal man­era que ha dado a su hijo para que todo el que crea en él no se pier­da, sino ten­ga vida eter­na” (Juan, 3:16). Ese amor de Dios tan grande le ha dado a Marisa las fuerzas para opon­erse a la injus­ti­cia de que era víc­ti­ma.

OREMOS: Por las mujeres mal­tratadas, y por todas las víc­ti­mas de la vio­len­cia, te ped­i­mos, Padre, que, lib­er­adas de las enseñan­zas de los “fal­sos pro­fe­tas”, encuen­tren en Jesu­cristo el camino que las lleve a recono­cerse como per­sonas dig­nas y como hijos e hijas ama­dos por Ti.

Amén.