Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 20 de enero de 2025

Tiem­po de encen­der nues­tras luces (III)

Yuniet Rodríguez


Juan 2, 1–11
Las bodas de Caná

Al ter­cer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y esta­ba allí la madre de Jesús. Y fueron tam­bién invi­ta­dos a las bodas Jesús y sus dis­cípu­los. Y fal­tan­do el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes con­mi­go, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. Y esta­ban allí seis tina­jas de piedra para agua, con­forme al rito de la purifi­cación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cán­taros. Jesús les dijo: Llenad estas tina­jas de agua. Y las llenaron has­ta arri­ba. Entonces les dijo: Sacad aho­ra, y lle­vad­lo al maestre­sala. Y se lo lle­varon. Cuan­do el maestre­sala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían saca­do el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hom­bre sirve primero el buen vino, y cuan­do ya han bebido mucho, entonces el infe­ri­or; mas tú has reser­va­do el buen vino has­ta aho­ra. Este prin­ci­pio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y man­i­festó su glo­ria; y sus dis­cípu­los creyeron en él.

Jesús de Nazaret, quien gusta­ba mucho de fes­te­jar, nos enseña que la fies­ta es tam­bién una mar­ca de nue­stro Dios. En los evan­ge­lios encon­tramos muchos relatos en los cuales el reina­do de Dios es com­para­do a ban­quetes de mesa llena, fies­tas de casamien­to, dan­zas y ves­ti­men­tas boni­tas.

El rela­to de las bodas en Caná de Galilea con­sti­tuye la ter­cera y últi­ma fies­ta del tiem­po de Epi­fanía. Jesús con­vierte el agua en vino para que la fies­ta con­tinúe, y este es el primer sig­no que Jesús hace en este evan­ge­lio y que pre­a­nun­cia todo aque­l­lo que Jesús realizará en su exis­ten­cia.

Este pasaje nos abre las puer­tas a una cel­e­bración. La ima­gen de la boda, del amor, está muy pre­sente en los pro­fe­tas y en el mun­do bíbli­co a la hora de anun­ciar los tiem­pos del Mesías. A esta relación de amor, a esta his­to­ria de amor, en el lengua­je bíbli­co se le llam­a­ba “Alian­za”.

En la mañana de hoy me deten­go en dos ver­sícu­los, en dos men­sajes para nosotros y noso­tras hoy:

El primero cuan­do María comien­za el diál­o­go con su hijo, le comu­ni­ca a Jesús que No tienen vino (v.3,) una frase llena de inten­ción y sig­nifi­ca­do que podemos aplicar hoy a tan­tas situa­ciones per­son­ales como ecle­siales, cuan­do nues­tras tina­jas están vacías, o peor, cuan­do las llen­amos con tradi­ciones, pre­juicios, dog­mas que nos ale­jan de la ima­gen del Reino como fies­ta. Cuan­do vamos sin ale­gría, cuan­do perdemos de vista las señales y no esta­mos aten­tos para avis­ar a Jesús de que el vino escasea, que nece­si­ta­mos que nos ayude, que nos escuche, que todo está abo­ca­do al desas­tre y que solo con él podemos cam­biar todo el esce­nario. Nece­si­ta­mos bus­car ese camino de bodas, el ban­quete de abun­dan­cia, ese tiem­po de feli­ci­dad y encuen­tro con Dios que no es alien­ante sino de alian­za, de esper­an­za, de restau­ración.

Y el segun­do men­saje es el que parece en el ver­sícu­lo 5 y que nos impli­ca com­ple­ta­mente en su man­i­festación en este pasaje: Haced lo que él os diga.

La madre de Jesús, María, tan pre­sente en el amor de aque­l­las bodas, tan aten­ta a las señales, les dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».

Sola­mente habrá espíritu, nue­vo vino, amor en la Igle­sia y en la sociedad si hace­mos lo que él nos dice, y lo que él nos dice es ser­vi­cio y amor.

Podemos llenarnos de pal­abras, de mandatos, de caminos revesa­dos, de puer­tas cer­radas y tem­p­los cada vez más grandes pero lo cier­to es que Jesús seguirá pidién­donos que le sig­amos, que hag­amos la vol­un­tad del Padre, que se sal­ga al camino para cada encuen­tro. El vino, la fies­ta del reino, comien­za cuan­do le acep­ta­mos a él, cuan­do hace­mos lo que nos dice.

Acos­tum­bramos a decir que este pasaje es el mila­gro del agua en vino. Más que un mila­gro debe­mos enten­der­lo como un “sig­no”. El sig­no que no debe ser leí­do como magia. El sig­no es que Cristo cam­bia la ley (tina­jas: piedra) y el rito (agua) por un nue­vo vino, es decir por el amor. La trans­for­ma­ción del agua en vino sim­bolizó el paso de la imper­fec­ción de la ley a la nue­va exis­ten­cia en el Espíritu.

Mis her­manos y her­manas que podamos vivir nue­stro Camino en la exis­ten­cia de ese nue­vo Espíritu que nos ani­ma a ser luces, a escuchar, a trans­for­mar y cel­e­brar. Que podamos ser igle­sia dis­pues­ta a con­ver­tir el agua en vino.

«No tienen vino»
Pedro Casaldáli­ga

La ver­dad es que no ten­emos vino.
Nos sobran las tina­jas,
y la fies­ta se entur­bia para todos,
porque el sino es común y la sola sala es ésta.

Nos fal­ta la ale­gría com­par­ti­da.
Rotas las alas, suel­tos los cha­cales,
hemos cega­do el cur­so de la vida
entre los var­ios pueb­los comen­sales.

¡San­gre nues­tra y de Dios, vino com­ple­to,
embriáganos de Ti para ese reto
de ser iguales en la alteri­dad.

Uva pisa­da en nues­tra dura his­to­ria,
vino final bebido a ple­na glo­ria
en la bode­ga de la Trinidad!