Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 17 de marzo de 2025

Cam­i­namos hacia la Pas­cua (III)

Pastor Ismael Gramaje


Lucas 6: 36–38

Sed, pues, mis­eri­cor­diosos, como tam­bién vue­stro Padre es mis­eri­cor­dioso.
No juzguéis, y no seréis juz­ga­dos; no con­denéis, y no seréis con­de­na­dos; per­don­ad, y seréis per­don­a­dos. Dad, y se os dará; medi­da bue­na, apre­ta­da, reme­ci­da y rebosan­do darán en vue­stro rega­zo; porque con la mis­ma medi­da con que medís, os volverán a medir.

Esta segun­da sem­ana de cuares­ma nos acer­camos a este tex­to donde Jesús nos lla­ma a vivir con el mis­mo corazón mis­eri­cor­dioso que Dios. Pero esta lla­ma­da no se limi­ta a una nor­ma exter­na o a una obligación moral impues­ta des­de fuera. No es solo un manda­to, sino una invitación a ser trans­for­ma­dos en lo más pro­fun­do de nue­stro ser: «Sed mis­eri­cor­diosos como vue­stro Padre es mis­eri­cor­dioso». No se tra­ta solo de hac­er actos de mis­eri­cor­dia, sino de con­ver­tirnos en per­sonas mis­eri­cor­diosas, porque en ello nos jug­amos nues­tra humanidad y nues­tra relación con Dios.

Como diría Karl Barth en su Dog­máti­ca ecle­sial : «Dios habla y su pal­abra no es solo infor­ma­ción, sino un acto. Cuan­do Dios habla, sucede lo que Él dice.» Dicho de for­ma sen­cil­la, Dios, cuan­do habla, hace. Quizás en esta Cuares­ma podemos enten­der que esta pal­abra de Jesús no es solo una orden, sino una pal­abra creado­ra. Una pal­abra que nos invi­ta a la con­stante trans­for­ma­ción per­son­al des­de la mis­eri­cor­dia.

Vis­to así, la mis­eri­cor­dia no es un sim­ple gesto pia­doso; es la medi­da de nues­tra humanidad. Un corazón que se cier­ra y mide con egoís­mo se empe­queñece. Un corazón que se abre y da sin límites se agran­da, porque en el acto mis­mo de dar se trans­for­ma a sí mis­mo y a los demás. Y la prome­sa de Jesús es clara: «Dad, y se os dará; medi­da bue­na, apre­ta­da, reme­ci­da y rebosan­do». No porque Dios o nosotros hag­amos nego­cios con nues­tras bue­nas obras, sino porque, en la medi­da en que amamos, nos hace­mos capaces de recibir más amor mis­eri­cor­dioso.

Nue­stro corazón lle­ga a ser como el de Dios cuan­do enten­demos que la mis­eri­cor­dia no es solo algo que damos, sino tam­bién algo que nece­si­ta­mos. Ser mis­eri­cor­diosos no es una car­ga, sino una gra­cia que, como dec­i­mos, nos human­iza y human­iza a las per­sonas que nos rodean, porque en esa mis­eri­cor­dia que ofre­ce­mos, encon­tramos la mis­ma que nos sostiene a nosotros. ¡Qué tengáis una feliz sem­ana!

Oración:

Señor, haznos refle­jo de tu mis­eri­cor­dia, para que amem­os sin medi­da y per­donemos sin reser­vas. Que nues­tra gen­erosi­dad brote de un corazón trans­for­ma­do por tu gra­cia, sin esper­ar rec­om­pen­sa. Enséñanos a dar como Tú das, con amor abun­dante y des­bor­dante. Amén.