Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 17 de febrero de 2025

Imá­genes del Reino, prin­ci­p­ios para la vida cris­tiana (III)

Pastor Joan Medrano

Mateo 25, 14–30

El reino de los cie­los será tam­bién como un hom­bre que, al empren­der un via­je, llamó a sus sier­vos y les encar­gó sus bienes. A uno dio cin­co mil mon­edas de oro, a otro dos mil y a otro solo mil, a cada uno según su capaci­dad. Luego se fue de via­je. El que había recibido las cin­co mil fue en segui­da y nego­ció con ellas y ganó otras cin­co mil. Así mis­mo, el que recibió dos mil ganó otras dos mil. Pero el que había recibido mil fue, cavó un hoyo en la tier­ra y escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiem­po volvió el señor de aque­l­los sier­vos y arregló cuen­tas con ellos. El que había recibido las cin­co mil mon­edas llegó con las otras cin­co mil. «Señor —dijo—, me diste cin­co mil mon­edas. Mira, he gana­do otras cin­co mil.» Su señor le respondió: «¡Hiciste bien, sier­vo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pon­dré a car­go de mucho más. ¡Ven a com­par­tir la feli­ci­dad de tu señor!» Llegó tam­bién el que recibió dos mil mon­edas. «Señor —infor­mó—, me diste dos mil mon­edas. Mira, he gana­do otras dos mil.» Su señor le respondió: «¡Hiciste bien, sier­vo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco; te pon­dré a car­go de mucho más. ¡Ven a com­par­tir la feli­ci­dad de tu señor!»

Después llegó el que había recibido solo mil mon­edas. «Señor —explicó—, yo sabía que tú eres un hom­bre duro, que cose­chas donde no has sem­bra­do y reco­ges donde no has espar­ci­do. Así que tuve miedo, y fui y escondí tu dinero en la tier­ra. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.» Pero su señor le con­testó: «¡Sier­vo malo y pere­zoso! ¿Así que sabías que cose­cho donde no he sem­bra­do y reco­jo donde no he espar­ci­do? Debieras haber deposi­ta­do mi dinero en el ban­co, para que a mi regre­so lo hubiera recibido con intere­ses.»

«Quitadle las mil mon­edas y dád­se­las al que tiene las diez mil. Porque a todo el que tiene, se le dará más, y ten­drá en abun­dan­cia. Al que no tiene se le quitará has­ta lo que tiene. Y a ese sier­vo inútil echad­lo afuera, a la oscuri­dad, donde habrá llan­to y cru­jir de dientes.»


Un tal­en­to equiv­alía a 6.000 denar­ios, una can­ti­dad muy impor­tante, si ten­emos en cuen­ta que un denario cor­re­spondía al jor­nal de un día de tra­ba­jo. Las cifras de que habla la parábo­la son, en cualquier caso, con­sid­er­ables. Y ello nos apor­ta ya una primera clave, que con­viene no olvi­dar.

El don es abun­dante. El dador –como había puesto de relieve la parábo­la del sem­brador- se car­ac­ter­i­za por el exce­so y el der­roche.

Frente a ese exce­so de don, resul­ta todavía más mezquina la acti­tud del ter­cer emplea­do que, lle­va­do por el miedo, esconde lo recibido.

La “parábo­la de los tal­en­tos” no tiene por final­i­dad decirnos cómo es Dios –a difer­en­cia, por ejem­p­lo, de aque­l­la otra del “hijo pródi­go”-, sino que su obje­ti­vo es ani­marnos a des­per­tar de la modor­ra y a super­ar el miedo que nos mantiene par­al­iza­dos. Y en este sen­ti­do, se tra­ta real­mente de una nar­ración sabia y estim­u­lante.

Los tal­en­tos –sean cin­co, dos o uno; en cualquier caso, rep­re­sen­tan la riqueza que somos, de la que gen­eral­mente ape­nas cono­ce­mos una mín­i­ma parte.

La parábo­la viene a decirnos: tienes una riqueza, eres un tesoro…, ¡no ten­gas miedo ni te “entier­res” en la medioc­ridad o super­fi­cial­i­dad! Atrévete a vivir todo lo que eres. ¡Pon al ser­vi­cio del Señor lo que eres! Que­da super­a­da, pues, esa acti­tud de pre­gun­tarse por los tal­en­tos, o el tal­en­to que uno tiene y que tan­to daño puede hac­er­nos. Cada uno somos talento/os para darnos en ser­vi­cio. Aquí no impor­ta el tipo de ser­vi­cio, sino el servir en sí mis­mo.

Una lec­tura intere­sante es, para quienes pien­san que no tienen ningún tal­en­to, que todos ten­emos al menos uno, el evan­ge­lio. El evan­ge­lio se nos da para com­par­tir­lo, no para reten­er­lo.

El egoís­mo es con­se­cuen­cia direc­ta de igno­rar la ver­dad de quienes somos. No olvidemos que ego es sinón­i­mo de igno­ran­cia, con­fusión y sufrim­ien­to.

 

Oración

Señor, ayú­danos a darnos en el ser­vi­cio. Ayú­danos a no ser egoís­tas y vivir para nosotros mis­mos. Danos entendimien­to para que nues­tras vidas se con­vier­tan en un don para los demás y que el evan­ge­lio sea esa bue­na noti­cia que no podemos callar y reten­er. Amén.