Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 16 de septiembre de 2024

Por sus fru­tos los cono­ceréis (III)

Pastora Teresa Sancho

Jose­fa tiene casi 70 años. Vive sola y, aunque tiene un grupo de ami­gas con las que suele quedar para hac­er algo jun­tas, pasa muchas horas acom­paña­da úni­ca­mente por la radio o la tele­visión y, por supuesto, del telé­fono móvil, aten­ta a los men­sajes que le envían o que com­parten en los dis­tin­tos gru­pos de chat sus ami­gas o famil­iares.

Entre las noti­cias, las declara­ciones de cier­tos políti­cos y todo lo que le lle­ga al What­sApp, Jose­fa vive cada día más pre­ocu­pa­da. En su bar­rio, es cada vez más fre­cuente ver a per­sonas que, por su atuen­do o el col­or de su piel, es claro que no son “como nosotros”, dice Jose­fa. “Y, ¡a saber si son gente de fiar!”, sigue pen­san­do Jose­fa. Cada vez que ve unos jóvenes sen­ta­dos en la plaza, pien­sa “mi nieto se mata a tra­ba­jar para ganar un suel­do mis­er­able y estos, ¡ale!, a vivir de las ayu­das”. O cuan­do ve a unas mujeres atavi­adas con pañue­lo a la cabeza, salir de la tien­da: “Míralas, a ellas sí les lle­ga para com­prar lo que quier­an. A los extran­jeros que no les falte de nada, pero los jubi­la­dos españoles no ten­emos dere­cho a una pen­sión digna”.

La situación de Jose­fa llegó a un pun­to críti­co cuan­do una famil­ia “de esas”, dice Jose­fa en tono despec­ti­vo, se instaló en su mis­mo edi­fi­cio. Si se cruz­a­ba en la escalera con alguno de los miem­bros de esa famil­ia cor­ría has­ta encer­rarse con llave en su casa, con el corazón pal­pi­tan­do como loco. “No, si es ver­dad que nos van a echar a todos de nues­tra casa”, se con­vencía recor­dan­do las críti­cas al gob­ier­no que no hace nada por defend­er nue­stros dere­chos y que per­mite que nue­stro país se llene de delin­cuentes. Su vida se había con­ver­tido en un infier­no: Rece­la­ba de todos; el miedo y el odio la esta­ban con­vir­tien­do en una per­sona total­mente amar­ga­da.

Un día, en sus prisas por lle­gar a casa para no cruzarse con ninguno de sus nuevos veci­nos, tropezó y cayó en la escalera. Aunque no se hizo nada grave, el golpe fue doloroso y ella sola no se podía lev­an­tar. En aquel momen­to, la úni­ca esper­an­za era que acud­iera en su ayu­da alguno de los antigu­os veci­nos, pero no fue así. Uno de los hijos de la nue­va famil­ia fue cor­rien­do a ayu­dar­la. Jose­fa, al ver­lo venir, se asustó mucho, pero las inten­ciones del chico eran muy claras y no tuvo más reme­dio que recono­cer que él sólo quería ayu­dar­la. A par­tir de ese inci­dente, la relación empezó a cam­biar y, con­forme los iba cono­cien­do, empezó a com­pren­der muchas cosas.

Ay, Jose­fa, ¿por qué no habrá aten­di­do antes el con­se­jo de Jesús? Él dijo “Tened cuida­do con los fal­sos pro­fe­tas. Se acer­can a vosotros hacién­dose pasar por ove­jas, cuan­do en real­i­dad son lobos fero­ces. Por sus fru­tos los cono­ceréis”. (Mateo 7:15–16) Si hubiera esta­do aten­ta a esto, al ver los fru­tos pro­duci­dos por los autores de esos men­sajes a los que ella tan­to caso hacía, debería haber­los recono­ci­do como “fal­sos pro­fe­tas”, que hablan de jus­ti­cia, de bien­es­tar, de seguri­dad, cuan­do lo que pro­ducen es dis­crim­i­nación, rec­ha­zo, odio, temor…

Jose­fa tiene casi 70 años. Vive sola y, cuan­do está en casa, selec­ciona con cuida­do los pro­gra­mas de radio o tele­visión y, aunque sigue aten­ta a los men­sajes de What­sApp, ha adver­tido a todos que a ella no le vuel­van a con­tar “los mis­mos cuen­tos”.

OREMOS: Señor, te ped­i­mos por las per­sonas vul­ner­a­bles a los engaños de los que miran por sus intere­ses y no dudan en tomar tu nom­bre en vano. Que sep­a­mos mostrar tu ver­dad, la cual nos lle­va a vivir en armonía con los que son difer­entes.

Amén.