Isaías 32:16:
«Y La justicia morará en el desierto,
y en el campo fértil habitará la rectitud.»
La visión profética de Isaías no se limita a describir una naturaleza transformada por la acción del Espíritu, como en el versículo anterior, sino que introduce aquí un elemento fundamental: la justicia y la rectitud. La regeneración de la tierra no es únicamente un fenómeno biológico o ecológico, sino una manifestación integral del orden de Dios, donde la dimensión social, ética y espiritual se entrelazan con la ecológica. El profeta anuncia que la justicia, principio esencial del reinado divino, se establecerá precisamente en el desierto, lugar de la carencia y la exclusión; y que en los campos fértiles —símbolo de abundancia y vida— habitará la rectitud.
En clave ecológica, este versículo nos invita a reconocer que no puede haber restauración de la creación sin justicia. El deterioro ambiental está ligado a estructuras de desigualdad e injusticia que empobrecen tanto a las comunidades humanas como a los ecosistemas. Allí donde la tierra se desertifica, no sólo se empobrece la naturaleza, sino también los pueblos que dependen de ella. El anuncio de Isaías nos recuerda que la justicia de Dios no se limita a lo espiritual, sino que abarca la totalidad de la vida: relaciones humanas, estructuras sociales y equilibrio con la tierra.
La justicia que “morará en el desierto” simboliza la posibilidad de que los lugares marginales y empobrecidos se conviertan en espacios de dignidad. Allí donde se ha experimentado el abandono, la rectitud de Dios se establece como garantía de vida. Y la rectitud que “habitará en el campo fértil” advierte que la abundancia debe estar acompañada por la ética: los recursos naturales, la fertilidad de la tierra y la prosperidad agrícola no pueden ser explotados con codicia, sino administrados con rectitud, en fidelidad al designio divino de justicia y paz.
Desde la espiritualidad cristiana, este texto nos llama a un compromiso profundo con la justicia ecológica. Orar por la restauración de la creación es inseparable de trabajar por un modelo económico y social que respete los límites de la tierra y que asegure el bien común.
El profeta nos recuerda que la verdadera fertilidad no se mide solo en términos de rendimiento o productividad, sino en la capacidad de la tierra de sostener la vida en armonía. El campo fértil sin rectitud se convierte en espacio de explotación y destrucción; en cambio, con rectitud se transforma en signo de la nueva creación.
Así, Isaías nos enseña que la justicia y la rectitud no son realidades abstractas, sino presencias concretas que moran y habitan en la tierra. La restauración ecológica, sostenida por el Espíritu de Dios, es inseparable de una transformación ética que coloca a la justicia en el centro. Esta visión profética sigue interpelándonos hoy: la regeneración de la creación no es posible sin una conversión de nuestros estilos de vida y de nuestras estructuras sociales hacia la justicia del Reino de Dios.
Oración:
Oremos por el mundo de Dios.
Para que su belleza se preserve,
para que las naciones más pobres del mundo
no cosechen sus campos
solo para llenar mesas extranjeras.
Señor, óyenos.
Para que Cristo, quien señaló a los pájaros,
las flores, el maíz, el atardecer,
no encuentre su belleza ausente
si regresara.
Señor, óyenos.
Hagamos como dijo Jesús:
Consideremos los lirios del campo,
pensemos en las aves del cielo…
y al hacerlo, oremos por el bienestar del mundo, su gente y
toda la creación…
Escúchanos, Creador de todo;
convierte los corazones de quienes devastan la tierra
y fortalece la determinación de quienes la respetan.
Y ya que la tierra es tu regalo para nosotros,
impídenos destruir por irreflexión
lo que no nos pertenece.
Amén.
(Adaptado de Evening Prayer from Iona Celebrating Creation).