Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 13 de enero de 2025

Tiem­po de encen­der nues­tras luces (II)

Yuniet Rodríguez

Lucas 3, 15–17, 21–22
La gente esta­ba a la expec­ta­ti­va y todos se pre­gunt­a­ban si aca­so Juan sería el Cristo.
—Yo los bau­ti­zo a ust­edes con agua —respondió Juan a todos. Pero está por lle­gar uno más poderoso que yo, a quien ni siquiera merez­co desa­tar­le la cor­rea de sus san­dalias. Él los bau­ti­zará con el Espíritu San­to y con fuego. Tiene el aven­ta­dor en la mano para limpiar su era y recoger el tri­go en su granero. La paja, en cam­bio, la que­mará con fuego que nun­ca se apa­gará.

Un día en que todos acud­ían a Juan para que los bau­ti­zara, Jesús fue bau­ti­za­do tam­bién. Y mien­tras ora­ba, se abrió el cielo y el Espíritu San­to bajó sobre él en for­ma de palo­ma. Entonces se oyó una voz que des­de el cielo decía: «Tú eres mi Hijo ama­do; estoy muy com­placido con­ti­go».

Hoy recor­damos el bautismo de Jesús. A las oril­las del Jordán, Juan Bautista pred­i­ca la con­ver­sión de los peca­dos para acoger el Reino de Dios que se aprox­i­ma. Jesús desciende con la gente al agua para hac­erse bau­ti­zar. El bautismo para los judíos era un rito pen­i­ten­cial, al cual se acer­ca­ban con­fe­san­do los pro­pios peca­dos. Sin embar­go, el cielo se pro­nun­cia cuan­do Jesús entra al río: «Tú eres mi Hijo, el ama­do, el predilec­to». Jesús es procla­ma­do hijo ama­do, y sobre él se posa el Espíritu que lo reviste de la mis­ión de pro­fe­ta, de rey. Lucas nos está, una vez más, pre­sen­tan­do a Jesús como Mesías, en él se cumplen las pal­abras de los pro­fe­tas.

En este devo­cional hoy pro­pon­go esto: que enten­damos el bautismo de Jesús como posi­ble­mente fue vis­to por la primera Igle­sia, como mod­e­lo del bautismo del cristiano/a, porque nos pone en comu­nión con Dios y con la famil­ia que for­mamos como Igle­sia (Rm 8,15–17).

Jesús acude al río Jordán para ser bau­ti­za­do por Juan. Y acude como parte del pueblo creyente que abre su corazón al lla­ma­do del arrepen­timien­to que hace el bautista. ¿Tenía Jesús algo de que arrepen­tirse? Quizás la pre­gun­ta es: ¿Tenía algo por qué sol­i­darizarse?

Jesús, como ser humano, asume esa humanidad con todas sus con­se­cuen­cias. Siem­pre se sin­tió parte de su pueblo, a quien vino a servir. Y cuan­do hay iden­ti­fi­cación y sol­i­dari­dad con el pueblo, se asumen todas sus car­gas, angus­tias, lim­ita­ciones y posi­bil­i­dades.

Hay que recor­dar que estas man­i­festa­ciones de Dios ocur­ren en un tiem­po, y en medio de situa­ciones difí­ciles y de grandes necesi­dades de un pueblo en cau­tive­rio, cuan­do dom­ina­ba el impe­rio babilóni­co, una reli­giosi­dad asfixi­ante y legal­ista, un pueblo sufri­ente que anhela­ba la lle­ga­da de los tiem­pos mesiáni­cos.

El bautismo de Jesús en el Jordán nos recuer­da qué igle­sia somos, la igle­sia que Dios ha lla­ma­do para ser bue­nas noti­cias en medio de las situa­ciones difí­ciles de nue­stro tiem­po. Recu­per­ar el bautismo del Espíritu, ese que no se tra­ta de ritos, doc­tri­nas y nor­mas vivi­dos des­de el exte­ri­or de man­era lim­i­tante, sino el que impul­sa, ani­ma y trans­for­ma des­de el inte­ri­or porque nos com­pro­m­ete en la mis­ión del Reino; y para ello hay que ser igle­sia encar­na­da en nue­stro tiem­po, igle­sia acti­va que vive y se involu­cra en sus con­tex­tos.

El bautismo es un acto de visión, de cie­los abier­tos donde Dios rev­ela su vol­un­tad para que podamos cam­biar pen­samien­tos y acti­tudes que imp­i­dan la procla­mación de su reino aquí y aho­ra.

El evan­ge­lio nos recuer­da tam­bién que debe­mos ser igle­sia inter­ce­so­ra. Jesús está oran­do cuan­do se abren los cie­los. Se con­vierte en un prob­le­ma el olvi­do de Jesús y el des­cui­do de su Espíritu, hay una ten­den­cia a un todo lo puedo en mí que me for­t­alez­co, y dejamos fuera a Dios. Es un error pre­tender lograr solo con orga­ni­zación, tra­ba­jo o estrate­gias pas­torales lo que nece­si­ta cre­cer en el Espíritu. Hemos de volver a la raíz, hay que volver­nos el Evan­ge­lio, las bue­nas nuevas, y dejarnos bau­ti­zar con el Espíritu de Jesús que tam­bién tiene que ver con el diál­o­go con­stante con Dios.

El bautismo de Jesús en nosotros como cris­tianos y cris­tianas sig­nifi­ca tam­bién que Dios nos ha capac­i­ta­do con su Espíritu San­to para realizar la obra a la cual él nos lla­ma. El Espíritu nos da dado dones –como dice Pablo en su primera car­ta a los Cor­in­tios- para servir y ser tes­ti­gos del amor de Dios, y nos aux­il­ia con su sabiduría para poder ser luz hacia los demás.

Es tiem­po de encen­der nues­tras luces por ello hoy nece­si­ta­mos de nue­vo recor­dar este episo­dio de la vida de Jesús. Quizá, no tan­to, por los hechos por­ten­tosos que nar­ra, sino por la expe­ri­en­cia que sostiene, la man­i­festación del Dios Padre, Hijo y Espíritu San­to que se hace pre­sente en nosotros. La mis­ión de Jesús es hac­er el bien. Tam­bién nosotros hemos recibido esa mis­ión en nue­stro bautismo bajo la premisa de que nos amem­os unos a otros, que nos pre­ocu­pe­mos los unos por los otros.

Y des­de esa visión, se nos ani­ma a revivir nue­stro bautismo como iden­ti­dad, como vocación, como decisión, como elec­ción, como com­pro­miso en este camino; y a que seamos luz para los que nos rodean.

Amén.