Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 10 de febrero de 2025

Imá­genes del Reino, prin­ci­p­ios para la vida cris­tiana (II)

Pastor Joan Medrano

Lucas 15, 11–32

Un hom­bre tenía dos hijos —con­tin­uó Jesús—. El menor de ellos le dijo a su padre: “Papá, dame lo que me toca de la heren­cia”. Así que el padre repar­tió sus bienes entre los dos. Poco después el hijo menor jun­tó todo lo que tenía y se fue a un país lejano; allí vivió desen­fre­nada­mente y der­rochó su heren­cia.

Cuan­do lo había gas­ta­do todo, sobrevi­no una gran escasez en la región, y él comen­zó a pasar necesi­dad. Así que fue y con­sigu­ió empleo con un ciu­dadano de aquel país, quien lo mandó a sus cam­pos a cuidar cer­dos. Tan­ta ham­bre tenía que hubiera queri­do llenarse el estó­ma­go con la comi­da que daban a los cer­dos, pero aun así nadie le daba nada. Por fin reca­pac­itó y se dijo: “¡Cuán­tos jor­naleros de mi padre tienen comi­da de sobra, y yo aquí me muero de ham­bre! Ten­go que volver a mi padre y decir­le: Papá, he peca­do con­tra el cielo y con­tra ti. Ya no merez­co que se me llame tu hijo; trá­tame como si fuera uno de tus jor­naleros”. Así que emprendió el via­je y se fue a su padre.

Todavía esta­ba lejos cuan­do su padre lo vio y se com­pade­ció de él; sal­ió cor­rien­do a su encuen­tro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: “Papá, he peca­do con­tra el cielo y con­tra ti. Ya no merez­co que se me llame tu hijo”. Pero el padre ordenó a sus sier­vos: “¡Pron­to! Traed la mejor ropa para vestir­lo. Pone­dle tam­bién un anil­lo en el dedo y san­dalias en los pies. Traed el ternero más gor­do y matad­lo para cel­e­brar un ban­quete. Porque este hijo mío esta­ba muer­to, pero aho­ra ha vuel­to a la vida; se había per­di­do, pero ya lo hemos encon­tra­do”. Así que empezaron a hac­er fies­ta.

Mien­tras tan­to, el hijo may­or esta­ba en el cam­po. Al volver, cuan­do se acer­có a la casa, oyó la músi­ca del baile. Entonces llamó a uno de los sier­vos y le pre­gun­tó qué pasa­ba. “Ha lle­ga­do tu her­mano —le respondió—, y tu padre ha mata­do el ternero más gor­do porque ha reco­bra­do a su hijo sano y sal­vo”. Indig­na­do, el her­mano may­or se negó a entrar. Así que su padre sal­ió a supli­car­le que lo hiciera. Pero él le con­testó: “¡Fíjate cuán­tos años te he servi­do sin des­obe­de­cer jamás tus órdenes, y ni un cabri­to me has dado para cel­e­brar una fies­ta con mis ami­gos! ¡Pero aho­ra lle­ga ese hijo tuyo, que ha despil­far­ra­do tu for­tu­na con pros­ti­tu­tas, y tú man­das matar en su hon­or el ternero más gor­do!”

“Hijo mío —le dijo su padre—, tú siem­pre estás con­mi­go, y todo lo que ten­go es tuyo. Pero teníamos que hac­er fies­ta y ale­grarnos, porque este her­mano tuyo esta­ba muer­to, pero aho­ra ha vuel­to a la vida; se había per­di­do, pero ya lo hemos encon­tra­do”.

Recuer­do la lec­tura de El regre­so del hijo pródi­go, med­ita­ciones ante un cuadro de Rem­brandt, Hen­ri J.M. y quiero com­par­tir algún destel­lo de la lec­tura.

La parábo­la del hijo pródi­go expre­sa el amor sin fron­teras de Dios, mucho más fuerte­mente que cualquier otra his­to­ria del Evan­ge­lio.

«Dejar el hog­ar es mucho más que un sim­ple acon­tec­imien­to lig­a­do a un lugar y a un momen­to. Es la negación de la real­i­dad espir­i­tu­al de que pertenece­mos a Dios con todo nue­stro ser, de que Dios nos tiene a sal­vo en un abra­zo eter­no. Dejar el hog­ar sig­nifi­ca vivir como si no tuviera casa y tuviera que ir de un lado a otro tratan­do de encon­trar una.

El hog­ar es el cen­tro de nue­stro ser, allí donde podemos oír la voz que dice: “Tú eres mi hijo ama­do”. La mis­ma voz que habló a Jesús como hijo, nos habla a todos los hijos de Dios.

La fe es la que nos hace con­fi­ar en que el hog­ar siem­pre ha esta­do ahí y en que siem­pre estará ahí. Las manos firmes del Padre des­cansan en los hom­bros del pródi­go en una ben­di­ción eter­na: “Tú eres mi hijo ama­do…” ¿Por qué iba a dejar el lugar donde puedo escuchar todo lo que nece­si­to oír? Dejamos el hog­ar cada vez que perdemos la fe en la voz que nos lla­ma “tú eres mi hijo ama­do” y hace­mos caso de las voces que nos ofre­cen una inmen­sa var­iedad de for­mas para ganar el amor que deseamos. Estas sug­eren­cias inocentes pueden comen­zar a dom­i­nar nues­tra vida muy fácil­mente y empu­jarnos hacia “el país lejano”. No es difí­cil recono­cer cuán­do ocurre esto. Cólera, resen­timien­to, celos, cod­i­cia, deseos de ven­gan­za, antag­o­nis­mos y rival­i­dades son las señales que nos indi­can que nos hemos ido de casa. Y ocurre con bas­tante facil­i­dad.

Somos el hijo pródi­go cada vez que bus­camos amor incondi­cional donde no puede hal­larse. Pero el gran acon­tec­imien­to que veo es el final de esta rebe­lión. En este acon­tec­imien­to se per­dona y se restablece la ben­di­ción. Aho­ra nos damos cuen­ta de que esas manos han esta­do ten­di­das, inclu­so cuan­do no había cuer­po que abrazar. Dios nun­ca ha reti­ra­do sus manos, nun­ca ha nega­do su ben­di­ción, jamás dejo de con­sid­er­ar a su hijo el Ama­do. Pero el Padre no podía obligar­le a que se quedara en casa. No podía forzar su amor. Tenía que dejar­le mar­char en lib­er­tad, sabi­en­do inclu­so el dolor que aque­l­lo causaría en ambos.

Fue pre­cisa­mente el amor lo que impidió que retu­viera a su hijo a toda cos­ta. Fue el amor lo que le per­mi­tió dejar a su hijo que encon­trara su propia vida, inclu­so a ries­go de perder­la.

La ben­di­ción está ahí des­de el prin­ci­pio. A menudo la rec­haz­amos, pero el Padre con­tinúa esperán­donos con los bra­zos abier­tos, prepara­do para recibirnos y susurrar a nue­stro oído: “Tú eres mi hijo ama­do”.»

Oración

Padre, gra­cias por amarme de man­era incondi­cional. Reconoz­co que a veces estoy “lejos de casa”, pero siem­pre me aco­ges con un abra­zo amoroso, per­don­ador que llena mi vida de paz. Gra­cias Padre.