Iglesia Evangélica Española

Devocional semanal

Lunes, 16 de mar­zo de 2026

Lila

Augus­to G. Mil­ián

El cielo está par­cial­mente cubier­to. El vien­to sopla des­de el noroeste. Hoy ha sali­do el sol a las siete y trece min­u­tos. Y comien­za el lunes. Como todo comien­zo, es un buen día para mostrar lo que somos y en lo que creemos. Para salir al camino.

Releyen­do Juan 4, 50.

Jesús le dijo: Vuelve a tu casa; tu hijo está ya bien.

Para los que nos gus­ta la sicología del col­or, el lila es un tinte muy intere­sante. Es el resul­ta­do del vio­le­ta que se mez­cla con el blan­co. Lo frío con lo cáli­do. Un tono que sug­iere del­i­cadeza, lo femeni­no, la reflex­ión. Es el pig­men­to de la gen­erosi­dad. En el mun­do antiguo era el col­or de las vestiduras reales. Del poder.

Jesús ha esta­do por Samaria unos días. Y sigue camino a Galilea. En Jerusalén encon­tró des­pre­cio por parte de los líderes reli­giosos. El pasaje del que for­ma parte el tex­to de hoy ocurre en Caná. Un sitio que a muchos cris­tianos les resul­ta famil­iar, pues fue la geografía donde ocurre el mila­gro de la trans­for­ma­ción del agua en vino.

Allí muchas per­sonas lo esper­a­ban con expec­ta­ti­vas. Y entre ellos hay un fun­cionario real con ran­go mil­i­tar, que había esta­do cam­i­nan­do trein­ta y dos kilómet­ros para encon­trar a Jesús y pedirle que curará a su hijo que esta­ba muy enfer­mo. Él pre­supone que Jesús debe ir has­ta su casa. Pero Jesús le orde­na que haga el camino de vuelta, que su hijo vivirá.

Nosotros esper­amos muchas cosas de Jesús, pero nun­ca lo ines­per­a­do. Creemos que somos nosotros quienes decidi­mos seguir al Cristo, como dice el cán­ti­co, pero en real­i­dad es Él quien sale a nue­stro encuen­tro. Nosotros esper­amos mues­tras de poder, pero Jesús actúa con sen­cillez y con gra­cia. Nosotros ped­i­mos lo que nos fal­ta, lo que nos duele, lo que creemos que nece­si­ta­mos, pero Jesús nos ofrece más. Siem­pre más. Nosotros prefe­r­i­mos que sea el Sr. Dios quien haga las cosas para nosotros man­ten­er­nos con las manos limpias; pero Él sigue actuan­do a través de nosotros y con nosotros. Y hace algo más. Nos pone el dedo sobre la lla­ga.

Esta pequeña his­to­ria del fun­cionario real con Jesús nos habla de un encuen­tro que sigue un pro­ce­so donde no se ha de sep­a­rar la pal­abra de la per­sona. Primero, este hom­bre tiene la sufi­ciente fe como salir al encuen­tro de Jesús. Segun­do, da por cier­tas sus pal­abras. Ter­cero, emprende el camino de regre­so, sin ten­er evi­den­cia de que la curación ha tenido lugar. Cuar­to, él y la famil­ia creen en Jesús.

Para la igle­sia, que hoy lee o escucha este rela­to, creer en Jesús se con­den­sa en la acción de decla­mar el primer cre­do: Jesús es el Señor y el Sal­vador. Sin temor al qué dirán. Y con la certeza de que después de la tor­men­ta lle­ga la cal­ma. Aunque aho­ra sobre nue­stro cielo solo haya nubes gris­es. Pero por enci­ma de las nubes el cielo sigue sien­do azul.

Padre: Mues­tra tu mis­eri­cor­dia en medio de las enfer­medades, Hoy ped­i­mos por los enfer­mos del cuer­po u del alma. En ti está pues­ta nues­tra con­fi­an­za. En el nom­bre de Jesús. Amén.

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