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Alguien me dijo una vez que los pueblos pequeños no salen los mapas. Pero la gente dice muchas cosas. También dicen que Jesús se comportaba como alguien de pueblo. Como un campechano. Como un hombre que había crecido lejos de la urbe. Y con esto último me siento cómodo porque yo también soy del campo. De Jesús recordamos algunas cosas. Otras las hemos olvidado.

Pero los discípulos podemos hoy memorizar sus palabras. Y sus actos. Sobre todo, los actos, porque entre otras cosas están inundados de buenas noticias, de gracia y de libertad. Buenas noticias que comenzaron a expandirse por los caminos de Galilea primero y después llegaron como una tromba de agua a Jerusalén.

Para los que no lo recuerdan Galilea está al norte. Lejos de las capitales del poder. Nunca fue un destino turístico de los gobernantes ni era poseedora de una doctrina sana en cuanto a la religión. Para el profeta Isaías era la tierra de los gentiles porque entre otras cosas era una zona fronteriza, una región de paso de muchas gentes, de otras etnias, de otros cultos, o en otras palabras, un pedazo de tierra alejada de la mano del Sr. Dios y de la capital del país.

Pero no sólo Jesús era de Galilea, también lo fueron sus primeros discípulos: Simón, Juan, Jacobo. Todos de los márgenes, o de la periferia, como se dice ahora. Y es que ser de una orilla hace posible ese extraño milagro de llegar a todos los rincones, a todo tipo de gente. Hay días que tendremos que abandonar nuestras seguridades y salir al camino. Hay días que tendremos que alejarnos de los mapas que conocemos y darnos permiso para ver otros paisajes. Y escuchar otras voces, porque las nuestras ya no tienen eco.

Hay días que tendremos que pronunciar el nombre de Jesús sin que nos tiemble la voz, aunque en el horizonte se avizoren nubes de tormenta.

Lectura del evangelio Lucas 1, 26- 31

Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret, un pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen llamada María, que estaba prometida en matrimonio a José, un varón descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde estaba María y le dijo: Alégrate, favorecida de Dios. El Señor está contigo. María se quedó perpleja al oír estas palabras, preguntándose qué significaba aquel saludo. Pero el ángel le dijo: No tengas miedo, María, pues Dios te ha concedido su gracia. Vas a quedar embarazada, y darás a luz un hijo, al cual pondrás por nombre Jesús.

¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?

Señor y Dios: En este día que comienza, gracias te damos por el pan que Tú sacas de la tierra y que nos calma el hambre. Pero gracias también por el pan que bajó del cielo y que nos amasa despacio, que nos corta con delicadeza y que nos cuece con cariño. Gracias por la obra del Espíritu Santo en nosotros cada día. Jesús, bienvenido a nuestra mesa. Amén.

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