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Alguien me dijo que las parábolas de Jesús critican ciertas prácticas de nuestra religiosidad, ciertos valores a los que nos aferramos, ciertas relaciones que hacemos cotidianas. Pero la mejor herencia de las parábolas es las alternativas que nos ofrecen cuando decidimos salir al camino.

El Jesús de Narzaret, del que los galileos, está hablando ya es definido, en los relatos que de él se narran y de las parábolas que cuenta, por tres rasgos: Jesús puede sanar, Jesús hace exorcismos y Jesús perdona los pecados. Esto podríamos encuadrarlo en lo que se denominaría más tarde como el judaísmo carismático, muy presente en todo el territorio de Galilea. 

Y los discípulos esperan que el Reino de los cielos se haga visible ante ellos de manera grandiosa. Que sea avasallador. Impetuoso. Soberbio. Que se imponga desde los cuatro puntos cardinales. Que llegue con sonidos de trompetas y redoblantes. Que lo inunde todo con fuerza como si fuera una riada. Que haga mucho ruido. Que se pueda explicar con palabras grandilocuentes.

Los discípulos siguen mirando al cielo. Y están paralizados. Han dejado de ver las cosas sencillas de la vida.  De hecho, ya no son capaces ni de verse los unos a los otros. Las cosas pequeñas no les resultan atractivas. Más bien las ignoran. Han sido domesticados por la cultura de las apariencias. Esa cultura que les dice que ellos son lo que hacen. Que ellos son lo que poseen. Que su identidad está determinada por lo que los demás opinan de ellos. Los discípulos esperan que el mundo cambie sin darse permiso para que cambien sus corazones.

Pero el Jesús, de los discípulos, sabe que todo tiene un comienzo y que todo tiene un final. Todo. Que a veces los inicios nos pueden parecer pequeños y que el Reino de los cielos es algo diminuto que va creciendo y creciendo. A veces tan lentamente que no lo notamos. Como ese color de las hojas que se va tornando verde intenso a medida que llega el verano. 

El Jesús de los discípulos alberga esperanzas. Y sabe que la esperanza nos toma por asalto lentamente. Que entra en nuestros corazones y nuestras mentes y lo cambia todo. Todo. Cambia nuestra manera de hablar. Cambia nuestra manera de vivir. Cambia nuestra manera de orar.  El Jesús de los discípulos sabe que el Sr. Dios tiene paciencia. Y que actúa en el mundo a veces contra toda desesperanza. Contra toda tradición. Contra toda tristeza.

El Jesús de los discípulos, el tuyo y el mío, es un optimista. Por eso en sus historias, al final, los discípulos dispondrán de un lugar con sombra después de una larga caminata y de un trozo de pan. Si, de pan. Jesús ama a los discípulos, pero algunos de ellos aun no lo saben.

Lectura del evangelio de Lucas 13:18-21

Decía Jesús: ¿Con qué puede compararse el reino de Dios? ¿Con qué lo compararé? Puede compararse al grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto, y que luego creció y se hizo como un árbol, entre cuyas ramas anidaron los pájaros. Dijo también: ¿A qué compararé el reino de Dios? Puede compararse a la levadura que toma una mujer y la mezcla con tres medidas de harina para que fermente toda la masa.

¿Quién nos acompañara en esta oración? ¿Quién

Señor de la vida: En este día que comienza sé nuestra sombra porque la vida nos fatiga. Sé nuestro alimento porque nuestra alforja está vacía. Que el Espíritu Santo nos abra los ojos para ver lo que es pequeño e invisible ahora. Que tengamos esperanza y seamos capaces de quitarnos las máscaras que han puesto a nuestro alcance. A Jesús acudimos.

Amén.

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