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Alguien me dijo una vez que hacemos mal en buscar al Sr. Dios en los templos si dónde realmente le hemos perdido es en nuestros corazones. Y que es por eso que Jesús sale al camino, porque es allí donde nos puede encontrar. Porque es allí donde ocurren los milagros.

Con Jesús hemos aprendido que para llegar al templo se requiere transitar antes por el camino de la misericordia.  Galilea está plagada de caminos. El más antiguo es la Vía Maris, un nombre reciente, para un antiquísimo camino comercial, que comenzaba en Egipto y se dirigía a la Anatolia y a Siria. Uno de sus ramales atravesaba la Baja Galilea, llena de valles y colinas. 

En la provincia romana de Palestina, en el siglo I, la lepra era una enfermedad incurable y muy contagiosa. La persona que llegaba a tenerla quedaba terriblemente marcada.

Con el desarrollo de la enfermedad, el leproso se convertía en un ser repulsivo para sí mismo y para los demás. La lepra discurría por diferentes etapas en las que poco a poco la persona iba perdiendo su aspecto humano. Los nervios eran afectados y perdían la sensibilidad, los músculos degeneraban, los tendones se contraían hasta el punto de dejar las manos como garras, se producían ulceraciones crónicas en los pies y en las manos seguidas de la progresiva pérdida de los dedos y finalmente de la mano o el pie enteros.

Debido a la posibilidad de contagio, el enfermo era separado de su familia y de toda vida social. Por esta razón, habitualmente vivían en lugares apartados o en vetustas tumbas practicadas en las laderas de los montes.

Y Marcos, sin pelos en la lengua, nos cuenta que Jesús entra en escena y se acerca al intocable. Y Jesús se conmueve por lo que ve y lo que escucha y decide hacer lo que nadie hace, tocar lo que no se debe tocar. Y entonces pronuncia las palabras llenas de amor y misericordia. Y ocurre el milagro. Hay palabras que curan. Hay palabras que sanan. Hay palabras que nos quitan un peso de los hombros. Hay palabras que nos hacen libres.

Ahora tú y yo sabemos, que lo que se nos pide, como creyentes en el Sr. Dios, no es algo nuevo, sino una antigua petición que vociferaban los profetas y que ahora Jesús le echa en cara a la casta religiosa de su tiempo y del nuestro: es la misericordia lo que quiero, no el sacrificio.

La justicia, la misericordia y la fidelidad están en el centro de Ley, y sin ellas toda prescripción carece de sentido. Tú que me escuchas: Bienvenido a la gracia.

Lectura del evangelio de Marcos 1, 40-45

Se acercó entonces a Jesús un leproso y, poniéndose de rodillas, le suplicó: Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús, conmovido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero. Queda limpio. Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio. Acto seguido Jesús lo despidió con tono severo y le encargó: Mira, no le cuentes esto a nadie, sino ve, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda prescrita al efecto por Moisés. Así todos tendrán evidencia de tu curación. Pero él, en cuanto se fue, comenzó a proclamar sin reservas lo ocurrido; y como la noticia se extendió con rapidez, Jesús ya no podía entrar libremente en ninguna población, sino que debía permanecer fuera, en lugares apartados. Sin embargo, la gente acudía a él de todas partes.

¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?

Padre y Señor: En este día que comienza mi oración es corta: Ayúdame a ser alguien misericordioso, porque necesito ser tratado con misericordia. Nuestra esperanza está en Jesús.

Amén.

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