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Alguien me dijo una vez que de las iglesias pequeños no se habla mucho. Y quizás tenga razón. Quizás. Pero el Sr. Dios sigue utilizando lo pequeño para encender una luz en la oscuridad.
Los cristianos albergamos, de la antigua Galilea, alguna que otra idea: una geografía bucólica con montes suaves, unos campos fértiles, unos pastos ricos y un lago azul. El lago de Genesaret. Una Galilea con gente de carácter fuerte. Pero en esta idea debería ir también la remembranza de que fue allí donde comenzó todo. Fue de allí de donde salió Jesús e hizo el camino que lo llevaría hasta Jerusalén. Hasta la cruz.
En la sinagoga de Nazaret, Jesús hace el anuncio del Reino que está por llegar. Y propone un lugar donde muchas de las cosas que sus oyentes conocen han de ser diferentes. Muy diferentes a la realidad que viven. Un lugar donde las relaciones entre las personas tendrán otro significado que hasta el que ahora tienen. Donde la hegemonía del poder será rota. Será. Y pronto.
Y ante la proclama de lo que está por venir, la reacción de los paisanos primero es ¿Cómo pueden esas hermosas palabras salir de la boca del hijo del carpintero que todos conocemos? Pero la sorpresa refleja en realidad otra pregunta que muchas veces no nos damos permiso de hacernos. ¿Cómo aceptar que un profeta tenga su origen entre gente tan alejada y marginal del país? ¿Cómo puede ser alguien que todos hemos visto crecer?
Y después de la perplejidad llega el hastío. Y después la respuesta violenta. Porque el profeta se atreve a poner en tela de juicio lo que se venía creyendo. Lo que se venía haciendo. El profeta que abre las Escrituras y las expone con fidelidad y sensibilidad causa heridas porque entre tantas cosas dice que los limpios no son tan limpios como ellos se creían. No lo son.
Lo que pasa en la sinagoga de Nazaret no debe ser visto como una crítica a las prácticas religiosas en sí mismas. Sino como una invitación a crear espacios de refugio y de libertad donde nos podamos encontrar usted y yo con fidelidad y sensibilidad frente al Sr. Dios.
Lectura del evangelio Lucas 4, 16-22
Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de José?
¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?
Señor y Dios: Ilumina nuestros débiles ojos y nuestros corazones endurecidos para que en este día que comienza, para que en todo momento y en toda ocasión, sepamos reconocer lo que es justo, lo que es verdadero, lo que es benigno y que podamos hacer el camino del discípulo. Espíritu Santo enséñanos a compartir la buena noticia sin esperar nada a cambio. Nada. Jesús, nosotros a ti seguimos.

Amén.

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