Comisión Permanente IEE, noviembre 2021

Esto os servirá de señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Lucas 2, 10-12).

Celebrar la Navidad es abrazar la fe, una fe que nos encamina y nos mueve, que nos empuja a ver y discernir, a luchar por la justicia y, seguramente sobretodo, aprender a ser comunidad profética que ama sin mesura y se da con todo el corazón.

Vivimos en una sociedad donde luces y ruidos parecen concebidos para aturdirnos de tal manera que en el deslumbramiento dejemos de ver y en la charanga dejemos de oír; las calles iluminadas y llenas de villancicos se nos presentan como señales del tiempo que está por llegar, tiempo de celebración y fiesta. Pero a la vez que nos dejamos invadir por la parafernalia navideña, hecha disimulo de su profundidad, nos encontramos que hemos quedado ciegos a la señal, al niño del pesebre envuelto en pañales.

Y es que, tal vez sin darnos cuenta, nos dejamos atrapar por la convicción de que esa no pueda ser la señal, podrían serlo el coro de ángeles, la brillantez de su luz y el poderío de sus voces, pero la pequeñez de un infante, la debilidad del despoder que necesita de la humanidad de su madre para ser, y que viene en todo hecho dependencia, no puede ser señal de nada, y menos de salvación.

Pero ahí sigue la imagen, en nuestros pesebres, en nuestros relatos, el cuadro del Hijo de Dios hecho carne en pañales, muestra de supeditación, de vinculación plena con la pequeñez de la humanidad que nace.

Y esta señal, que podría parecer hasta obscena, viene a nosotros para proclamar al Dios que hace y rehace con la novedad del amor, al Dios que desde lo pequeño y humilde se ha dado para que, nosotras también, aprendamos a abrazar la radicalidad de amar y ser paz desde nuestra pequeñez y humildad. Y esta revolución se vive en el completo de un camino que marcha del pesebre a la cruz, para culminar en la esperanza de la resurrección que confirma la humidad del Hijo de Dios, asumida en el vientre de María y confirmada en el cuerpo de gloria marcado con las cicatrices del sufrimiento.

Los últimos tiempos están siendo complicados para todos y todas, la pandemia ha hecho estallar y acrecentar, si cabe más, las desigualdades y las injusticias y, si con miedo y dificultades, hemos vivido en los países ricos esta situación, en las zonas empobrecidas de nuestro mundo ha sido radicalmente peor. Los conflictos geopolíticos, la crisis climática, y los desplazamientos masivos; en cada rincón del planeta, una señal se levanta para conmover nuestra forma de vida y responder a los gritos de paz que surgen de infinidad de pesebres. Pero demasiadas veces, nos dejamos deslumbrar por señales de humo que crean en nosotros el nacimiento de problemas que no son y en los que nos agotamos en solucionar, mientras olvidamos lo apremiante.

Por eso, volver a la verdadera señal, la del niño en el pesebre, envuelto en pañales, es hoy una necesidad acuciante, ver en la pequeñez y la debilidad la grandeza de toda esperanza, ver en la vinculación la respuesta para la paz y sentir la humanidad tan nuestra como para comprometernos con ella, se nos presenta como el reto de recrear con y en Jesús un mundo que, demasiadas veces, espera señales del cielo cuando ya las tiene en un pesebre.

Por eso nuestra oración esta Navidad será que de nuevo nos sea la señal para el camino, que en ella sepamos escuchar el llanto y la risa, y ver la grandeza en la debilidad, que podamos impregnar nuestras vidas de la profundidad del sentido que nos llama a vivirla como reto profético que ama y lleva paz, a sabiendas de la pequeñez de nuestras acciones, que parecen gotas en un mar de conflictos, pero que se ofrecen llenas de la esperanza de saber que en el niño, envuelto en pañales, Dios ha dado la salvación a su creación.

Comisión Permanente IEE

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