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Meditaciones en torno al Salmo 145

Tiempo de Pascua (antes de Pentecostés).

Abril y mayo de 2024
Pastor Víctor Hernández Ramírez (IEE)

Lunes, 6 mayo 2024 (Pascua)

Hoy es el 6º lunes, del tiempo de Pascua, y los versos para leer del Salmo 145 son el 17, 18 y 19. Escuchemos al salmista, que alaba a Dios, diciendo:

(Tsade) 17 El Señor es justo en todos sus actos,

actúa con amor en todas sus obras.

(Qof) 18 El Señor está cerca de cuantos lo invocan,

de cuantos lo invocan sinceramente.

(Resh) 19 Él cumple el deseo de sus fieles,

escucha su grito y los salva.

Lo que hemos escuchado del salmista es su alabanza a Dios, es decir una oración y un canto, pero que es también una confesión, una declaración de confianza. El salmista confiesa que Dios hace justicia, y que el hacer de la justicia de Dios es siempre un acto de amor. 

¿Por qué confiesa el salmista que la justicia de Dios es siempre un acto de amor? ¿Acaso la justicia no tiene que ver, más bien, con aquellas experiencias de sufrimiento que reclaman una venganza? ¿No es la justicia algo que se queda siempre en el anhelo frustrado, porque vemos que la justicia que se ejercita en el mundo es escasa y muchas veces es una justicia traicionada? ¿Cómo entendemos eso de que la justicia de Dios está ligada íntimamente a su amor?

Es verdad que la justicia parece siempre inalcanzable, porque se mezcla con el rencor, con el odio, con el impulso de la venganza, pero también se mezcla con la exigencia de una compensación que no satisface a nadie, porque hay agravios que jamás se pueden compensar, sobre todo por las injusticias sobre los más débiles, las muchas injusticias que caen en las víctimas más vulnerables.

Es desde allí que hemos de escuchar al salmista, desde su experiencia de haber experimentado la injusticia, bajo el peso del poder de otros, bajo la fuerza de quienes le han pisado, y le han dejado tirado a su suerte. La voz del salmista nace de esa experiencia de abandono injusto, porque su grito es el clamor de quien ha sido olvidado en el silencio.

Y desde ese lugar se eleva la voz del salmista como oración y confesión. Desde esa experiencia de abandono el gemido se convierte en rezo y en canción, en la confesión de su esperanza. Espera en Dios y alaba a Dios, como el Dios de la justicia que ha prometido venir en su ayuda.

Y esa confesión concede un espacio para la espera confiada, porque el salmista está diciendo que Dios está cerca, aún cuando le sienta lejos o ausente, porque el salmista tiene su promesa, porque tiene su palabra, y se confía a esa palabra. 

La confesión del salmista inaugura el tiempo de la confianza esperanzada, el tiempo de abrazar a Dios por medio de la invocación, por medio del canto y de la oración. Y se abraza a Dios en el abrazo de la promesa de Dios. Se deja abrazar por Dios en su pacto de quedarse a nuestro lado. 

La confesión del salmista es el reconocimiento de que Dios viene siempre, de que Dios vendrá a nuestro lado, porque lo ha prometido. 

Nosotros también lo confesamos, con Cristo, porque Cristo hace suyos estos versos del salmista, y Jesucristo confiesa la justicia de Dios como un acto de amor. Porque Cristo es ese acto de amor, que nos une a la justicia de Dios.

Unámonos a esa oración, a esa confesión, que se da como la invocación que reconoce a Dios, de esta manera. Y nosotros, nosotras, decimos también:

 (Tsade) 17 El Señor es justo en todos sus actos,

actúa con amor en todas sus obras.

(Qof) 18 El Señor está cerca de cuantos lo invocan,

de cuantos lo invocan sinceramente.

(Resh) 19 Él cumple el deseo de sus fieles,

escucha su grito y los salva.

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