¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (5)

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (5)

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Alguien me dijo que las parábolas de Jesús critican ciertas prácticas de nuestra religiosidad, ciertos valores a los que nos aferramos, ciertas relaciones que hacemos cotidianas. Pero la mejor herencia de las parábolas es las alternativas que nos ofrecen cuando decidimos salir al camino.

El Jesús de Narzaret, del que los galileos, está hablando ya es definido, en los relatos que de él se narran y de las parábolas que cuenta, por tres rasgos: Jesús puede sanar, Jesús hace exorcismos y Jesús perdona los pecados. Esto podríamos encuadrarlo en lo que se denominaría más tarde como el judaísmo carismático, muy presente en todo el territorio de Galilea. 

Y los discípulos esperan que el Reino de los cielos se haga visible ante ellos de manera grandiosa. Que sea avasallador. Impetuoso. Soberbio. Que se imponga desde los cuatro puntos cardinales. Que llegue con sonidos de trompetas y redoblantes. Que lo inunde todo con fuerza como si fuera una riada. Que haga mucho ruido. Que se pueda explicar con palabras grandilocuentes.

Los discípulos siguen mirando al cielo. Y están paralizados. Han dejado de ver las cosas sencillas de la vida.  De hecho, ya no son capaces ni de verse los unos a los otros. Las cosas pequeñas no les resultan atractivas. Más bien las ignoran. Han sido domesticados por la cultura de las apariencias. Esa cultura que les dice que ellos son lo que hacen. Que ellos son lo que poseen. Que su identidad está determinada por lo que los demás opinan de ellos. Los discípulos esperan que el mundo cambie sin darse permiso para que cambien sus corazones.

Pero el Jesús, de los discípulos, sabe que todo tiene un comienzo y que todo tiene un final. Todo. Que a veces los inicios nos pueden parecer pequeños y que el Reino de los cielos es algo diminuto que va creciendo y creciendo. A veces tan lentamente que no lo notamos. Como ese color de las hojas que se va tornando verde intenso a medida que llega el verano. 

El Jesús de los discípulos alberga esperanzas. Y sabe que la esperanza nos toma por asalto lentamente. Que entra en nuestros corazones y nuestras mentes y lo cambia todo. Todo. Cambia nuestra manera de hablar. Cambia nuestra manera de vivir. Cambia nuestra manera de orar.  El Jesús de los discípulos sabe que el Sr. Dios tiene paciencia. Y que actúa en el mundo a veces contra toda desesperanza. Contra toda tradición. Contra toda tristeza.

El Jesús de los discípulos, el tuyo y el mío, es un optimista. Por eso en sus historias, al final, los discípulos dispondrán de un lugar con sombra después de una larga caminata y de un trozo de pan. Si, de pan. Jesús ama a los discípulos, pero algunos de ellos aun no lo saben.

Lectura del evangelio de Lucas 13:18-21

Decía Jesús: ¿Con qué puede compararse el reino de Dios? ¿Con qué lo compararé? Puede compararse al grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto, y que luego creció y se hizo como un árbol, entre cuyas ramas anidaron los pájaros. Dijo también: ¿A qué compararé el reino de Dios? Puede compararse a la levadura que toma una mujer y la mezcla con tres medidas de harina para que fermente toda la masa.

¿Quién nos acompañara en esta oración? ¿Quién

Señor de la vida: En este día que comienza sé nuestra sombra porque la vida nos fatiga. Sé nuestro alimento porque nuestra alforja está vacía. Que el Espíritu Santo nos abra los ojos para ver lo que es pequeño e invisible ahora. Que tengamos esperanza y seamos capaces de quitarnos las máscaras que han puesto a nuestro alcance. A Jesús acudimos.

Amén.

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (4)

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (4)

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Alguien me dijo una vez que hacemos mal en buscar al Sr. Dios en los templos si dónde realmente le hemos perdido es en nuestros corazones. Y que es por eso que Jesús sale al camino, porque es allí donde nos puede encontrar. Porque es allí donde ocurren los milagros.

Con Jesús hemos aprendido que para llegar al templo se requiere transitar antes por el camino de la misericordia.  Galilea está plagada de caminos. El más antiguo es la Vía Maris, un nombre reciente, para un antiquísimo camino comercial, que comenzaba en Egipto y se dirigía a la Anatolia y a Siria. Uno de sus ramales atravesaba la Baja Galilea, llena de valles y colinas. 

En la provincia romana de Palestina, en el siglo I, la lepra era una enfermedad incurable y muy contagiosa. La persona que llegaba a tenerla quedaba terriblemente marcada.

Con el desarrollo de la enfermedad, el leproso se convertía en un ser repulsivo para sí mismo y para los demás. La lepra discurría por diferentes etapas en las que poco a poco la persona iba perdiendo su aspecto humano. Los nervios eran afectados y perdían la sensibilidad, los músculos degeneraban, los tendones se contraían hasta el punto de dejar las manos como garras, se producían ulceraciones crónicas en los pies y en las manos seguidas de la progresiva pérdida de los dedos y finalmente de la mano o el pie enteros.

Debido a la posibilidad de contagio, el enfermo era separado de su familia y de toda vida social. Por esta razón, habitualmente vivían en lugares apartados o en vetustas tumbas practicadas en las laderas de los montes.

Y Marcos, sin pelos en la lengua, nos cuenta que Jesús entra en escena y se acerca al intocable. Y Jesús se conmueve por lo que ve y lo que escucha y decide hacer lo que nadie hace, tocar lo que no se debe tocar. Y entonces pronuncia las palabras llenas de amor y misericordia. Y ocurre el milagro. Hay palabras que curan. Hay palabras que sanan. Hay palabras que nos quitan un peso de los hombros. Hay palabras que nos hacen libres.

Ahora tú y yo sabemos, que lo que se nos pide, como creyentes en el Sr. Dios, no es algo nuevo, sino una antigua petición que vociferaban los profetas y que ahora Jesús le echa en cara a la casta religiosa de su tiempo y del nuestro: es la misericordia lo que quiero, no el sacrificio.

La justicia, la misericordia y la fidelidad están en el centro de Ley, y sin ellas toda prescripción carece de sentido. Tú que me escuchas: Bienvenido a la gracia.

Lectura del evangelio de Marcos 1, 40-45

Se acercó entonces a Jesús un leproso y, poniéndose de rodillas, le suplicó: Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús, conmovido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero. Queda limpio. Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio. Acto seguido Jesús lo despidió con tono severo y le encargó: Mira, no le cuentes esto a nadie, sino ve, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda prescrita al efecto por Moisés. Así todos tendrán evidencia de tu curación. Pero él, en cuanto se fue, comenzó a proclamar sin reservas lo ocurrido; y como la noticia se extendió con rapidez, Jesús ya no podía entrar libremente en ninguna población, sino que debía permanecer fuera, en lugares apartados. Sin embargo, la gente acudía a él de todas partes.

¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?

Padre y Señor: En este día que comienza mi oración es corta: Ayúdame a ser alguien misericordioso, porque necesito ser tratado con misericordia. Nuestra esperanza está en Jesús.

Amén.

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (3)

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (3)

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Alguien me dijo una vez que los hombres y las mujeres más peligrosas, son aquellos que por sus venas corre el miedo. El miedo al cambio.
El lago de Genesaret, también llamado Mar de Galilea, es un lago de agua dulce. El mayor aporte de agua lo recibe del río Jordán que desemboca en su orilla norte. Es habitual que en él se formen repentinas tormentas. Visto desde lejos tiene un color azul oscuro.
A los discípulos nos da miedo lo desconocido. Lo inesperado. Lo nuevo. Lo que no comprendemos nos causa temor. Lo que no podemos controlar también. Pero con los miedos no podemos llegar a ninguna orilla. La realidad es que los miedos nos invitan que nos quedemos paralizados. Sin movernos. Si, los miedos nos aíslan. Nos dicen que estamos desnudos.
¿Por qué pregunta Jesús por la fe a los discípulos? Porque sabe que es la fe la que nos saca de la parálisis. La que nos proporciona una comunidad donde encontrar refugio. La fe es la que nos conduce a tierra firme aun cuando las olas nos impidan ver dónde está la costa. Es la fe la que nos dice que no estamos solos aun cuando sopla el cierzo.
Hay hombres y mujeres que atesoran miedos como si fueran monedas. Miedo a cumplir años. Miedo al amor. Miedo a la geografía. Miedo a la familia. Miedo a la enfermedad. Miedo a la muerte. Miedo al castigo después de la muerte. La buena noticia de este día es que Jesús viene a conjurar todos los miedos. Y les exige que guarden silencio.
Hay hombres y mujeres que no saben quién es Jesús de Nazaret. Para nosotros, los discípulos, es el Señor de los Vientos.
Lectura del evangelio de Marcos 4, 35-41
Ese mismo día, al anochecer, Jesús dijo a sus discípulos: Vayamos a la otra orilla del lago. En seguida, dejando allí a la gente, lo llevaron en la barca tal como estaba. Otras barcas iban con él. De pronto, se levantó una gran tormenta de viento. Las olas azotaban la barca que comenzó a inundarse. Jesús, entretanto, estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Los discípulos lo despertaron, diciendo: Maestro, ¿no te importa que estemos a punto de perecer? Jesús se incorporó, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio! ¡Cállate! El viento cesó y todo quedó en calma. Entonces les dijo: ¿A qué viene ese miedo? ¿Dónde está vuestra fe? Pero ellos seguían aterrados, preguntándose unos a otros: ¿Quién es este, que hasta el viento y el lago le obedecen?
¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?
Señor y Dios: En esta mañana que comienza pon luz en mi mente y paz en el corazón, porque aspiro a ser una persona sabia y con amor en sus relaciones. Espíritu Santo quiero iniciar el día con calma en medio de tantas preocupaciones. Jesús en ti depositamos nuestra esperanza, nuestra protección cuando el temor llame a la puerta.

Amén.

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (2)

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (2)

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Alguien me dijo una vez que de las iglesias pequeños no se habla mucho. Y quizás tenga razón. Quizás. Pero el Sr. Dios sigue utilizando lo pequeño para encender una luz en la oscuridad.
Los cristianos albergamos, de la antigua Galilea, alguna que otra idea: una geografía bucólica con montes suaves, unos campos fértiles, unos pastos ricos y un lago azul. El lago de Genesaret. Una Galilea con gente de carácter fuerte. Pero en esta idea debería ir también la remembranza de que fue allí donde comenzó todo. Fue de allí de donde salió Jesús e hizo el camino que lo llevaría hasta Jerusalén. Hasta la cruz.
En la sinagoga de Nazaret, Jesús hace el anuncio del Reino que está por llegar. Y propone un lugar donde muchas de las cosas que sus oyentes conocen han de ser diferentes. Muy diferentes a la realidad que viven. Un lugar donde las relaciones entre las personas tendrán otro significado que hasta el que ahora tienen. Donde la hegemonía del poder será rota. Será. Y pronto.
Y ante la proclama de lo que está por venir, la reacción de los paisanos primero es ¿Cómo pueden esas hermosas palabras salir de la boca del hijo del carpintero que todos conocemos? Pero la sorpresa refleja en realidad otra pregunta que muchas veces no nos damos permiso de hacernos. ¿Cómo aceptar que un profeta tenga su origen entre gente tan alejada y marginal del país? ¿Cómo puede ser alguien que todos hemos visto crecer?
Y después de la perplejidad llega el hastío. Y después la respuesta violenta. Porque el profeta se atreve a poner en tela de juicio lo que se venía creyendo. Lo que se venía haciendo. El profeta que abre las Escrituras y las expone con fidelidad y sensibilidad causa heridas porque entre tantas cosas dice que los limpios no son tan limpios como ellos se creían. No lo son.
Lo que pasa en la sinagoga de Nazaret no debe ser visto como una crítica a las prácticas religiosas en sí mismas. Sino como una invitación a crear espacios de refugio y de libertad donde nos podamos encontrar usted y yo con fidelidad y sensibilidad frente al Sr. Dios.
Lectura del evangelio Lucas 4, 16-22
Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de José?
¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?
Señor y Dios: Ilumina nuestros débiles ojos y nuestros corazones endurecidos para que en este día que comienza, para que en todo momento y en toda ocasión, sepamos reconocer lo que es justo, lo que es verdadero, lo que es benigno y que podamos hacer el camino del discípulo. Espíritu Santo enséñanos a compartir la buena noticia sin esperar nada a cambio. Nada. Jesús, nosotros a ti seguimos.

Amén.

¿Podrá salir algo bueno de Galilea? (2)

¿Podrá salir algo bueno de Galilea?

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Alguien me dijo una vez que los pueblos pequeños no salen los mapas. Pero la gente dice muchas cosas. También dicen que Jesús se comportaba como alguien de pueblo. Como un campechano. Como un hombre que había crecido lejos de la urbe. Y con esto último me siento cómodo porque yo también soy del campo. De Jesús recordamos algunas cosas. Otras las hemos olvidado.

Pero los discípulos podemos hoy memorizar sus palabras. Y sus actos. Sobre todo, los actos, porque entre otras cosas están inundados de buenas noticias, de gracia y de libertad. Buenas noticias que comenzaron a expandirse por los caminos de Galilea primero y después llegaron como una tromba de agua a Jerusalén.

Para los que no lo recuerdan Galilea está al norte. Lejos de las capitales del poder. Nunca fue un destino turístico de los gobernantes ni era poseedora de una doctrina sana en cuanto a la religión. Para el profeta Isaías era la tierra de los gentiles porque entre otras cosas era una zona fronteriza, una región de paso de muchas gentes, de otras etnias, de otros cultos, o en otras palabras, un pedazo de tierra alejada de la mano del Sr. Dios y de la capital del país.

Pero no sólo Jesús era de Galilea, también lo fueron sus primeros discípulos: Simón, Juan, Jacobo. Todos de los márgenes, o de la periferia, como se dice ahora. Y es que ser de una orilla hace posible ese extraño milagro de llegar a todos los rincones, a todo tipo de gente. Hay días que tendremos que abandonar nuestras seguridades y salir al camino. Hay días que tendremos que alejarnos de los mapas que conocemos y darnos permiso para ver otros paisajes. Y escuchar otras voces, porque las nuestras ya no tienen eco.

Hay días que tendremos que pronunciar el nombre de Jesús sin que nos tiemble la voz, aunque en el horizonte se avizoren nubes de tormenta.

Lectura del evangelio Lucas 1, 26- 31

Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret, un pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen llamada María, que estaba prometida en matrimonio a José, un varón descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde estaba María y le dijo: Alégrate, favorecida de Dios. El Señor está contigo. María se quedó perpleja al oír estas palabras, preguntándose qué significaba aquel saludo. Pero el ángel le dijo: No tengas miedo, María, pues Dios te ha concedido su gracia. Vas a quedar embarazada, y darás a luz un hijo, al cual pondrás por nombre Jesús.

¿Quién nos acompañará en esta oración? ¿Quién?

Señor y Dios: En este día que comienza, gracias te damos por el pan que Tú sacas de la tierra y que nos calma el hambre. Pero gracias también por el pan que bajó del cielo y que nos amasa despacio, que nos corta con delicadeza y que nos cuece con cariño. Gracias por la obra del Espíritu Santo en nosotros cada día. Jesús, bienvenido a nuestra mesa. Amén.

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (7)

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (7)

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Meditaciones en torno al Salmo 145

Tiempo de Pascua (antes de Pentecostés).

Abril y mayo de 2024
Pastor Víctor Hernández Ramírez (IEE)

Lunes, 13 mayo 2024 (Pascua)

Hoy es el 7º lunes del tiempo de Pascua. Hoy terminamos nuestras pequeñas meditaciones en torno al Salmo 145. Los versos finales son el 20 y el 21, que corresponden a la última letra del alefato hebreo, la Tav. Escuchemos estos versos finales, en los cuales el salmista dice:

(Tav) 20 El Señor protege a cuantos lo aman,

pero a todos los malvados aniquila.

21 ¡Que mi boca alabe al Señor!

¡Que todos bendigan su santo nombre,

por siempre jamás!

Así termina la bendición que el salmista ha recitado a lo largo de estos versos. Ha bendecido el nombre de Dios y termina llamando a que todos bendigan el nombre santo de Dios. Ha enunciado la grandeza de Dios, que tiene el nombre de compasión y bondad, porque esa grandeza se vuelca sobre la pequeña vida del creyente y sobre el pueblo de Dios. 

Ha confesado la justicia de Dios, que es la determinación de Dios para venir a nosotros como salvador nuestro, como el Dios que no quiere dejarnos jamás. Y, por eso, todos los versos insisten en que nuestros labios sigan bendiciendo el nombre de Dios.

Ese nombre de Dios es un misterio. Porque Dios es el misterio del mundo. Pero ese misterio del mundo tiene como nombre Jesús de Nazaret, quien es nuestro Señor y Salvador. Jesucristo es el nombre de Dios que bendice el nombre de Dios. 

Porque Jesucristo mismo, como hemos dicho, es quien recita y ora con el Salmo 145, es quien dice en voz alta la oración que bendice a Dios. 

Es por eso que Jesucristo nos dice a nosotros esas mismas palabras del salmista: que Dios nos protege, que Dios cuida y da refugio a quienes le aman. A todos los hombres y mujeres que aman a Dios, que son fieles a Dios. Y dice con el salmista que Dios aniquila a los malvados, a quienes no lo aman, quienes le son infieles.

Pero sabemos muy bien que nosotros no somos fieles a Dios, que no somos capaces de amarle en el rostro del prójimo, porque le damos la espalda a ese prójimo o pasamos de largo ante su dolor. 

Y es por eso que Jesucristo es quien hace suyas las palabras del salmista, y se hace palabra en estos versos del salmo: porque Jesucristo es quien se mantiene fiel a Dios hasta el final y es Jesucristo quien se coloca en el lugar oscuro de la infidelidad, pues en la cruz se hace pecado para que todos los pecadores podamos hallar la vida.

Es así como nosotros escuchamos estos versos finales, y como hemos escuchado cada verso del salmo 145. Lo escuchamos como la oración que Jesús reza y que encarna en su vida, que es una vida que bendice a Dios, cuando se acerca a las mujeres y a los hombres, que viven en la oscuridad, para iluminarlos. 

Es Jesús quien confiesa que el Reino de Dios se hace presente en los encuentros y en los milagros que muestran el poder de la vida que viene de Dios, para levantarnos y para darnos esperanza. 

Es Jesús quien reza estos versos que confiesan la confianza entera en el cuidado de Dios, en la protección de Dios, en medio del abandono y la más negra oscuridad. 

Porque en su vida, en su muerte y en su resurrección Jesús nos lleva a todos, a todas, sin excluir a nadie, hacia el lugar de la vida, hacia el lugar de la vida que puede bendecir el nombre de Dios.

Esta es la maravilla del Salmo 145. Escuchemos entonces a nuestro Señor Jesucristo orando, rezando estos versos finales:  

 (Tav) 20 El Señor protege a cuantos lo aman,

pero a todos los malvados aniquila.

21 ¡Que mi boca alabe al Señor!

¡Que todos bendigan su santo nombre,

por siempre jamás!

Y que Dios nos bendiga a todas, a todos. Amén.