Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (7)

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (7)

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Meditaciones en torno al Salmo 145

Tiempo de Pascua (antes de Pentecostés).

Abril y mayo de 2024
Pastor Víctor Hernández Ramírez (IEE)

Lunes, 13 mayo 2024 (Pascua)

Hoy es el 7º lunes del tiempo de Pascua. Hoy terminamos nuestras pequeñas meditaciones en torno al Salmo 145. Los versos finales son el 20 y el 21, que corresponden a la última letra del alefato hebreo, la Tav. Escuchemos estos versos finales, en los cuales el salmista dice:

(Tav) 20 El Señor protege a cuantos lo aman,

pero a todos los malvados aniquila.

21 ¡Que mi boca alabe al Señor!

¡Que todos bendigan su santo nombre,

por siempre jamás!

Así termina la bendición que el salmista ha recitado a lo largo de estos versos. Ha bendecido el nombre de Dios y termina llamando a que todos bendigan el nombre santo de Dios. Ha enunciado la grandeza de Dios, que tiene el nombre de compasión y bondad, porque esa grandeza se vuelca sobre la pequeña vida del creyente y sobre el pueblo de Dios. 

Ha confesado la justicia de Dios, que es la determinación de Dios para venir a nosotros como salvador nuestro, como el Dios que no quiere dejarnos jamás. Y, por eso, todos los versos insisten en que nuestros labios sigan bendiciendo el nombre de Dios.

Ese nombre de Dios es un misterio. Porque Dios es el misterio del mundo. Pero ese misterio del mundo tiene como nombre Jesús de Nazaret, quien es nuestro Señor y Salvador. Jesucristo es el nombre de Dios que bendice el nombre de Dios. 

Porque Jesucristo mismo, como hemos dicho, es quien recita y ora con el Salmo 145, es quien dice en voz alta la oración que bendice a Dios. 

Es por eso que Jesucristo nos dice a nosotros esas mismas palabras del salmista: que Dios nos protege, que Dios cuida y da refugio a quienes le aman. A todos los hombres y mujeres que aman a Dios, que son fieles a Dios. Y dice con el salmista que Dios aniquila a los malvados, a quienes no lo aman, quienes le son infieles.

Pero sabemos muy bien que nosotros no somos fieles a Dios, que no somos capaces de amarle en el rostro del prójimo, porque le damos la espalda a ese prójimo o pasamos de largo ante su dolor. 

Y es por eso que Jesucristo es quien hace suyas las palabras del salmista, y se hace palabra en estos versos del salmo: porque Jesucristo es quien se mantiene fiel a Dios hasta el final y es Jesucristo quien se coloca en el lugar oscuro de la infidelidad, pues en la cruz se hace pecado para que todos los pecadores podamos hallar la vida.

Es así como nosotros escuchamos estos versos finales, y como hemos escuchado cada verso del salmo 145. Lo escuchamos como la oración que Jesús reza y que encarna en su vida, que es una vida que bendice a Dios, cuando se acerca a las mujeres y a los hombres, que viven en la oscuridad, para iluminarlos. 

Es Jesús quien confiesa que el Reino de Dios se hace presente en los encuentros y en los milagros que muestran el poder de la vida que viene de Dios, para levantarnos y para darnos esperanza. 

Es Jesús quien reza estos versos que confiesan la confianza entera en el cuidado de Dios, en la protección de Dios, en medio del abandono y la más negra oscuridad. 

Porque en su vida, en su muerte y en su resurrección Jesús nos lleva a todos, a todas, sin excluir a nadie, hacia el lugar de la vida, hacia el lugar de la vida que puede bendecir el nombre de Dios.

Esta es la maravilla del Salmo 145. Escuchemos entonces a nuestro Señor Jesucristo orando, rezando estos versos finales:  

 (Tav) 20 El Señor protege a cuantos lo aman,

pero a todos los malvados aniquila.

21 ¡Que mi boca alabe al Señor!

¡Que todos bendigan su santo nombre,

por siempre jamás!

Y que Dios nos bendiga a todas, a todos. Amén.

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (6)

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (6)

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Meditaciones en torno al Salmo 145

Tiempo de Pascua (antes de Pentecostés).

Abril y mayo de 2024
Pastor Víctor Hernández Ramírez (IEE)

Lunes, 6 mayo 2024 (Pascua)

Hoy es el 6º lunes, del tiempo de Pascua, y los versos para leer del Salmo 145 son el 17, 18 y 19. Escuchemos al salmista, que alaba a Dios, diciendo:

(Tsade) 17 El Señor es justo en todos sus actos,

actúa con amor en todas sus obras.

(Qof) 18 El Señor está cerca de cuantos lo invocan,

de cuantos lo invocan sinceramente.

(Resh) 19 Él cumple el deseo de sus fieles,

escucha su grito y los salva.

Lo que hemos escuchado del salmista es su alabanza a Dios, es decir una oración y un canto, pero que es también una confesión, una declaración de confianza. El salmista confiesa que Dios hace justicia, y que el hacer de la justicia de Dios es siempre un acto de amor. 

¿Por qué confiesa el salmista que la justicia de Dios es siempre un acto de amor? ¿Acaso la justicia no tiene que ver, más bien, con aquellas experiencias de sufrimiento que reclaman una venganza? ¿No es la justicia algo que se queda siempre en el anhelo frustrado, porque vemos que la justicia que se ejercita en el mundo es escasa y muchas veces es una justicia traicionada? ¿Cómo entendemos eso de que la justicia de Dios está ligada íntimamente a su amor?

Es verdad que la justicia parece siempre inalcanzable, porque se mezcla con el rencor, con el odio, con el impulso de la venganza, pero también se mezcla con la exigencia de una compensación que no satisface a nadie, porque hay agravios que jamás se pueden compensar, sobre todo por las injusticias sobre los más débiles, las muchas injusticias que caen en las víctimas más vulnerables.

Es desde allí que hemos de escuchar al salmista, desde su experiencia de haber experimentado la injusticia, bajo el peso del poder de otros, bajo la fuerza de quienes le han pisado, y le han dejado tirado a su suerte. La voz del salmista nace de esa experiencia de abandono injusto, porque su grito es el clamor de quien ha sido olvidado en el silencio.

Y desde ese lugar se eleva la voz del salmista como oración y confesión. Desde esa experiencia de abandono el gemido se convierte en rezo y en canción, en la confesión de su esperanza. Espera en Dios y alaba a Dios, como el Dios de la justicia que ha prometido venir en su ayuda.

Y esa confesión concede un espacio para la espera confiada, porque el salmista está diciendo que Dios está cerca, aún cuando le sienta lejos o ausente, porque el salmista tiene su promesa, porque tiene su palabra, y se confía a esa palabra. 

La confesión del salmista inaugura el tiempo de la confianza esperanzada, el tiempo de abrazar a Dios por medio de la invocación, por medio del canto y de la oración. Y se abraza a Dios en el abrazo de la promesa de Dios. Se deja abrazar por Dios en su pacto de quedarse a nuestro lado. 

La confesión del salmista es el reconocimiento de que Dios viene siempre, de que Dios vendrá a nuestro lado, porque lo ha prometido. 

Nosotros también lo confesamos, con Cristo, porque Cristo hace suyos estos versos del salmista, y Jesucristo confiesa la justicia de Dios como un acto de amor. Porque Cristo es ese acto de amor, que nos une a la justicia de Dios.

Unámonos a esa oración, a esa confesión, que se da como la invocación que reconoce a Dios, de esta manera. Y nosotros, nosotras, decimos también:

 (Tsade) 17 El Señor es justo en todos sus actos,

actúa con amor en todas sus obras.

(Qof) 18 El Señor está cerca de cuantos lo invocan,

de cuantos lo invocan sinceramente.

(Resh) 19 Él cumple el deseo de sus fieles,

escucha su grito y los salva.

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (5)

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (5)

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Meditaciones en torno al Salmo 145

Tiempo de Pascua (antes de Pentecostés).

Abril y mayo de 2024
Pastor Víctor Hernández Ramírez (IEE)

Lunes, 29 de abril de 2024 (Pascua)

Hoy es lunes 29 de abril y es el 5º lunes del tiempo de Pascua. Los versos del Salmo 145 para esta semana, son los versos 13 al 16. Cada uno comienza con la letra Mem, Sámej, Ayin y Pe. Y nosotros(as) escuchamos su lectura en voz alta: 

(Mem) 13 Es tu reino un reino eterno,

tu poder dura por generaciones.

(Sámej) 14 El Señor sostiene a cuantos flaquean,

levanta a los abatidos.

(Ayin) 15 Todos te miran con esperanza

y tú les das la comida a su tiempo.

(Pe) 16 Abres generosamente tu mano

y sacias a todo ser viviente.

Ahora el Salmista nos dice que este reino de Dios es un reino eterno, es un reino que dura por generaciones, de generación en generación o, dicho de otra manera, que dura para siempre. Esto quiere decir que incluyó a nuestros padres, y a los padres de nuestros padres, y que nos incluye a nosotros, pero que también incluye a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos o a los hijos de nuestros nietos o bisnietos. 

Pero esta eternidad del reino se muestra como una fuerza que le es dada a los más débiles, a los abatidos. Ese es el poder de Dios: su fuerza y su presencia es dada a quienes están doblados por el abatimiento, por el dolor y el sufrimiento. Y es por eso que la oración se dirige a este Dios que escoge a los más pequeños, a los más abatidos.

Luego vienen los versos 15 y 16, que habla de la mirada hacia Dios, por parte de quienes son sostenidos por la fuerza de Dios. 

Hay una novela titulada “Algún día nos lo contaremos todo” (en alemán Irgendwann werden wir uns alles erzählen) de Daniela Krien: la historia está ubicada en la Alemania del este, poco antes de la caída del muro de Berlín, y se trata de una chica de casi 17 años, que vivirá una historia de amor compleja y apasionada. María, así se llama, ha crecido en esa sociedad comunista que está a punto de venirse abajo, y comenta que vivía cerca de la iglesia protestante, a la cual no iba mucha gente, sólo gente mayor, pero ella, que tampoco iba a la iglesia, era amiga de uno de los hijos del pastor. 

Y dice María: “Todavía recuerdo cuánto me gustaba orar antes de comer, cuando los hijos y los padres decían a coro: «Todos los ojos están puestos en ti, Señor. Nos proporcionas alimento en el momento oportuno. Abres tu mano y colmas de dicha a cuanto tiene vida.» Y de lo triste que me quedaba cuando cenábamos en casa, a solas con mi madre, sin oraciones y a menudo sin hablar siquiera.”

Son nuestros versos, que hablan de esa mirada que se posa en el Señor, porque confía y espera en Dios. Es la mirada de quien se fía del cuidado de Dios, que espera esa fuerza en medio del cansancio y la debilidad. Es la oración que reconoce que Dios es quien colma de dicha, de alegría, de vida plena a sus criaturas, a esos justos que son quienes no dejan de poner su mirada, y su esperanza, en Dios.

Escuchemos pues, nuevamente estos versos, y recemos esta oración, como María, cuando estaba en casa de aquella familia. Y que por todas las generaciones podamos decir con el salmista:

(Mem) 13 Es tu reino un reino eterno,

tu poder dura por generaciones.

(Sámej) 14 El Señor sostiene a cuantos flaquean,

levanta a los abatidos.

(Ayin) 15 Todos te miran con esperanza

y tú les das la comida a su tiempo.

(Pe) 16 Abres generosamente tu mano

y sacias a todo ser viviente.

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (4)

Esperamos en Dios cuando bendecimos su nombre (4)

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Meditaciones en torno al Salmo 145

Tiempo de Pascua (antes de Pentecostés). Abril y mayo de 2024
Pastor Víctor Hernández Ramírez (IEE)

Lunes, 22 abril 2024 (Pascua)

Hoy es el cuarto lunes, cuarta semana del tiempo de Pascua. Los versos de hoy (10–12), del Salmo 145, se corresponden con las letras hebreas Yod, Caf y Lámed. Escuchemos estos versos, dejemos que resuenen en nosotros, que se oiga desde el silencio la voz del salmista, que nos dice: 

(Yod) 10 Señor, que todas tus obras te alaben,

que te bendigan tus fieles;

(Caf) 11 que pregonen la gloria de tu reino,

que hablen de tus proezas;

(Lámed) 12 que proclamen a todos tus hazañas,

el glorioso esplendor de tu reino.

Algunos traducen el v. 10 (por ejemplo Schökel) así: Que te alaben, Señor, todas tus creaturas/ que tus leales te bendigan o también (Kraus): ¡Alábente, oh Yahvé, todas tus criaturas,/y tus piadosos te rindan homenaje! Y la Biblia de Jerusalén traduce: Alábente, Yahvé, tus creaturas;/bendígante tus fieles

Los fieles o los justos alaban al Señor. Los justos o fieles bendicen a Dios. ¿Quiénes son estos justos? ¿Quiénes son estos fieles? Y aquí siempre se viene a la mente la imagen de gente religiosa, piadosa, con aura de santidad o de una gran devoción a Dios. 

Pero la piedad que nos trasmiten los Salmos no es así exactamente. La piedad del justo nace de su vínculo con Dios. No es una piedad de apariencias o ni se fundamenta en una imagen de perfección o en una imagen de bondad. Es una piedad que se arraiga en el reconocimiento de que Dios es el Señor. 

Y decir que Dios es Señor quiere decir que la vida propia se reconoce como obra de Dios. Es decir, que el justo es quien se reconoce como criatura de Dios, como hechura de sus manos, como quien se vive absolutamente en las manos de Dios.

Y esto no es lo que nosotros solemos tener como experiencia cotidiana de vida, porque nosotros necesitamos tener muchas cosas bajo control y queremos que estén bajo dominio nuestro. Queremos que todo se adapte a nuestras necesidades, en eso que llamamos “la vida normal”. Queremos que el mundo sea normal, que es el equivalente a querer que el mundo se adapte a lo que necesitamos y deseamos. En realidad, queremos que el mundo, y todo lo que hay en el mundo, esté disponible. Y si no lo está, nos frustramos, nos enojamos. Porque eso “no es normal”.

Pero la piedad de la que nos habla el Salmo 145 es la piedad de quien sabe que es frágil, efímero(a), vulnerable, necesitado(a) y que mira a Dios como su única esperanza. La piedad se expresa en el canto de alabanza, en la oración que bendice a Dios y le vuelve a bendecir.

Y esa alabanza de su criatura es porque espera en Dios como el Señor que reina. Y la grandeza de Dios consiste en sus acciones de salvación por nosotros, para traer al mundo la promesa de un mundo nuevo, para darnos la esperanza de un Reino de justicia y de paz.

Aquí podemos imaginar que hemos escuchado una parábola de Jesús, o que hemos sido testigos de cómo ha curado a un leproso o cómo Jesús ha conversado con una mujer rechazada por los demás. Y al ver a Jesús haciendo todo esto nos damos cuenta de que las proezas de Dios son sus acciones de restauración, sus actos amorosos que restauran la vida de personas rotas.

Y, entonces, nosotros participamos del sueño que nace en esas personas, y que nace en nosotros también. Es el sueño por el reino de Dios, por el mundo nuevo, donde Dios reina y Dios es en todo, y en todos.

Y, entonces, nos quedamos en silencio nuevamente y decimos estos versos con nuestros labios:

 (Yod) 10 Señor, que todas tus obras te alaben,

que te bendigan tus fieles;

(Caf) 11 que pregonen la gloria de tu reino,

que hablen de tus proezas;

(Lámed) 12 que proclamen a todos tus hazañas,

el glorioso esplendor de tu reino.