Alberto Araujo Fernández (Madrid, 21 de noviembre de 1929 – Alicante, 14 de septiembre de 2020), pastor evangélico, hijo y nieto de pastores, comprometido ecumenista, traductor, profesor, marido, padre, abuelo y bisabuelo, desarrolló su ministerio en años convulsos. Las notas que siguen, necesariamente fragmentarias, recogen algunos elementos de una vida y obra extraordinariamente fecundas.

Infancia y juventud

Pastor Alberto Araujo
Pastor Alberto Araujo

La infancia de Alberto Araujo, el menor de los nueve hijos del pastor y catedrático de instituto Carlos Araujo García y María Fernández Muñiz, se desarrolló durante la II República y la Guerra Civil española.

Pocos meses tras su nacimiento, el 14 de abril de 1931, se proclamaría la II República. Ilusionado con las posibilidades que el nuevo régimen abría en materia de educación, su padre obtuvo plaza de Catedrático de Instituto Lengua y Literatura Española, desplazándose con su familia a Alcázar de San Juan (Ciudad Real), entonces una pujante localidad dotada de un importante nudo ferroviario.

La decisión del pastor Carlos Araujo se explica por el estrecho vínculo existente entre la educación y la Reforma protestante. Es claro que el avance de la Reforma, que propone una lectura individual de las Escrituras y una visión crítica y liberal de la realidad, exige un cierto grado de formación. Por ello, los colportores y misioneros llegados a lo largo del siglo XIX advirtieron de la necesidad de apoyar medidas para superar el enorme retraso educativo de la población española, abriendo escuelas en cada punto de misión. Los pastores entendieron, a su vez, necesario dar ejemplo, acudiendo a las Universidades. Así lo había hecho Carlos Araujo Carretero, el primer pastor de los Araujo y padre de Carlos Araujo García, quien se licenció en Ciencias, y quien reclamó un esfuerzo correspondiente de sus hijos e hijas, como sucedería en las generaciones posteriores.

Todo cambió cuando comenzó la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936. La guerra y la dictadura posterior aplastarían ese sueño de una España en progreso educativo y abierta a Europa. Además de llevarse a su hermano mayor, caído en el frente de Madrid, su final acabaría con el proyecto educativo de su padre, quien perdió la plaza de Catedrático. A ello se sumó la represión, que llevó al pastor Carlos García a ser encarcelado como funcionario de la República durante varios meses, como tantos miles de españoles. El sueño de una España con educación amplia y abierta debería esperar.

Tras la guerra y el tiempo en prisión, la familia se asentó nuevamente en Madrid. Tras unos primeros años de grave represión de todo lo relacionado con el protestantismo (incluida la amplia red de escuelas repartidas a lo largo de España, cerradas todas inmediatamente, y de las que solo se conserva el Colegio El Porvenir, situado en la calle Bravo Murillo de Madrid), se fueron abriendo, en régimen de tolerancia forzada en parte por presiones internacionales, algunas iglesias. En la Iglesia del Redentor de la calle Noviciado, 5 de Madrid retomó Carlos Araujo García su ministerio. En la vivienda pastoral de ese edificio transcurrió la juventud de Alberto.

Años de formación

Alberto finalizó los estudios en el Instituto Cardenal Cisneros, al que accedió por examen de ingreso sin haber podido asistir a la escuela primaria. Tras ello, cursó estudios de Teología en el Seminario Evangélico de Madrid mientras estudiaba Filología Semítica en la Universidad Central de Madrid, lo que le permitiría examinar las Escrituras en sus idiomas originales.

La Filología acompañaría a Alberto toda su vida, impulsando una manera propia de analizar los textos sagrados. Textos como ‘Bienaventurado el varón… en la Ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche’ (Samos 1:2) y ‘Escudriñad las Escrituras’ (Juan 5:39) testimonian esa entrega, que le llevaba a ir a todas partes con su nuevo testamento griego bajo el brazo, y pasar horas en su biblioteca en estudio reposado, prefiriendo la intuición y la profundidad del contenido al orden sistemático.

Tras su Licenciatura, se abrió una puerta para que cursara Teología en la Universidad de Glasgow, donde llegó a comienzos de 1955. Entre los distintos profesores de la Facultad, recordó siempre con especial aprecio a William Barclay, conocidísimo pastor y profesor de Teología, autor de numerosos comentarios bíblicos (obra que Alberto traduciría años después) y muy recordado por sus amenos programas radiofónicos semanales, seguidos por miles de personas.

En Escocia, Alberto conocería a la que sería su esposa, Lilias Boyd, con quien contraería matrimonio en Glasgow el 19 de noviembre de 1958. El padre de Lilias, John (Jack), recordaría años después el momento de la partida en tren de la pareja, ya casada, hacia España, cuando se volvió a su esposa, Lily, preguntándose si volvería a ver a su hija alguna vez. Ciertamente, la distancia entre Escocia y España en 1958 era enorme, en todos los posibles sentidos.

A lo largo de sus más de 60 años de matrimonio, Lilias hizo posible que Alberto siguiera su misión proporcionando una visión realista que contrastaba con el idealismo propio de su marido. Madre de siete hijos y trabajadora fuera del hogar a tiempo completo, supo soportar con entrega las intempestivas visitas que aparecían a la hora de cenar, cuando no a dormir, señas de identidad en una vivienda pastoral abierta. Justo es recordar que, en esa labor, Lilias encontró la complicidad y la ayuda de distintas personas como Antonia Espinosa, quien convivió con la familia desde 1963 hasta pocos meses antes de su boda con Fernando Castillo en 1970; su amiga Bárbara Carballal, que acudió no pocas veces al rescate.

Años de ministerio en Madrid

En 1963 se inauguró el nuevo edificio en la calle Calatrava, 25, de Madrid, en el lugar de la anterior Iglesia de Jesús, nombre que ha conservado hasta hoy. Para entonces el joven matrimonio tenía cinco hijos, a los que poco tiempo después se unirían otros dos. Alberto fue nombrado pastor ayudante de don Juan Fliedner en esa iglesia hasta el fallecimiento de este último poco tiempo después.

En su tiempo en la Iglesia de Jesús, y además de los multitudinarios cultos dominicales, estudios bíblicos y demás actos de la vida eclesial, Alberto impulsó diversos proyectos, entre los que cabe destacar el colegio que abrió sus puertas en el mismo edificio con el nombre de ‘Juan de Valdés’, y cuya dirección continuaría el pastor Luis Ruiz Poveda, gran amigo y compañero de Alberto, que estructuró el proyecto que ha llegado hasta la actualidad. También fundó el ‘Hogar Evangélico de Ancianas’, que dirigió primero Mari Mateos y posteriormente la inolvidable Rosario Sánchez, que ha continuado hasta 2008. También merece recuerdo el ‘Hogar de Niños’ que dirigieron Guillermo Mora y Leonor Castillo durante muchos años en la cuarta planta del edificio de la calle Calatrava. Alberto también dirigió por un tiempo el Seminario Unido, con sede en el mismo edificio. Un rasgo común de estas obras fue que, si bien ideadas y apoyadas inicialmente por Alberto, crecieron y dieron fruto gracias a las personas en cuyas manos se pusieron, todos ellos colaboradores enormemente valiosos y comprometidos.

En la Iglesia Evangélica Española, Alberto fue compañero y amigo de todos los pastores de su generación. Todos merecen ser recordados aquí; por razones de brevedad se nombran únicamente algunos: Luis Ruiz Poveda, ya mencionado y querido compañero en numerosas batallas; Gabriel Cañellas, con quien compartía su pasión por las Escrituras y la labor del Seminario; José Luis Gómez Panete, convencido como Alberto con la necesidad de actualizar las formas de la IEE; Samuel Arnoso, con quien compartió tantos ratos de reflexión y, desde luego, la familia Fliedner, cuyos miembros (desde Irma y Elfriede a Teodoro, pasando por Don Juan) le apoyaron siempre.

En su ministerio al frente de la Iglesia de Jesús, Alberto Araujo participó de las estrechas relaciones de las iglesias de Madrid, siendo frecuentemente invitado a predicar en las iglesias de los Hermanos, comunidades bautistas, Asambleas de Dios o la Iglesia Episcopal. Convencido ecumenista, profundizó también en la labor de acercamiento a la Iglesia Católica Romana en amistad profunda con D. Julián García Hernando, director del Centro Ecuménico ‘Misioneras de la Unidad’. Del otro extremo, invitó a las comunidades de la Iglesia de Filadelfia, cuyo ministerio tiene lugar principalmente entre la comunidad gitana, a utilizar los salones del edificio, así como a distintos grupos carismáticos y, en la tradición clásica de los avivamientos que acompañan al movimiento evangélico desde su origen.

En otoño de 1975, el pastor Alberto Araujo inició una nueva etapa, congregando a una comprometida comunidad, primero en el sótano de su vivienda en la calle Los Arfe, y posteriormente en un local en el Paseo de Extremadura. Este ministerio continuaría hasta el verano de 1980 cuando, de manera semejante a lo hecho por su padre durante la II República, obtuvo plaza como profesor de instituto, lo que le llevaría a desplazarse a Alicante, donde se desarrollaría la siguiente etapa de su vida y ministerio.

Los años en Alicante

Alberto Araujo llegó a Alicante a los cincuenta años de edad, incorporándose al claustro del instituto ‘Azorín’, de Elda-Petrel, pero viviendo en San Vicente del Raspeig. Su labor docente le permitía compartir su pasión por el conocimiento y la enseñanza, además de proporcionar independencia económica, facilitándole seguir su ministerio pastoral de una manera más libre. Miembro activo de la iglesia dirigida por su buen amigo de juventud Francisco Manzanas, Alberto desarrolló su ministerio en distintas iglesias, entre las que destacan la comunidad de la urbanización ‘La Siesta’, en Torrevieja, y la de Valencia, en complicidad entrañable con el pastor Pedro Arbiol, con quien había coincidido en sus años de estudiante en Escocia. Además de su labor pastoral, en ese período llevó a cabo la traducción completa de los Comentarios al Nuevo Testamento de William Barclay, su profesor en Glasgow.

Viniendo de Madrid, donde había vivido siempre (con la excepción de su niñez en Alcázar de San Juan), se sintió muy atraído por la posibilidad de vivir en el campo. Adquirió con mucho esfuerzo una casa con un gran terreno que llenó de toda clase de animales de granja, desde conejos a cabras y múltiples aves, incluidas gallinas, patos, gansos, palomas y otras. A ello añadió una huerta, que le daría trabajo y satisfacción muchos años. Si bien al comienzo su carácter sensible y la falta de habilidades le hacían sufrir al sacrificar animales o incluso al podar los árboles, los años le enseñaron a bendecir los frutos de la tierra cuidando de la porción de la Creación que le había sido asignada.

En los años siguientes, sus siete hijos le darían dieciocho nietos y, al tiempo de su fallecimiento, 14 bisnietos, para quienes era ‘el abuelete’, como gustaba decir con orgullo. Su Dios Padre, su familia terrenal y sus libros fueron sus grandes amigos. En sus últimos meses examinaba atentamente el libro del Eclesiastés, reflexionando sobre las distintas voces que discuten sobre las limitaciones de la sabiduría y su relación con las bendiciones que Dios otorga a todos, sin excepción.

Su fe sencilla se caracterizaba por la certidumbre en el amor del padre. Nunca temió mal alguno, sabiéndose acompañado por el Padre. Corrió la buena carrera, y le está reservada la corona de justicia, además del recuerdo inolvidable de todos los que le conocieron.

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